La lectura litúrgica de la Sagrada Escritura es el lugar privilegiado donde la Palabra de Dios sigue resonando hoy en la Iglesia y fortaleciendo la fe de los creyentes. Biblia y liturgia forman una unidad inseparable, porque la Escritura no es un libro destinado solo a la lectura privada, sino el libro de un pueblo convocado por Dios. En la celebración litúrgica, especialmente en la Eucaristía, no se recuerda simplemente un mensaje del pasado: es Cristo mismo quien habla a su Iglesia por la acción del Espíritu Santo. Por eso, la Palabra proclamada en la liturgia tiene un carácter vivo y actual, capaz de iluminar la vida concreta de los fieles.
La liturgia de la Palabra es un elemento esencial de todas las celebraciones sacramentales. En los sacramentos, las palabras y los gestos forman una unidad profunda: lo que Dios anuncia con su Palabra, lo realiza eficazmente mediante los signos sacramentales. La proclamación de la Escritura no es, por tanto, un simple momento introductorio o pedagógico, sino parte constitutiva de la acción sacramental. En ella se manifiesta y se actualiza el designio salvador de Dios. Los sacramentos, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, son signos eficaces de la gracia: no solo expresan lo que Dios quiere darnos, sino que lo comunican realmente a quienes los reciben con fe y las debidas disposiciones.
Para comprender adecuadamente esta acción de la Palabra, Benedicto XVI insistió en la necesidad de una “lectura eclesial” de la Escritura. Valoró el método histórico-crítico, que ayuda a conocer el contexto y el sentido original de los textos, pero advirtió que, por sí solo, resulta insuficiente. La Biblia debe leerse dentro de la unidad de toda la Escritura, en continuidad con la Tradición viva de la Iglesia y en coherencia con la fe cristiana. Esta forma de leer, conocida como exégesis canónica y centrada en Cristo, evita reducir la Biblia a un documento del pasado y permite descubrirla como Palabra viva, especialmente en la liturgia, donde los textos se iluminan mutuamente y hablan al creyente en su presente.
Esta convicción explica la gran importancia que la Iglesia concede al Leccionario de la misa. En él se propone una lectura sistemática y semicontinua de la Escritura, particularmente durante el Tiempo Ordinario.
En los domingos, el centro lo ocupa la lectura continuada de los evangelios, mientras que las demás lecturas muestran la profunda unidad de toda la Biblia.
En los días feriales, esta proclamación se amplía a casi todos los libros bíblicos.
Así, a lo largo del tiempo, los fieles recorren la historia de la salvación y la vida de Jesús en el ritmo ordinario de los días, descubriendo que todo tiempo es favorable, porque en todos Dios sigue ofreciendo su salvación en Cristo.
Resumen de las páginas 328-334 de mi libro "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.

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