Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 17 de febrero de 2023

La fuerza del perdón


El Señor Jesús nos enseña que podemos ser bienaventurados, felices, dichosos, incluso si somos pobres, enfermos o sufrimos injusticias. En nuestra debilidad, sabemos que Dios está cerca de nosotros y que su amor no nos abandona. Esto es algo muy hermoso.

A continuación pide algo muy difícil, aparentemente imposible: amar a los enemigos para parecernos a nuestro Padre del cielo, que es misericordioso con todos, hace llover sobre buenos y malos y hace salir el sol sobre justos e injustos. De eso habla el evangelio de la misa del domingo séptimo del Tiempo Ordinario, ciclo "a".

A todos nos gusta escuchar que "el Señor es compasivo y misericordioso" y que Dios no se cansa de perdonar. Pero Jesús nos pide que nos parezcamos a Dios, que nosotros también seamos compasivos, que nosotros tampoco nos cansemos de perdonar, que amemos a todos, incluso a los que nos han hecho daño, «Pues, si amáis solo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo».

El Señor repite esta enseñanza varias veces, con formulaciones distintas: 
- «Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos» (Mt 5,7).
- «No condenéis y no seréis condenados, perdonad y Dios os perdonará» (Lc 6,37).
- «Cuando oréis, perdonad a los que os hayan ofendido, para que también vuestro Padre celestial os perdone a vosotros» (Mc 11,25).
- «Si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, vete primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve luego a presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24). 
- «No juzguéis y no seréis juzgados; porque Dios usará con vosotros la medida que vosotros uséis con los demás» (Mt 7,1-2). 

También nos pide que seamos capaces de perdonar «hasta setenta veces siete»; es decir, siempre (Mt 18,21-22). Llegando a la más alta concreción y exigencia en el amor a los enemigos y en la oración por los que nos hacen daño (Mt 5,44ss).

Estas palabras del Señor calaron tan profundamente en la vida de los primeros cristianos, que san Pablo hace de ellas un pilar de su enseñanza: «Perdonaos mutuamente, como Dios os ha perdonado por Cristo» (Ef 4,32); «del mismo modo que el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros» (Col 3,13); porque «la caridad no tiene cuenta del mal» (1Cor 13,6).

Por su parte, la Madre Teresa de Calcuta insistía: «Si realmente queremos amar, tenemos que aprender a perdonar».

En este proceso de aprendizaje no debemos desanimarnos nunca. Aún no somos capaces de perdonar «como» él nos perdona, igual que no somos capaces de amar «como» él nos ama, ni aún somos santos ni perfectos «como» él es santo y perfecto. Estamos en camino. Un día podremos tener los sentimientos de Jesús, porque viviremos su misma vida en plenitud, amaremos con su amor y perdonaremos con su perdón.

Mientras tanto, después de cada caída nos volvemos a levantar, sin perder nunca la confianza en su misericordia, que es más grande que nuestras faltas. Y le suplicamos: «Señor, necesito tu ayuda para perdonar; si no, no lo conseguiré nunca».

Para terminar, me gustaría recordar que amar a los enemigos no significa que me sean simpáticos o que me encuentre a gusto a su lado. Significa no hacerles ni desearles el mal y hacerles el bien si está en mi mano, aunque me cueste. El Señor, en su misericordia, nos lo conceda.

Como las lecturas de la misa se repiten cada tres años, los seguidores del blog ya han visto estas enseñanzas en otras ocasiones, pero el evangelio es siempre antiguo y siempre nuevo. El Señor nos ayude a ponerlo en práctica. Amén.

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