En el contexto de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, este canto del grupo Brotes de Olivo, grabado en 1974, no ha perdido actualidad. Sus versos expresan una de las intuiciones más profundas del evangelio: la llamada a vivir como hermanos, compartiendo la fe y la vida.
“Todos en el mismo barco” es una imagen especialmente elocuente para nuestro tiempo. No se trata de una unidad abstracta ni uniformadora, sino de una comunión real, tejida de gozos y fracasos, mientras avanzamos por llanos y desfiladeros.
La unidad cristiana nace cuando aprendemos a hacer nuestra la alegría y la amargura del otro, su pobreza y su riqueza, su camino y su destino. Así entendida, la unidad no es un proyecto estratégico, sino una experiencia espiritual que transforma el corazón.
El estribillo final apunta al núcleo de esta vivencia: la felicidad no consiste en poseer, sino en pertenecer; no en aislarse, sino en saberse unido. “Que tú seas de mí, que yo sea de ti” expresa, en clave casi mística, el deseo de comunión que Cristo pidió al Padre “para que todos sean uno”. Orar por la unidad es, en el fondo, pedir esta gracia: aprender a vivir como un solo cuerpo, reconciliado en el amor.
Que todos sonriamos juntos; todos nos sintamos uno;
todos andando senderos, llanos y desfiladeros;
todos en el mismo barco, con los gozos y fracasos.
Así, ¡qué feliz!...
Tu alegría, mi alegría; tu amargura, mi amargura;
tu pobreza, mi pobreza; tu riqueza, mi riqueza;
tu camino, mi camino; tu destino mi destino,
he de sentir...
En mi alma siento (que) esa es la felicidad.
Pierdo hasta el aliento al pensar lo que será.
Ven sabor a mí, no huyas de mí,
hasta no sentirte, no seré feliz.
Que tú seas de mí, que yo sea de ti,
que todos vivamos siempre así.
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