Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 4 de enero de 2026

INTENCIÓN DE ORACIÓN DEL PAPA. ENERO 2026


Enero: Por la oración con la Palabra de Dios.

Oremos para que la oración con la Palabra de Dios sea alimento en nuestras vidas y fuente de esperanza en nuestras comunidades, ayudándonos a construir una Iglesia más fraterna y misionera.

Comentario de fr. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

La intención de oración del papa para el mes de enero nos conduce al corazón mismo de la fe cristiana: orar con la Palabra de Dios, dejar que ella sea alimento espiritual, fuente de esperanza y semilla de una Iglesia más fraterna y misionera. No se trata de practicar una devoción entre otras, sino de beber de la fuente, del manantial del que brota la vida cristiana. Porque la Iglesia no nace de una idea ni se sostiene por una estrategia, sino que vive de una Palabra pronunciada, escuchada, acogida y encarnada.

Desde sus orígenes, el pueblo creyente ha sabido que la Palabra no es un adorno piadoso, sino una fuerza viva. San Pablo lo expresa con claridad: el evangelio es «fuerza de Dios para la salvación» (Rom 1,16). Y amplía esta convicción a toda la Escritura, afirmando que las Sagradas Letras pueden darnos «la sabiduría que conduce a la salvación» y prepararnos «para toda obra buena» (2 Tim 3,15-17). La Biblia no es, por tanto, un mero testimonio de acontecimientos pasados, sino un camino abierto hacia la vida plena, una lámpara encendida para los pasos del creyente en medio de la noche.

Orar con la Palabra significa reconocer que Dios sigue hablando. Significa creer que, en medio de tantas voces que nos rodean (algunas vacías, otras engañosas), hay una voz que no pasa, una palabra que no se marchita, una promesa que no defrauda. Como la hierba se agosta y la flor se marchita, así pasan nuestras seguridades humanas; pero la Palabra del Señor permanece para siempre y cumple lo que anuncia (cf. Is 40,7-8).

La Escritura es fuente de esperanza porque nace de un Dios que entra en la historia y camina con su pueblo. En ella resuenan los gritos del oprimido, las lágrimas del desterrado, el canto agradecido del que ha sido salvado. Por eso el creyente puede reconocerse en sus páginas y hacer propias las palabras del salmista: «Mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti… Tu gracia vale más que la vida» (Sal 63 [62]). Solo quien ha probado esta sed puede comprender que la Palabra de Dios no es un ornamento espiritual, sino una necesidad vital.

Pero la Palabra no actúa de manera mágica. Como una partitura, necesita ser interpretada para convertirse en música. La Biblia se vuelve verdaderamente Palabra de Dios cuando es leída con fe, orada con humildad y llevada a la vida. Jesús lo expresó con la imagen del tesoro escondido en el campo: quien lo descubre vende todo para adquirirlo (cf. Mt 13,44). La Palabra exige opciones, decisiones, renuncias. No se la puede poseer sin dejarse poseer por ella.

De ahí que la oración con la Escritura sea siempre una experiencia transformadora. El profeta Jeremías lo confiesa con palabras ardientes: «Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba: eran la alegría de mi corazón» (Jer 15,16). La Palabra devorada se convierte en sangre y aliento, en criterio de vida y fuente de gozo. Y san Pablo, desde la hondura de su encuentro con Cristo, puede decir que todo lo demás es pérdida frente a la excelencia de conocerle (cf. Flp 3,8). Sin experiencia personal del Señor, la Biblia puede quedarse en letra; con ella, se vuelve fuego.

La Iglesia, madre y maestra, ora con la Palabra de manera eminente en la liturgia. Cada celebración eucarística es una mesa doble: la del Pan y la de la Palabra. No son muchas palabras vacías, sino alimento necesario. En un mundo cansado de discursos, la tentación es pedir menos palabras y más hechos. Pero Jesús nos recuerda que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). El pan sostiene el cuerpo; la Palabra sostiene el sentido, orienta el corazón, abre el horizonte.

Por eso las lecturas bíblicas no son un simple preámbulo de la Eucaristía, sino parte esencial de ella. Escuchadas con fe, cumplen lo que anuncian. Son palabra eficaz, como la lluvia que empapa la tierra y la hace germinar (cf. Is 55,10-11). Nos consuelan cuando estamos abatidos, nos corrigen cuando nos desviamos, nos educan en la justicia y nos envían a la misión.

Aquí se abre una dimensión clave de la intención del papa: la Palabra como fundamento de una Iglesia fraterna y misionera. Una Iglesia que no escucha la Palabra corre el riesgo de convertirse en una estructura vacía o en un culto desconectado de la vida. Los profetas denunciaron con fuerza esta tentación: un templo lleno y un corazón vacío, una liturgia solemne y una vida injusta. La Palabra desenmascara las falsas seguridades y nos recuerda que el culto verdadero se verifica en la vida transformada.

Orar con la Palabra nos hace hermanos, porque nos coloca a todos en la misma actitud: oyentes. Nadie es dueño de la Palabra; todos somos servidores de ella. En la comunidad que escucha, caen las barreras, se curan las heridas y se aprende el lenguaje de la misericordia. Y al mismo tiempo, la Palabra nos vuelve misioneros, porque no se nos da para guardarla, sino para anunciarla. Como Pedro, también nosotros decimos: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

Finalmente, orar con la Palabra es dejarnos encontrar por Cristo mismo, Palabra hecha carne. Dios, que habló de muchas maneras por los profetas, nos ha hablado definitivamente por su Hijo (cf. Heb 1,1-2). Toda la Escritura conduce a él y desde él se ilumina. En un mundo fragmentado, su Palabra da unidad; en un tiempo herido por el miedo, su Palabra engendra esperanza.

Que esta intención de oración se haga súplica confiada: Señor, danos hambre de tu Palabra. Que no la tratemos como un texto más, sino como pan cotidiano; que no la escuchemos de paso, sino con el corazón abierto; que no se quede en los labios, sino que baje a la vida. Entonces nuestras comunidades serán hogares de esperanza, y la Iglesia, alimentada por la Palabra, podrá caminar unida, fraterna y enviada, como un pueblo que vive no solo de pan, sino de cada palabra que sale de la boca de Dios.

1 comentario:

  1. Amén fr. Eduardo.
    Es un gusto leerle cuando a la Palabra se refiere con sus comentarios.
    Recuerdo al p. Escalada cuando comenzaba su clase citando a san Pablo con la cita que dice, La Palabra es una espada de doble filo...palabras que nos enseñan a irnos con cuidado al divulgarla.
    A los seglares nos han alumbrado y en qué forma.

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