El anuncio del Reino de Dios es la clave que da unidad y sentido a todas las celebraciones del Tiempo Ordinario, y al mismo tiempo es el núcleo de la predicación y de la actividad pública de Jesucristo. Por eso, las lecturas evangélicas que abren este tiempo litúrgico presentan a Jesús proclamando la llegada del Reino, un tema que reaparece constantemente en los evangelios de los domingos y de los días feriales.
El Tiempo Ordinario culmina, además, con la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, lo que permite comprender su dinámica interna como un recorrido que va desde el Reino anunciado e inaugurado por Jesús hasta su realización plena al final de los tiempos.
El Reino de Dios no debe entenderse como un lugar o un territorio concreto, sino como el ejercicio mismo de la soberanía de Dios. Tanto la palabra hebrea "malkut" como la griega "basileía" expresan esta acción de Dios que reina y actúa en la historia.
El Reino de Dios no debe entenderse como un lugar o un territorio concreto, sino como el ejercicio mismo de la soberanía de Dios. Tanto la palabra hebrea "malkut" como la griega "basileía" expresan esta acción de Dios que reina y actúa en la historia.
El centro del “Evangelio” proclamado por Jesús es precisamente la cercanía del Reino. No se trata de una realidad puramente futura o espiritualizada, ni de un proyecto político o social, sino de la presencia activa de Dios, que se hace cercana en la persona y la obra de Cristo.
Jesús es llamado rey desde el anuncio de su nacimiento, como heredero del trono de David, y al iniciar su vida pública proclama que “el Reino de Dios está llegando”, mostrando con sus palabras y sus obras que Dios reina ya en medio de los hombres.
Este es el mismo anuncio que continúa haciendo la Iglesia. En la liturgia y en la misión evangelizadora no se recuerda solo un acontecimiento del pasado, sino que se hace presente hoy la acción salvadora de Dios.
El Reino de Dios, en este sentido, se identifica con la persona misma de Jesús, que ofrece la salvación a todos los tiempos y lugares.
Por eso, el Tiempo Ordinario es un tiempo especialmente significativo para la vida cristiana: es tiempo de conversión, porque la cercanía del Reino exige una respuesta personal; pero también es tiempo de alegría y de esperanza, porque en Cristo Dios viene al encuentro del ser humano. Es, finalmente, un tiempo de agradecimiento por el don recibido y de responsabilidad, llamado a hacer fructificar en la vida concreta de cada creyente la presencia del Reino que ya ha comenzado y que un día alcanzará su plenitud.
Resumen de las páginas 334-337 de mi libro "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.

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