En varias entradas (antes de Navidad) hemos visto las dos primeras partes de mi último libro sobre san Juan de la Cruz: la dedicada al contexto histórico y religioso y la dedicada a su biografía, incluyendo los capítulos dedicados a la santidad de fray Juan y a su faceta de escritor. También vimos la parte introductoria de la tercera parte, titulada "Teología en verso". Hoy nos acercamos al primer capítulo de esta tercera parte.
Este capítulo propone una lectura de la obra de san Juan de la Cruz desde una clave poco explorada, pero decisiva: su profunda dimensión musical. Hemos de imaginar al santo no solo recitando, sino cantando sus poemas, como atestiguan quienes convivieron con él. Sus versos no fueron concebidos para una lectura silenciosa, sino para ser escuchados: piden voz, ritmo y silencio. Por eso san Juan llama «canciones» a sus composiciones. En ellas, poesía y música se funden para expresar lo inefable, aquello que las palabras solas no alcanzan.
El capítulo sitúa esta intuición en un horizonte antropológico y cultural amplio. El lenguaje musical es anterior al hablado: así lo muestran la experiencia humana más primitiva, la relación madre-hijo y los primeros textos conservados de las grandes civilizaciones, transmitidos oralmente y en verso. Algo semejante ocurre con la Biblia, cuyos textos nacen para ser proclamados o cantados en asamblea, con repeticiones, estribillos y estructuras circulares. La lírica clásica, la poesía popular y la literatura mística (desde Hildegarda de Bingen hasta el sufismo o la tradición hindú) confirman que la música ha sido un vehículo privilegiado para expresar la experiencia espiritual a lo largo de los siglos.
En este contexto se comprende mejor la poesía sanjuanista. En los orígenes del Carmelo descalzo, el canto y la música formaban parte habitual de la vida conventual. San Juan profundiza esta tradición heredada de santa Teresa de Jesús: canta lo que cree y vive. Sus poemas recorren los grandes misterios cristianos (la Trinidad, la encarnación, la redención, la noche oscura, la unión transformante) y todos ellos se presentan como canciones, romances, coplas o glosas, formas musicales destinadas al canto. Las fuentes biográficas confirman su amplia difusión oral y el hecho de que se cantaran habitualmente en los conventos.
El capítulo sitúa esta intuición en un horizonte antropológico y cultural amplio. El lenguaje musical es anterior al hablado: así lo muestran la experiencia humana más primitiva, la relación madre-hijo y los primeros textos conservados de las grandes civilizaciones, transmitidos oralmente y en verso. Algo semejante ocurre con la Biblia, cuyos textos nacen para ser proclamados o cantados en asamblea, con repeticiones, estribillos y estructuras circulares. La lírica clásica, la poesía popular y la literatura mística (desde Hildegarda de Bingen hasta el sufismo o la tradición hindú) confirman que la música ha sido un vehículo privilegiado para expresar la experiencia espiritual a lo largo de los siglos.
En este contexto se comprende mejor la poesía sanjuanista. En los orígenes del Carmelo descalzo, el canto y la música formaban parte habitual de la vida conventual. San Juan profundiza esta tradición heredada de santa Teresa de Jesús: canta lo que cree y vive. Sus poemas recorren los grandes misterios cristianos (la Trinidad, la encarnación, la redención, la noche oscura, la unión transformante) y todos ellos se presentan como canciones, romances, coplas o glosas, formas musicales destinadas al canto. Las fuentes biográficas confirman su amplia difusión oral y el hecho de que se cantaran habitualmente en los conventos.
El capítulo dedica especial atención al célebre verso «la música callada, la soledad sonora», núcleo de la reflexión sanjuanista sobre la contemplación. Lejos de ser un artificio poético, esta paradoja expresa una experiencia espiritual profunda: una armonía interior que no se percibe con los sentidos corporales, pero que integra a la persona entera, alma y cuerpo. En su comentario, san Juan describe una música espiritual que excede todo sonido, vinculándola a la alabanza atemporal de la Creación y al obrar del Espíritu Santo, sin renunciar al lenguaje sensorial como apoyo simbólico.
Para iluminar esta experiencia, el autor conecta el pensamiento de san Juan con la tradición pitagórica, platónica y humanista sobre la armonía del cosmos y la “música de las esferas”, sistematizada por Boecio. La armonía celeste, la armonía de las criaturas y la música audible confluyen, reinterpretadas desde la vivencia mística cristiana, en la noción de «música callada». Así, la contemplación aparece como una experiencia de consonancia profunda con Dios y con la creación.
El epílogo del capítulo actualiza el mensaje: en un mundo saturado de ruido, san Juan invita a redescubrir el silencio habitado, donde resuena la verdadera melodía del Espíritu. La «música callada» se presenta como una imagen vigente y liberadora de la experiencia contemplativa, en la que la belleza, el ritmo y el silencio siguen siendo caminos privilegiados hacia el misterio de Dios.
Resumen del capítulo décimo de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, «Luz en la noche del alma. Vida y legado de san Juan de la Cruz». Grupo editorial Fonte, Burgos 2025, páginas 219-231.

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