Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 11 de marzo de 2025

Se hizo pobre para enriquecernos


San Pablo, hablando del gran misterio de nuestra fe, afirma: «Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2Cor 8, 9).

San Juan de la Cruz dice que el amor une e iguala al amante con la persona amada. Y explica que este es el motivo de la encarnación: que el Hijo de Dios nos ha amado hasta el punto que ha querido igualarse a nosotros y convertirse en nuestro servidor para enamorarnos, para unirnos consigo y hacernos partícipes de su vida. Se ha hecho tan pobre, que ha asumido incluso nuestro pecado y nuestra muerte para darnos perdón y vida.

Hace algunos años, en el mensaje para la Cuaresma, el papa Francisco comentó el texto de san Pablo con palabras parecidas: «Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2,7; Heb 4,15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias».

Cuando tomamos conciencia de ese amor de Cristo, incomprensible e inabarcable, nos decidimos a amar nosotros también sin medida, hasta las últimas consecuencias. Eso es la «conversión».

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