Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 3 de marzo de 2025

Fuentes de la Teología


La principal fuente de la teología es la Biblia, que recoge la revelación de Dios. Pero hemos de tener en cuenta que los textos bíblicos fueron escritos en unos tiempos y culturas muy distintos de los nuestros. Además, pasaron por varias redacciones, añadidos y correcciones antes de alcanzar la forma definitiva que ha llegado a nosotros, la que consideramos «inspirada».

Con la Biblia sucede como con las ciudades, que se han desarrollado a partir de un núcleo original y, en ellas, se encuentran mezclados edificios y barrios de distintas épocas y estilos. Sus construcciones también han sufrido añadidos, derrumbes y transformaciones de todo tipo a lo largo del tiempo. Hoy se procura conservar los edificios históricos inalterados, tal como eran en el momento de su construcción, pero en el pasado no era así. Lo mismo sucedía con los libros.

Por eso, antes de hacer teología, para comprender el mensaje de la Biblia es muy importante el uso de dos ciencias que se ocupan específicamente de estudiarla:

- La exégesis. Se centra en los textos (la versión original, la transmisión a lo largo del tiempo, los añadidos, las traducciones, el contexto en el que se formaron). Podemos identificarla con el esfuerzo que se realiza para comprender la historia de los libros bíblicos y lo que querían decir sus autores, con la ayuda de la arqueología, las ciencias sociales y la antropología cultural.

- La hermenéutica. Se concentra en la interpretación de los textos en su estadio final, tal como han llegado a nosotros, sacando enseñanzas para el lector contemporáneo. Para ello se sirve de los métodos literarios, principalmente. No basta con entender el significado de las palabras usadas en una frase, párrafo o libro. Hay que buscar el mensaje que encierran y lo que nos enseñan hoy a nosotros.

La Biblia es la fuente principal de la teología, pero no es la única. A su lado (y dependiendo de ella) hemos de colocar la Tradición (las enseñanzas que provienen de Jesús y de los apóstoles), el sensus fidelium (la sensibilidad del conjunto de los creyentes con respecto a la verdad de la fe), la patrística (lo que han dicho los escritores cristianos de los primeros siglos), el magisterio eclesiástico (lo que la Iglesia ha enseñado a lo largo del tiempo, especialmente las definiciones de los concilios), los textos litúrgicos (en los que la Iglesia habla de Dios hablando con él), los escritos de los santos (especialmente de los distinguidos como doctores de la Iglesia) y las reflexiones teológicas de quienes nos han precedido en la fe:

«El teólogo […] toma en consideración muchos otros datos que no son bíblicos (escritos patrísticos, definiciones conciliares, otros documentos del magisterio, liturgia), así como sistemas filosóficos y la situación cultural, social y política contemporánea. Su tarea no es simplemente interpretar la Biblia, sino intentar una comprensión plenamente reflexionada de la fe cristiana en todas sus dimensiones, y especialmente en su relación decisiva con la existencia humana» (Pontificia comisión bíblica, «La interpretación de la Biblia en la Iglesia», 4).

Para poder interpretar correctamente las fuentes de las que bebe la teología, necesitamos la ayuda de otras disciplinas como la filosofía, la filología, la historia, la psicología y el resto de las ciencias humanas y sociales:

«La tarea, propia de la teología, de comprender el sentido de la revelación exige, por consiguiente, la utilización de conocimientos filosóficos que proporcionen “un sólido y armónico conocimiento del hombre, del mundo y de Dios”, y puedan ser asumidos en la reflexión sobre la doctrina revelada. Las ciencias históricas igualmente son necesarias para los estudios del teólogo, debido sobre todo al carácter histórico de la revelación, que nos ha sido comunicada en una “historia de salvación”. Finalmente se debe recurrir también a las ciencias humanas, para comprender mejor la verdad revelada sobre el hombre y sobre las normas morales de su obrar, poniendo en relación con ella los resultados válidos de estas ciencias» (Congregación para la doctrina de la fe, «Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo», 10).


Texto tomado de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "Hablar de Dios y del hombre en el siglo XXI. Introducción a la Teología y sus contenidos", editorial Monte Carmelo, Burgos 2019, páginas 81-83. 

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