Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 12 de enero de 2017

La lectura de la Biblia durante el Tiempo Ordinario


La liturgia de la Palabra es un elemento esencial en todas las celebraciones sacramentales de la Iglesia, porque muestra litúrgicamente el actuar de Dios, en el que coinciden plenamente lo que dice y lo que hace.

De hecho, los sacramentos son celebraciones, compuestas de palabras y de gestos, que cumplen lo que anuncian, «son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, por los cuales nos es dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos son celebrados significan y realizan las gracias propias de cada sacramento. Dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones requeridas».

Los prenotandos de la ordenación de las lecturas de la misa explican la extraordinaria importancia de la Palabra de Dios en la liturgia y exponen los criterios que se han seguido en la selección de los textos. 

El principal es la propuesta de una lectura sistemática, semicontinua (es decir, se leen las partes principales de cada libro, excluyendo los párrafos secundarios o de comprensión especialmente difícil), de toda la Escritura, a diferencia de los otros tiempos, en los que predomina la lectura temática.

El eje de la liturgia de la Palabra de los domingos es la lectura continuada de los evangelios. Cada uno de los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) se proclama completo durante un año. San Juan se lee casi por entero cada año en los tiempos fuertes. También se leen textos suyos en el domingo II del Tiempo Ordinario en los tres ciclos. Su capítulo 6 (el discurso del pan de la vida) se reserva para el año de san Marcos ya que, al ser el más breve, no alcanza para llenar todos los domingos. 

La primera lectura se toma del Antiguo Testamento y siempre hace referencia al evangelio, manifestando la unidad interna de toda la Escritura. El Salmo responsorial es una respuesta orante a esta lectura. 

La segunda lectura consiste en una presentación semicontinua de las cartas apostólicas. 

De esta manera, a lo largo de tres años se proclaman los cuatro evangelios y todos los principales textos de la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

En el ciclo ferial se proclaman los tres evangelios sinópticos cada año. Los evangelios de la infancia y los pascuales, así como el de Juan, en las ferias de los tiempos fuertes. El discurso escatológico se reserva para las últimas semanas del año litúrgico. 

Las primeras lecturas recogen una presentación semicontinua de todos los demás libros bíblicos en un ciclo de dos años.

Esta lectura semicontinua de los evangelios y de los otros libros bíblicos propone la entera historia de la salvación y la vida de Jesús, no solo en el recuerdo de los grandes acontecimientos, con ocasión de las distintas fiestas del año, sino en el ordinario sucederse del tiempo. 

Esto permite descubrir que todos los tiempos son propicios ya que, en todos, Dios nos ofrece la salvación por Cristo.

La actual propuesta de lecturas para los domingos y los días feriales es tan rica y abundante que ha sido apreciada de manera casi unánime, hasta el punto de ser adoptada también por muchos anglicanos y protestantes como base para sus propios leccionarios . 

La clave de lectura que da unidad y armonía al Tiempo Ordinario es la categoría bíblica «reino de Dios», que es el contenido principal de toda la actividad pública de Jesucristo. 

De hecho, las lecturas evangélicas que se leen al comenzar este tiempo siempre hacen referencia a la predicación de Jesús sobre el reino, que reaparece muchas veces en los evangelios de los domingos y de los días feriales. Y este tiempo se concluye con la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. 

Por eso, se puede decir que «la dinámica de todo el Tiempo Ordinario está encerrada entre estos dos polos: el reino de Dios anunciado y comenzado por Jesús y el reino de Dios que un día se realizará plenamente, marcando así el final de este tiempo y el comienzo de uno nuevo». 

Recordemos que tanto la palabra hebrea «malkut» como la griega «basileía» no se refieren a un lugar geográfico donde gobierna un rey, sino al ejercicio mismo de la soberanía por parte de ese rey. Por eso, el reino de Dios (o de los cielos en el evangelio de Mateo, que es una manera semita para hablar de Dios sin nombrarlo), significa la soberanía de Dios sobre el mundo, que se hace presente en la historia por medio de la actividad y de la persona de Cristo. 

Desde el primer anuncio de su nacimiento,  Jesús es llamado «rey» en sentido mesiánico; es decir, heredero del trono de David, cuyo reino no tendrá fin según las promesas de los profetas. El inicio de su vida pública manifestó que, con su llegada, «se ha cumplido el plazo, el reino de Dios está llegando» (Mc 1,15). 

Esto es lo que anunciaba Jesús y esto es lo que anuncia la Iglesia. No estamos solo recordando el pasado, sino que la Iglesia continúa la misión de Cristo, anunciando y haciendo presente su reino. 

Por eso, el Tiempo Ordinario es tiempo de alegría (porque Dios nos ofrece la salvación en Cristo) y de conversión (porque ante su ofrecimiento se nos exige una decisión). Tiempo de agradecimiento por este don y de responsabilidad para hacerlo fructificar en la vida concreta de cada creyente.

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