Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 29 de enero de 2017

Las bienaventuranzas


San Mateo recoge en el llamado «sermón de la montaña» (Mt 5-7) un resumen de las enseñanzas de Jesús sobre Dios y sobre los hombres. Este año lo leemos en misa a lo largo de varios domingos: las bienaventuranzas (domingo IV del Tiempo Ordinario, ciclo a), la luz y la sal (domingo V), el cumplimiento de la Ley y los profetas (domingo VI), el amor a los enemigos (domingo VII), etc.

Hoy leemos el texto de las bienaventuranzas, en las que Jesús llama dichosos a los pequeños, a los débiles, a los que sufren y lloran, a los que se saben necesitados de un salvador, porque no pueden salvarse a sí mismos, a los que son perseguidos por su fidelidad a Dios y a Jesús. 

No son dichosos porque el hambre, el llanto, la persecución o el sufrimiento sean buenos, sino porque «de ellos es el reino de los cielos». Es decir, porque Dios está cerca de ellos, de su parte, identificado con ellos.

En último término, las bienaventuranzas revelan a Jesús. Él es el verdadero pobre, humilde, puro de corazón, constructor de paz… Los cristianos serán felices, dichosos, bienaventurados cuando se parezcan a su maestro, cuando se identifiquen de tal manera con él, que puedan decir con san Pablo: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

El problema es que ayer y hoy los hombres queremos parecernos a los que triunfan, a los ricos, a los fuertes... y no a los pequeños, a los débiles, a los que sirven en lugar de ser servidos, a los que perdonan y aman sin medida.

Pero Jesús nos enseñó que él no vino a ser servido, sino a servir, y que son dichosos los que siguen su camino, los que voluntariamente se convierten en servidores de los demás, en los que entregan su vida por amor.

Lo que Jesús propone coincide con lo que anuncia el profeta Sofonías en la primera lectura, que nos invita a ser humildes, a vivir con moderación, a confiar en el Señor.

De eso hablaba también san Pablo, que dice que los cristianos no somos los más sabios, ni los más poderosos, ni los aristócratas de la sociedad, sino que nos reconocemos pequeños y débiles, necesitados del perdón y de la misericordia de Dios.

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