Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 13 de agosto de 2017

Jesús nos invita a orar con su ejemplo


Hoy celebramos el domingo 19 del Tiempo Ordinario, ciclo "a" (en el que normalmente leemos el evangelio de san Mateo). Las lecturas de la misa de hoy son las siguientes:

Primera: Del libro primero de los Reyes (19,9-13). Elías, el "profeta de fuego", en un momento difícil de su vida peregrina al monte Sinaí para orar. Espera que Dios se le manifieste a él de la misma manera que a Moisés en el pasado, pero Dios ya no se revela en el fuego, en el huracán ni en el terremoto, sino "en la brisa suave" de la oración silenciosa.

Salmo 84: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Segunda: De la carta de san Pablo a los romanos (9,1-5). San Pablo abandonó las posturas integristas de los fariseos, que estaban apegados al cumplimiento minucioso de las leyes de Moisés. Él descubrió que Cristo nos trae la verdadera libertad, pero no se alejó de sus raíces judías, sino que siguió amando a su pueblo de origen y orando por sus hermanos de raza.

Evangelio: Mateo (14,22-33). Jesús subió al monte a solas para orar, porque necesitaba encontrarse "a solas con Dios solo". Después el evangelio continúa con la narración de Pedro que camina sobre las aguas cuando se fía de Jesús, pero se hunde cuando se fía de sus fuerzas.

Sobre la segunda parte del evangelio traté en la entrada titulada "Le entró miedo y empezó a hundirse (Mt 14,30)". Pueden leerla haciendo un click sobre el título. Hoy me detendré en el tema que trata la primera parte del evangelio de hoy: la oración.

Como Elías, que se retiró al monte para orar, como Jesús, que hizo lo mismo, como Pablo, que oraba por los judíos y por todos los hombres, los cristianos tenemos que ser personas de oración.

Desde mediados del siglo XX, se ha repetido muchas veces que «el cristiano del siglo XXI será místico o no será cristiano». Al principio, parecía una afirmación exagerada, pero, con el pasar del tiempo, se ha demostrado verdadera. 

Hoy ya no se puede ser cristiano solo por herencia sociológica, porque se ha nacido en un país de tradición cristiana o porque lo son los propios padres. En la sociedad occidental contemporánea, la práctica de la religión se ha convertido en una opción personal, en la que el ambiente no solo no ayuda, sino que la dificulta. 

Para que surja la fe en un ambiente postcristiano se necesita una experiencia del misterio (eso es la mística), un encuentro personal con Cristo, que es el corazón del cristianismo. Y para mantenerla es necesario perseverar en la amistad con él, por medio de la oración asidua.

Santa Teresa de Jesús dice que la única puerta para entrar en el castillo interior, donde Dios mora y donde suceden las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma, es la oración . No hay otro camino para establecer una relación íntima de amistad con él. 

Si estamos convencidos de que queremos encontrarnos con Cristo, hemos de convencernos de cuál es el medio para lograrlo: la oración. Y hemos de practicarla con insistencia, aunque nos cueste trabajo. 

Si no lo hacemos, no tenemos excusa posible, por mucho que queramos engañarnos a nosotros mismos, diciendo que no tenemos tiempo o que hay otras cosas más urgentes. Para la higiene personal o para acudir al médico encontramos siempre el tiempo necesario. 

Cuando decimos que no tenemos tiempo para orar, deberíamos reorganizar nuestras vidas, porque eso significa que nuestro tiempo está mal repartido. Claro que, para reorganizar la propia vida y dedicar tiempo a la oración hay que tener claro que la relación con Dios es algo no solo importante, sino esencial en nuestra vida, absolutamente «prioritario». 

La oración es la ofrenda de nuestro tiempo y de nosotros mismos a Dios, sin necesidad de otras motivaciones fuera del amor. Cuando más ocupados estemos, cuando más nos cueste dejar todas las cosas para darle nuestro tiempo a Dios en la oración, más auténtica y valiosa será. 

No deberíamos dar a Dios los tiempos muertos, en los que no tenemos otra cosa que hacer, sino los momentos más valiosos de la jornada, cuando estamos más despejados.

1 comentario:

  1. ¡Qué bonita reflexión! Es verdad que hoy día los cristianos de esta generación ya no lo son por la tradición de su familia. Algunos somos cristianos porque hemos tenido la suerte de encontrar en la calle (un amigo, un sacerdote que te llama la atención por su forma coherente de vivir...) lo que no hemos encontrado en casa.
    Doy gracias a Dios por todas esas personas especialísimas que he encontrado en mi camino.

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