Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 27 de enero de 2026

EL ESFUERZO PARA COMUNICAR LO INEFABLE en san Juan de la Cruz


Este capítulo aborda uno de los núcleos más característicos y originales de la obra de san Juan de la Cruz: su lucha por expresar con palabras una experiencia que, por definición, desborda todo lenguaje. El místico carmelita es plenamente consciente de que el encuentro con Dios pertenece a un ámbito que supera las capacidades de la razón y de la expresión conceptual. Por ello recurre de manera deliberada a un lenguaje poético, simbólico y paradójico, capaz no de explicar el misterio, sino de insinuarlo y provocar al lector a ir más allá de lo decible.

El primer apartado analiza los principales recursos retóricos que utiliza, especialmente el oxímoron y la paradoja. Expresiones como «noche más clara que la luz del mediodía», «música callada», «soledad sonora» o «llaga regalada» desconciertan al lector y rompen la lógica habitual del discurso. Lejos de ser juegos literarios, estas fórmulas buscan despertar la atención y conducir a una comprensión más honda, no racional, de la experiencia mística. El ejemplo del “subir bajando” y “bajar subiendo” ilustra cómo san Juan traduce en imágenes poéticas una verdad evangélica fundamental: el camino espiritual se rige por una lógica inversa a la del mundo.

El capítulo sitúa este modo de expresión en una amplia tradición literaria y espiritual. San Pablo, Petrarca, Quevedo o Teresa de Jesús emplean también contradicciones para expresar realidades interiores extremas, especialmente en el ámbito del amor. Sin embargo, en san Juan de la Cruz estos recursos adquieren una densidad singular, porque están al servicio de una experiencia mística concreta y de una clara intención pedagógica. Él mismo insiste reiteradamente en que el lenguaje ordinario resulta insuficiente para nombrar las realidades divinas y que solo mediante símbolos, comparaciones y figuras puede “rebosar algo” de lo vivido.

De ahí el uso frecuente de expresiones imprecisas como «un no sé qué» o «quedéme no sabiendo», que no son evasiones, sino confesión honesta de los límites del decir humano. Estas fórmulas obligan al lector a detener su afán de comprender conceptualmente y lo empujan hacia una actitud de intuición y de experiencia. El lenguaje poético actúa así como un umbral: no encierra el misterio, sino que lo preserva y lo intensifica.

El segundo apartado muestra que esta dificultad para expresar lo vivido es común a los místicos de todas las tradiciones. Solo quien ha tenido una experiencia semejante puede entender plenamente sus palabras. En san Juan, la riqueza simbólica de la poesía y de las “declaraciones” cumple una función pedagógica: atraer, provocar y abrir caminos. Como señaló María Zambrano, no ofrece conceptos cerrados, sino símbolos vivos que impulsan el pensamiento hacia adelante.

El tercer apartado subraya que el lenguaje poético-simbólico no es un fin estético, sino un auténtico camino espiritual. Las paradojas y metáforas desinstalan al lector, lo ponen en movimiento y lo invitan a una búsqueda personal. La obra de san Juan no es un sistema doctrinal cerrado, sino un itinerario abierto, que requiere una lectura orante y existencial. Sus comentarios ayudan, pero no agotan el sentido de los poemas, que cada lector debe actualizar desde su propia experiencia.

El capítulo concluye destacando la vigencia de este “lenguaje imposible”. En un mundo saturado de palabras, san Juan de la Cruz sigue recordando que lo esencial se comunica por insinuación y silencio. Su legado no es solo literario, sino profundamente espiritual: una pedagogía del límite que enseña a usar la palabra como puente hacia lo inefable, hasta que, agotado el decir, solo queda el amor.

Resumen del capítulo undécimo de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, «Luz en la noche del alma. Vida y legado de san Juan de la Cruz». Grupo editorial Fonte, Burgos 2025, páginas 233-242.

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