Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 1 de abril de 2021

Historia y celebraciones del Jueves Santo


El Triduo Santo de la muerte, sepultura y resurrección del Señor comienza con la misa vespertina del Jueves Santo, en la que celebramos sacramentalmente la entrega que Jesús hizo de sí mismo en la última cena.

Los documentos litúrgicos más antiguos solo describen en este día el rito de reconciliación de los penitentes (los que habían cometido pecados graves después del bautismo), que recibían el perdón después de haber hecho penitencia durante un largo periodo de tiempo.

A finales del siglo IV, la beata Egeria testimonia en Jerusalén una misa en el "Martyrium" (la basílica sobre el Gólgota, el lugar de la muerte de Cristo), que tenía lugar hacia las dos de la tarde. 

Al terminar, todos se dirigían a la capilla que había tras la cruz del atrio de la "Anástasis" (la basílica del Santo Sepulcro, el lugar de la resurrección), donde se tenía otra misa sin lecturas, pero con comunión de todos los presentes (añadiendo que este era el único día del año que se celebraba la eucaristía en ese altar). 

Después de una cena ligera, todos se dirigían a la "Eleona" (la basílica sobre el Monte de los Olivos), donde hacia las siete de la tarde comenzaba una vigilia en recuerdo de la agonía de Jesús, que duraba toda la noche y terminaba con una procesión hasta la "Anástasis" al alba del viernes.

En el siglo V están testimoniadas tres misas en Roma: la de reconciliación de penitentes, la de consagración del crisma y la que conmemoraba la institución de la eucaristía. 

Con el tiempo, las tres se fusionaron en una, celebrada por la mañana, en la que adquirió gran importancia la reserva del Santísimo en un "monumentum" (sepulcro), al que se añadieron flores, velas e incluso soldados romanos (como los que hicieron vela ante el sepulcro de Jesús), llegando a confundirse la reserva del Santísimo con el entierro de Cristo.

En nuestros días, la misa Crismal se puede celebrar el jueves por la mañana o cualquier día cercano a la Pascua. Fuera de Roma se suele adelantar a los primeros días de la Semana Santa, para facilitar la participación del clero y de los fieles, que el Jueves Santo tienen más difícil desplazarse hasta la capital de la diócesis. 

La misa de la Cena del Señor se puede celebrar a cualquier hora a partir del mediodía y, donde la situación lo recomiende, con permiso del obispo también se puede celebrar por la mañana.

En contraste con todo lo vivido durante la Cuaresma, la misa del Jueves Santo se celebra en ambiente festivo, con los ministros vestidos de blanco. Durante el canto del Gloria se suelen tocar las campanas, que no vuelven a sonar hasta la Vigilia Pascual.

En la primera lectura se proclaman las disposiciones sobre la cena pascual, que Moisés dio a Israel: "Hoy es la Pascua, el paso del Señor". 

La lectura de san Pablo recuerda que Jesús instituyó la eucaristía precisamente en el contexto de una cena pascual y que nos ordenó seguir haciéndolo en memoria suya: "Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva".

El evangelio de san Juan recoge la manifestación del amor sin límites del Señor, que se manifiesta en el lavatorio de los pies (que en tiempos de Jesús era un oficio reservado a los esclavos): Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Después de la homilía, el ministro lava los pies de algunos fieles, en obediencia al mandamiento de Jesús: «Les he dado ejemplo para que ustedes hagan lo mismo». Se recomienda que sean de distintas edades y estados de vida, para indicar la universalidad de la Iglesia, en la que todos estamos llamados a acoger el amor de Jesús es nuestras vidas y a servir a los hermanos como él nos enseñó.

«Al cumplir ese rito, los obispos y sacerdotes están invitados a conformarse profundamente a Cristo […]. Para manifestar este significado pleno del rito a cuantos participan en él, […] de modo que los pastores puedan elegir a un grupo de fieles que represente la variedad y la unidad de cada porción del pueblo de Dios. Ese grupo puede estar formado por hombres y mujeres y, convenientemente, por jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, clérigos, consagrados, laicos».

El prefacio habla de Jesucristo, "verdadero y único sacerdote, que al instituir el sacrificio de la eterna alianza se ofreció el primero al Padre como víctima de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en memoria suya. Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica".

Como el Viernes Santo no se celebra la eucaristía, desde tiempos antiguos, la Iglesia reserva el Santísimo Sacramento para la comunión del día siguiente en un lugar preparado para ello (el «monumento»). 

Al principio se conservaban en la sacristía el pan y el vino consagrados, pero desde el siglo XI los libros rituales romanos excluyen la reserva del vino y especifican que el traslado se haga procesionalmente a un lugar convenientemente preparado.

La liturgia recomienda «una adoración prolongada del Santísimo Sacramento ante la reserva solemne», obedeciendo a la petición de Jesús en una tarde como esta: «Quédense aquí y velen conmigo» (Mt 26,38).

La celebración comienza con el canto y saludo iniciales, pero termina en silencio, sin bendición, ni despedida, ni canto final, porque queda inconclusa y habrá de continuarse en los días siguientes. Se desnuda el altar de manteles y adornos, permaneciendo iluminado solo el espacio donde se ha reservado al Señor.

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