Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 3 de marzo de 2013

Jesús predica la conversión

En el evangelio de hoy (Lc 13,1-9) Jesús habla de una higuera que no da fruto y a la que se ofrece una nueva oportunidad antes de cortarla y echarla al fuego. Esa higuera somos nosotros. El Señor cava a nuestro alrededor, nos abona y nos riega esperando que produzcamos frutos de vida eterna. Siempre nos ofrece una nueva oportunidad, pero no podemos seguir desaprovechándolas, porque ya “estamos en el tiempo final”, como dice san Pablo en la segunda lectura.

Jesús insiste en que todo lo que sucede a nuestro alrededor (también los accidentes y las injusticias) son llamadas a la conversión. De hecho, esa es la palabra que más se repite hoy. Ya al inicio de la Cuaresma, mientras el sacerdote imponía la ceniza en nuestras frentes, nos dijo: “Conviértete y cree en el evangelio”.

Al hablar de «conversión», el Antiguo Testamento usa la palabra hebrea šub, que se utilizaba para señalar que alguien que seguía un camino equivocado vuelve atrás y emprende el correcto. El Nuevo Testamento usa la palabra griega metanoia que en su origen tenía el mismo sentido, aunque terminó significando «cambiar de opinión, arrepentirse». En la Biblia indica una verdadera transformación, que conlleva una nueva manera de actuar: «No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente» (Rom 12,2).

Se trata de cambiar la vida tomando a Jesús como modelo, de abandonar al hombre viejo para revestirse del nuevo (cf. Col 3,9-10). El hombre «viejo» o «carnal» se guía por los instintos, como el primer Adán. El hombre «nuevo» o «espiritual» (es decir, convertido) es el que se deja guiar por el Espíritu, a imagen de Cristo.

San Pablo dice que, por el bautismo, se realiza una verdadera recreación: «Habéis sido lavados, santificados y justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1Cor 6,11), que nos convierte en hijos de Dios: «La señal de que ya sois hijos es que Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (Gal 4,6). En último término, la conversión consiste en que vivamos conforme a lo que ya somos: «Si vivimos gracias al Espíritu, procedamos también según el Espíritu» (Gal 5,16-26, cf. Flp 2,5).

Convertirse conlleva una opción radical, en la que no bastan los pequeños reajustes. Podemos decir que la conversión es un «descentrarnos», colocando a Dios como origen y destino de nuestro actuar. Como es natural, esa meta no se alcanza con una Cuaresma, ni con muchas. Es un proceso que dura toda la vida.

La palabra griega metanoia se tradujo en el latín de la Vulgata por poenitentia, por lo que los textos bíblicos que invitan a la conversión, se entendieron durante siglos como llamadas a la penitencia. La conversión no la excluye, pero, como hemos visto, es algo más radical.

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