La liturgia del cuarto domingo del Tiempo Ordinario nos conduce al corazón del evangelio: las bienaventuranzas (Mt 5,1-12). No son un ideal espiritual reservado a unos pocos, sino la autorrevelación de Cristo y, en él, del modo de obrar de Dios. Aquí no se describe ante todo lo que el ser humano debe hacer, sino lo que Dios es y realiza: el Reino se manifiesta allí donde la pobreza, la mansedumbre y la aflicción se dejan alcanzar por su cercanía.
El trasfondo veterotestamentario resulta decisivo. En la primera lectura, Sofonías invita a buscar al Señor a “los humildes de la tierra”, aquellos que no se apoyan en sus propias fuerzas (Sof 2,3). Este resto pobre y humilde, purificado de la autosuficiencia, puede experimentar la fidelidad de Dios. No es la debilidad en sí misma la que salva, sino la apertura que deja espacio a la acción divina.
Mateo reconoce en Jesús el cumplimiento pleno de esta promesa: él mismo es el pobre de Dios, el manso, el que llora y es perseguido. Las bienaventuranzas no constituyen ante todo un código de conducta ni una ética de mínimos, sino un retrato cristológico. En ellas se transparenta la forma de vida del Hijo, su manera concreta de existir ante el Padre y ante los hombres.
Por eso el salmo proclama: “Dichosos los pobres en el espíritu”. No se trata de una carencia sociológica ni de una virtud intimista, sino de una actitud teologal: vivir desde la verdad de la criatura, abierta y dependiente, en una disponibilidad radical. La felicidad anunciada por Jesús no coincide con la supresión del dolor ni con la acumulación de bienes, sino con la comunión con Dios, que puede acontecer incluso (y de modo privilegiado) en la fragilidad.
La liturgia no nos invita a admirar estas palabras desde fuera, sino a entrar en ellas. La celebración cristiana educa nuestra mirada para reconocer el Reino allí donde el mundo no lo espera. Celebrar las bienaventuranzas significa aceptar una inversión de criterios que solo se comprende a la luz de la cruz, donde se revela definitivamente la lógica del amor.
Aquí resuena la voz de los místicos. San Juan de la Cruz habla de la pobreza como desnudez interior, desapego y libertad que hacen posible la unión. Santa Teresa de Jesús insiste en la humildad como “andar en verdad”, aceptando con paz nuestras limitaciones. Y santa Teresita, heredera fiel de esta tradición, pudo afirmar que a Dios le agrada que amemos nuestra pequeñez y confiemos ciegamente en su misericordia. No es resignación, sino esperanza teologal.
Las bienaventuranzas son evangelio, buena noticia, porque nos aseguran que el Reino ya nos ha sido dado. La conversión que reclaman no es para conquistar el cielo, sino para acogerlo. Seguir a Cristo es dejarnos configurar por su forma de vida: no venir a ser servidos, sino a servir, como hizo él.
Oración. Señor Jesús, bienaventuranza del Padre, enséñanos a buscarte en la pobreza del corazón. Despoja nuestras falsas seguridades y haznos dóciles a tu Reino, para que, viviendo en la verdad, participemos ya de la alegría que no pasa. Amén.

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