Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 10 de enero de 2026

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR, conclusión del ciclo navideño


El primer domingo después de la fiesta de Epifanía, la liturgia celebra el bautismo del Señor y clausura el tiempo de Navidad. No se trata de un simple episodio de transición, sino de una auténtica "epifanía trinitaria" y de una revelación decisiva del sentido último de la encarnación.

Jesús, que compartió durante unos treinta años nuestra existencia cotidiana en la vida escondida de Nazaret, inaugura con su bautismo la etapa pública de su misión. El Hijo eterno, hecho carne, entra ahora de modo visible en la historia para realizar la obra de salvación que el Padre le ha confiado.

San Lucas sitúa este acontecimiento con especial solemnidad en el marco de la historia universal, mencionando emperadores, gobernadores y sumos sacerdotes. Con ello indica que la salvación no acontece en un ámbito mítico, fuera del tiempo, sino en el corazón concreto de la historia, marcada por el poder, la injusticia y el pecado. El Hijo de Dios entra en esa historia para transformarla desde dentro, comenzando por el gesto humilde y desconcertante de ponerse en la fila de los pecadores.

El escándalo del Bautista es también el nuestro: ¿cómo puede el Santo de Dios someterse a un bautismo de penitencia? La respuesta se encuentra en la lógica del amor redentor. Jesús no se distancia del hombre caído, sino que lo acompaña hasta el fondo. Su "descenso" al Jordán es ya una anticipación dramática de la cruz: prefigura el descenso a la "lejanía" del pecado y de la muerte, que alcanzará su plenitud en el abandono del Calvario. El bautismo es, así, una auténtica profecía pascual.

Al abrirse los cielos y descender el Espíritu, el Padre revela la identidad más profunda de Jesús: Hijo y Siervo. La ambigüedad del término bíblico "pais" enlaza los salmos mesiánicos con los cantos del Siervo de Yavé anunciados por Isaías. Se manifiesta aquí la forma propia del mesianismo cristiano: un mesías que reina obedeciendo, que salva cargando con el pecado, que vence no por la fuerza, sino por la entrega; ungido no con óleo, sino con el Espíritu, para ofrecer su vida por el mundo.

De este misterio brota también la luz sobre nuestro propio bautismo. Si en el Jordán se abren los cielos, es para que nunca vuelvan a cerrarse. Sumergidos en Cristo, participamos de su muerte y de su vida nueva. La fiesta del bautismo del Señor nos invita a redescubrir nuestra identidad filial y a vivir, como él, en obediencia confiada al Padre, dejándonos conducir por el Espíritu en el camino concreto de la historia.

Oremos. Señor Jesús, que entraste en las aguas del Jordán sin pecado propio, para cargar con los nuestros, abre sobre nosotros los cielos, derrama tu Espíritu y haznos hijos dóciles al Padre, testigos humildes de esperanza, caminando contigo hasta la plenitud de la vida nueva. Amén.

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