Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 5 de agosto de 2012

Transfigúrame, Señor


(En la pintura de Bradi Barth se puede apreciar la mirada de amor de Cristo al ladrón que pide misericordia).

Mañana se celebra la fiesta de la transfiguración del Señor. La mejor oración para este día es el largo Poema de la transfiguración, de Gerardo Diego, del que la liturgia recoge algunos versos en el himno de vísperas y del que yo también propongo una selección algo más amplia. Sus contenidos son de una belleza y de una audacia sorprendente. El poeta ha comprendido muy bien la propuesta cristiana: Quiere ser transfigurado por Cristo, viviendo la vida del Señor conservando su propia identidad, sin dejar de ser él mismo; y pide la misma gracia para todos los hombres: que le conozcan, que le experimenten, para que puedan amarle, porque así ninguno lo rechazará. Espero que disfruten del poema.

   Transfigúrame. 
   Señor, transfigúrame.
   Traspáseme tu rayo rosa y blanco.
   Quiero ser tu vidriera,
   tu alta vidriera azul, morada y amarilla
   en tu más alta catedral.


   Quiero ser yo mismo, sí, mi historia,
   pero de Ti en tu gloria traspasado.
   Quiero poder mirarte sin cegarme,
   convertirme en tu luz, tu fuego altísimo
  
que arde de Ti y no quema ni consume.


   Déjame mirarte, contemplarte
   a través de mi carne y mi figura, 

   de la historia de mi vida y de mi sueño,
   inédito capítulo en tu Biblia.


   Si he de transfigurarme hasta tu esencia,
   menester fue primero ser ese ser con límites,
   hecho vicisitud camino de figura,
   pues solo la figura puede trans-figurarse.

   Pero a mí solo no. Como a los tuyos,
   como a Moisés (fuego blanco de zarza),
   como a Elías (carro de ardiente aluminio),
   cada uno en su tienda, a ti acampados,
   purifica también a todos los hijos de tu padre,
   que te rezan conmigo o te rezaron
   o acaso ni una madre tuvieron
   que les guiara a balbucir el padrenuestro.

   Purifica a todos, a todos transfigúralos.
  
Si acaso no te saben, o te dudan,
   o te blasfeman, límpiales piadoso
   (como a ti la Verónica) su frente;
   descórreles las densas cataratas de sus ojos,
   que te vean, Señor, y te conozcan;
   espéjate en su río subterráneo,
   dibújate en su alma
   sin quitarles la santa libertad
   de ser uno por uno tan suyos, tan distintos.


   Mira, Jesús, a la adúltera
   y al violento homicida
   y al mal ladrón y al rebelde soberbio
   y a la horrenda –¡piedad! – madre desnaturada
   y al teólogo necio que pretende
   apresarte en su malla farisea
   y al avaro de oídos tupidos y tapiados
   y al sacrificador de rebaños humanos.


   [A cada uno de ellos] sálvale Tú, 
   despiértale la confianza.
   Allégatele bien, que sienta
   su corazón cobarde contra el tuyo
   coincidentes los dos en solo un ritmo.


   Que todos puedan en la misma nube,
   vestidura de ti, sutilísima fimbria de luz,

   despojarse y revestirse
   de su figura vieja y en ti transfigurada.
   Y a mí con ellos todos, te lo pido,
   la frente prosternada hasta hundirla en el polvo,
   a mí también, el último, Señor,
   preserva mi figura, transfigúrame.

5 comentarios:

  1. ¡Qué hermosa poesía! Solo conocía la selección del breviario, pero veo que es mucho más hermosa de lo que pensaba. Leerla me ha servido verdaderamente de oración. Uno de paso

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  2. Preciosa Gravias. Que buena manera de pezar mi día

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  3. ¡¡¡ AMÉN...! ¡ AMÉN...! ¡ AMÉN... !!!!!!!!!!!!!!!

    ¡¡¡ PRECIOSÍSIMO POEMA ...! ¡ OH PADRE...!!!!!!!!!


    ¡¡¡ GRACIAS DE TODO CORAZÓN...!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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  4. Bellísimo poema. La poesía me facilita el acercamiento a Dios porque es razón pero, a la vez, la trasciende; es mucho más que razón y, por eso mismo, es un camino más directo.

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  5. Uy, no sé que pasa pero, cuando escribo desde la tableta, a veces el comentario sale repetido. No sé por qué me pasa esto. Disculpa, Eduardo. Si quieres, borra las repeticiones, yo no puedo hacerlo.

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