La Pascua, en cuyo contexto tuvo lugar la Semana Santa de Jesús, posee una larga historia que ayuda a comprender su significado profundo.
En sus orígenes, fue una fiesta de pastores seminómadas del ámbito mediterráneo, vinculada al inicio de la primavera y a la trashumancia de los rebaños. Este “paso” de los pastos de invierno a los de verano dio nombre a la celebración. En ese contexto, se sacrificaba un cordero como rito propiciatorio, se comían panes sin fermentar y hierbas amargas, y se pedía protección divina para el camino. Era una celebración familiar que reforzaba la unidad del clan y su relación con lo sagrado.
A esta fiesta se unió otra de origen agrícola, propia de los pueblos sedentarios de Canaán: la de los panes ázimos, en la que se ofrecían las primicias de la cosecha. Ambas tradiciones terminaron fusionándose en Israel, formando una única celebración, que abarcaba la cena pascual y los días siguientes.
Con Moisés, la Pascua adquirió un significado nuevo. Según el libro del Éxodo, Dios mandó celebrarla en Egipto la noche de la liberación: la sangre del cordero, puesta en las puertas, protegería a los israelitas mientras el Señor “pasaba” salvando a su pueblo. Desde entonces, la Pascua dejó de ser solo un rito ligado a los ciclos de la naturaleza para convertirse en memoria de un acontecimiento histórico: la liberación de la esclavitud. Así, el “paso” pasó a significar la acción salvadora de Dios.
Ya establecidos en la Tierra Prometida, los israelitas institucionalizaron la Pascua como un memorial anual (“zikkarôn”), que no solo recuerda el pasado, sino que lo actualiza y lo proyecta hacia el futuro. La celebración se centralizó en Jerusalén y se vinculó a la peregrinación al templo.
Con el tiempo, la Pascua se enriqueció teológicamente: se convirtió en renovación de la alianza, en ocasión de expiación y en expresión de la esperanza en una redención futura.
En la tradición judía, la Pascua llegó a condensar toda la historia de la salvación: desde la creación hasta la esperanza mesiánica. La cena pascual ("Seder") conserva un orden ritual en el que se narran las intervenciones de Dios y se transmite la fe a las nuevas generaciones.
En este contexto celebró Jesús la Pascua. Durante su última subida a Jerusalén, fue acogido como mesías, enseñó en el templo y realizó gestos proféticos. Finalmente, celebró una cena con sus discípulos, fue condenado, murió y resucitó. A la luz de estos acontecimientos, los cristianos reinterpretaron la Pascua como el “paso” definitivo: de la muerte a la vida, de la humillación a la gloria. Así, la Pascua de Jesús da cumplimiento pleno al sentido histórico, litúrgico y espiritual de la antigua Pascua de Israel.
Resumen de las páginas 25-35 de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La Semana Santa según la Biblia", Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2017. ISBN: 978-84-8353-819-7.

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