Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 10 de enero de 2016

Jesús fue bautizado en el Jordán


El tiempo de Adviento-Navidad-Epifanía, en el que celebramos el misterio de la manifestación de Jesús en la carne, concluye hoy, con la fiesta del bautismo de Jesús en el río Jordán. Mañana, si Dios quiere, comenzaremos el tiempo Ordinario.


He hablado del bautismo del Señor en varias ocasiones: "El lugar donde Jesús fue bautizado", "El bautismo del Señor", "Significado del bautismo de Cristo", "Fiesta del bautismo del Señor", "Jericó y Betania del otro lado del Jordán".

Los cuatro evangelistas y los Hechos de los apóstoles testimonian con unanimidad que el bautismo de Jesús supone el inicio de su vida pública. 


San Mateo solo usa una fórmula convencional para situarlo: «En aquellos días». 


San Lucas, sin embargo, utiliza unas palabras especialmente solemnes, que lo enmarca en el gran contexto de la historia universal: «El año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes virrey de Galilea, su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás» (Lc 3,ls). 


Haciendo referencia al emperador y a los que gobiernan en su nombre, se pone a Jesús en relación con la historia civil y se recuerda que Jesús viene a salvar a todos los hombres, no solo a los judíos. 


Con la referencia a Pilato, a Anás y a Caifás, se anticipa que realizará la salvación con su pasión y su muerte.


En el bautismo, Jesús ha cargado sobre sus espaldas con nuestros pecados, ha revelado el misterio de Dios Trinidad y nos ha abierto el camino de la vida eterna. 

El bautismo indica las consecuencias últimas de la encarnación; es una profecía del destino último del Señor, que se puso en la fila con los pecadores y aceptó liberarlos del pecado y de la muerte, ocupando su lugar.


Juan predicaba la conversión, invitando a la penitencia, y la gente se hacía bautizar «confesando sus pecados» (Mt 3,6). Jesús se somete a este rito, con escándalo del mismo Juan, que intenta impedírselo. 


Precisamente entonces se abren los cielos, se derrama el Espíritu Santo y Jesús es declarado Hijo por la voz del Padre (Mt 3,16-17 y paralelos). 


Los santos Padres vieron en este acontecimiento la consagración mesiánica del Señor. Como los sacerdotes, los profetas y los reyes eran ungidos con óleo perfumado al comenzar su misión, Jesús fue ungido por el Espíritu, al comenzar la suya. 


El contexto explica qué tipo de mesías (es decir, de «ungido») es Jesús y cuál es su misión: es el siervo de Yahvé que carga con los pecados del pueblo, tal como anunció Isaías.

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