La beata Arcángela Girlani, o. carm., cuya memoria se celebra el 29 de enero, es una figura luminosa de los movimientos de reforma que a finales del siglo XV se generalizaron en la Orden del Carmen y en la Iglesia universal. Su vida une de manera armoniosa una intensa experiencia contemplativa con una notable capacidad de gobierno, puesta siempre al servicio de la comunión fraterna y de la renovación espiritual de las comunidades.
Nació en Trino, en el Piamonte italiano, hacia 1460, en el seno de una familia noble, que le ofreció una buena formación intelectual. Desde muy joven manifestó una gran sensibilidad religiosa, marcada por el deseo de recogimiento, oración y entrega total a Dios. A pesar de las expectativas sociales propias de su condición, ingresó siendo aún muy joven en el monasterio carmelita de Parma, perteneciente a la congregación reformada mantuana.
La reforma mantuana, a la que se adhirió con convicción, era una corriente “de observancia”, que buscaba un retorno fiel a la Regla primitiva del Carmen, poniendo el acento en la oración continua, el silencio, la pobreza evangélica, el trabajo humilde y una intensa vida fraterna. En este contexto, la hermana Arcángela destacó pronto por su madurez espiritual, su equilibrio humano y su capacidad para discernir y animar a las demás religiosas. Por ello fue elegida priora a una edad temprana, ejerciendo la autoridad como verdadero ministerio espiritual, más desde el ejemplo y la caridad que desde la imposición.
Más tarde fue fundadora y priora de un nuevo monasterio en Mantua, a petición del marqués Francisco II Gonzaga y su esposa, la célebre Isabel de Este, quienes deseaban tener en su capital un centro de oración de alto nivel espiritual. Se decía que las hermanas de esta casa "parecían ángeles más que humanas". Todavía participó en otras fundaciones, especialmente en Florencia, contribuyendo de manera decisiva a la expansión y consolidación de la reforma.
El rasgo más característico de su espiritualidad fue su profunda devoción a la Santísima Trinidad, que marcó tanto su oración personal como su enseñanza a las comunidades. Vivía la vida consagrada como inserción viva en la comunión trinitaria, de la que brotan la caridad fraterna y la obediencia gozosa. Murió en 1495, joven aún, con fama de santidad. Sus últimas palabras fueron: "¡Oh, amada Trinidad!".
Actualmente, sus restos se veneran en la Catedral de San Pedro de Mantua. Su culto inmemorial fue reconocido oficialmente en 1864, confirmando la fecundidad espiritual de una vida escondida, pero plenamente entregada al servicio de Dios y de la Iglesia.
Oración colecta. Oh Dios, que hiciste de la beata Arcángela, carmelita, una enamorada del misterio de tu eterna Trinidad; concédenos, por su intercesión, pregustar en la tierra el gozo de tu gloria y contemplarte eternamente en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
Oración sobre las ofrendas. Padre celestial, te proclamamos admirable en la beata Arcángela y rogamos humildemente a tu divina Majestad que, así como te complaces en los méritos de esta virgen carmelita, aceptes complacido el culto que tu pueblo te tributa. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Oración después de la comunión. Padre santo, fortalecidos con la eucaristía, te pedimos que, a ejemplo de la beata Arcángela, llevemos en nuestro cuerpo la muerte de Cristo y nuestra vida sea un esfuerzo continuo por unirnos cada vez más a ti. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Oración después de la comunión. Padre santo, fortalecidos con la eucaristía, te pedimos que, a ejemplo de la beata Arcángela, llevemos en nuestro cuerpo la muerte de Cristo y nuestra vida sea un esfuerzo continuo por unirnos cada vez más a ti. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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