Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 17 de enero de 2026

APOTEGMA DE SAN ANTONIO DE EGIPTO


En el día de la fiesta de san Antonio de Egipto, padre del monacato, la Iglesia nos propone no solo admirar su vida de ascesis radical en el desierto, sino dejarnos interpelar por la sabiduría sencilla y penetrante de sus "apotegmas". Estas breves sentencias, nacidas de la experiencia y transmitidas por sus discípulos, conservan una sorprendente actualidad diecisiete siglos después. 

El apotegma que hoy recordamos es especialmente luminoso: “Hay en la ciudad un médico que da lo superfluo a los pobres y cada día canta el trisagio con los ángeles. Este hombre vive una vida angélica y los monjes podemos aprender de él”.

Resulta llamativo que san Antonio, icono de la huida del mundo, señale como modelo a un laico que vive en la ciudad. Con ello desmonta cualquier tentación de absolutizar una forma concreta de vida espiritual. La santidad no se identifica con la separación física del mundo, sino con un corazón unificado por el amor a Dios y al prójimo. 

El médico al que alude el abad no ha abandonado su profesión ni sus responsabilidades, pero ha aprendido a vivirlas como un servicio. Su desprendimiento (“da lo superfluo a los pobres”) revela una libertad interior que lo asemeja a los ángeles, seres que nada poseen para sí y todo lo reciben de Dios.

El canto cotidiano del trisagio, himno de alabanza a la santidad divina, subraya que la verdadera vida espiritual no se agota en la acción social. La caridad y la oración se reclaman mutuamente. Este hombre une lo que a menudo separamos: el servicio concreto a los necesitados y la alabanza perseverante. Por eso, san Antonio afirma que incluso los monjes pueden aprender de él. 

El desierto o el monasterio no garantizan por sí mismos la pureza del corazón; tampoco la ciudad la impide. Lo decisivo es vivir cada circunstancia como lugar de comunión con Dios.

Este "apotegma" nos invita a revisar nuestras propias categorías. Todos los cristianos estamos llamados a servir a Dios y a los hermanos con sincero corazón, cada uno desde su vocación concreta. 

La vida monástica sigue siendo un signo profético del absoluto de Dios y merece hoy nuestra oración y gratitud. Pero san Antonio nos recuerda que la santidad florece también en el hogar, en el hospital, en la escuela, en el trabajo cotidiano. 

Oremos, pues, por los monjes y monjas, para que perseveren en su entrega silenciosa, y no olvidemos a los padres y madres de familia, a los solteros o viudos, a los profesionales y a todos los que, en medio del mundo, se esfuerzan por construir una sociedad más justa y solidaria, cantando con su vida (aunque no siempre con palabras) la alabanza de Dios junto a los ángeles.

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