El Domingo de Ramos en la Pasión del Señor presenta una liturgia con dos partes íntimamente unidas. La primera es la procesión con la bendición de los ramos y la proclamación del evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén. La segunda es la eucaristía, que incluye el cántico del Siervo de Yavé (Is 50,4-7), el himno cristológico de san Pablo sobre la humillación y obediencia de Cristo hasta la muerte (Flp 2,6-11), y el relato de la Pasión según el evangelista de cada ciclo. El color rojo subraya el carácter martirial del día, en estrecha relación con el Viernes Santo.
Desde 1985, este domingo está también vinculado a la Jornada Mundial de la Juventud, convirtiéndose en un día especialmente dedicado a los jóvenes, llamados a salir al encuentro de Cristo y acoger su presencia en medio del mundo.
La procesión tiene raíces antiguas. Ya en el siglo IV, la peregrina Egeria describe cómo en Jerusalén los fieles, con palmas y ramos, acompañaban al obispo desde el Monte de los Olivos hasta el templo, evocando la entrada de Jesús en la ciudad santa.
Con el tiempo, esta celebración se enriqueció con diversos signos: el obispo golpeaba las puertas de la muralla y del templo con una cruz, todos veneraban el libro de los evangelios e incluso una representación de Cristo montado en un asno acompañaba la comitiva.
Este rito remite a las antiguas entronizaciones reales de Israel, cuando el pueblo aclamaba a sus reyes con cantos, ramos y mantos en el camino. Así, la Iglesia reconoce en Jesús al Mesías, Hijo de David y Rey de paz. Sin embargo, su realeza se manifiesta de forma paradójica: no entra como un rey guerrero, sino montado en un asno y aclamado por gente sencilla. Este gesto cumple la profecía de Zacarías, que anuncia un rey humilde, portador de paz y con un dominio universal.
La entrada en Jerusalén marca también el inicio de la “hora” de Jesús, en la que su gloria se revela a través de la cruz. Por eso, la liturgia une la alegría de las aclamaciones con la gravedad de la Pasión.
El “Hosanna” no solo recuerda la llegada del Mesías, sino que, incorporado a la liturgia eucarística, expresa la fe en Cristo que vino, que viene y que vendrá.
En definitiva, este domingo une Cuaresma y Pascua, cruz y gloria, mostrando la unidad del misterio de Cristo: su entrega hasta la muerte es el camino hacia la vida y la salvación para todos.
Resumen de las páginas 241-246 de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.

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