Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 27 de marzo de 2020

Las siete palabras de Jesús en la Cruz


Una práctica piadosa tradicional para los viernes de Cuaresma, junto al rezo del Vía Crucis y de los dolores de la Virgen María, es la meditación de las siete palabras de Jesús en la Cruz.

1. «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Sabiendo o no sabiendo lo que hacemos, sabemos que nos amas. Perdónalos, Padre. ¡Perdónanos! Por el amor de tu Hijo. Amén.

Aunque he sido tu enemigo,
mi Jesús, como confieso,
ruega por mí, que, con eso,
seguro el perdón consigo.

Cuando loco te ofendí,
no supe yo lo que hacía.
Tú, Jesús del alma mía,
hoy ruega al Padre por mí.

2. «Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43). Tu corazón sin puertas, siempre abierto, es nuestra única esperanza. Tú nos conoces bien, y, a pesar de todo, quieres darnos un sitio junto a ti. ¡Gracias!

Vuelto hacia ti el buen ladrón,
con fe te implora tu piedad.
Yo también, de mi maldad
te pido, Señor, perdón.

Si al ladrón arrepentido
das un lugar en el cielo,
yo también, ya sin recelo
la salvación hoy te pido.

3. «¡Mujer, he ahí a tu Hijo! ¡He ahí a tu madre!» (Jn 19,26). Cansados o perdidos, necesitamos, Madre, tus caricias: consuelo en toda cruz humana, divina canción de cuna en todo humano sueño.

Jesús, en su testamento,
a su Madre Virgen da.
¿Y comprender, quién podrá,
de María el sentimiento?

Hijo tuyo quiero ser,
sé tú mi madre, Señora,
que mi alma, desde ahora,
con tu amor va a florecer.

4. «Dios mío, Dios, mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). En tu soledad se refugian todas las soledades de la historia humana. Es la hora de la fe, oscura y desnuda, del silencio de Dios, para todos nosotros...

Desamparado se ve
de su Padre el Hijo amado;
maldito siempre el pecado,
que de esto la causa fue.

Quien quisiera consolar
a Jesús en su dolor,
diga en el alma: "Señor,
me pesa, no mas pecar".

5. «¡Tengo sed!» (Jn 19,28). La belleza de tu rostro llena de vida a los ángeles. Y todos los creyentes saciamos nuestra sed con el agua que brota de tu costado.

Sed, dice el Señor, que tiene;
para poder mitigar
la sed que así le hace hablar,
darle lágrimas conviene.

Hiel darle, ya se le ha visto.
La prueba, mas no la bebe.
¿Cómo quiero yo que pruebe
la hiel de mis culpas, Cristo?

6. «Todo está cumplido» (Jn 19,30). Por tu parte sí. Has cumplido bien tu misión. Ahora nos toca a nosotros ser tus manos, tus pies, tu corazón.

Con firme voz anunció
Jesús, aunque ensangrentado,
que del hombre y del pecado
la redención consumó.

Y cumplida su misión,
ya puede Cristo morir,
y abrirme su corazón
para, en su pecho, vivir.

7. «¡Padre, en tus manos entrego mi Espíritu!» (Lc 23,46). Tú has venido del Padre y ahora vuelves al Padre. Recíbenos un día junto a ti en la gloria de Dios. Amén.

A su eterno Padre, ya,
el espíritu encomienda.
Si mi vida no se enmienda,
¿en qué manos parará?

En las tuyas, desde ahora,
mi alma pongo, Jesús mío;
guárdala allí, yo te pido
para mi última hora.

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