Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 9 de abril de 2017

Liturgia y espiritualidad del Domingo de Ramos


La liturgia actual del Domingo de Ramos tiene dos partes bien diferenciadas, aunque relacionadas entre sí.

La primera consiste en la procesión, precedida por la bendición de los ramos y la proclamación del evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén. 

La segunda es la eucaristía, en la que se leen uno de los cánticos del siervo de Yahvé (Is 50,4-7), el himno paulino que habla de la obediencia de Jesús, que «se rebajó hasta someterse a la muerte» (Flp 2,6-11), y la pasión del Señor, en la versión del evangelista propio de cada ciclo. 

El color litúrgico es el rojo, como el Viernes Santo. 

La peregrina Egeria narra cómo se celebraba una procesión en Jerusalén a finales del s. IV. El obispo y el pueblo, con ramos de palma y olivo, se dirigían cantando desde el Monte de los Olivos hasta la Anástasis. Los niños ocupaban un lugar destacado. 

Los peregrinos la llevaron a sus lugares de origen, realizándola de una manera cada vez más compleja y festiva. En algunos sitios, el obispo iba montado en un burro, representando a Cristo. En otros se llevaba el libro de los evangelios, la cruz o el Santísimo Sacramento. Por el camino, se hacían estaciones con oraciones, cantos y bendiciones. Al llegar a la muralla, extendían los mantos ante la cruz y todos se postraban para adorarla. Una vez en el templo, el obispo golpeaba las puertas con la cruz, mientras decía: «Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas, que va a entrar el rey de la gloria» (Sal 24 [23]) y establecía un diálogo con los que estaban dentro. Cuando se abrían, entraba la procesión. La última reforma litúrgica simplificó los ritos.

El antiguo Israel celebraba la entronización de sus reyes aclamándolos con salmos, saliendo a su encuentro con ramos en las manos y colocando sus mantos por el camino. Se puede ver un paralelismo entre el cortejo que acompaña a Jesús (Lc 19,35-38) y el que organizó David para revestir a Salomón como su heredero (1Re 1,33-35). De esta manera, la procesión proclama que Jesús es el Hijo de David, el rey de Israel y del mundo entero.

La entrada triunfal en Jerusalén fue la manifestación de Jesús como el mesías-rey prometido por los profetas. Antes había rechazado este título, demasiado unido a las expectativas políticas de Israel. Cuando las circunstancias hacían prever el desenlace, lo aceptó, mientras el pueblo aclamaba: «Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David» (Mc 11,10). 

Para que se comprenda qué tipo de reinado es el suyo, no entra en la ciudad sobre un carro de combate o un caballo. Tampoco le vitorean soldados con armas. Por el contrario, entra montado en un asnillo, aclamado por los niños, que menean ramos de olivo. El asno es el animal que usaba la gente sencilla en sus trabajos y en sus desplazamientos. San Juan dice que sus discípulos no entendieron el gesto y que solo más tarde comprendieron que estaba cumpliendo una profecía (cf. Jn 12,16).

Efectivamente, Zacarías anunció que un futuro rey de Jerusalén lo terminará siendo de toda la tierra con estas palabras: «Se acerca tu rey, justo y victorioso, humilde y montado en un borriquillo. Destruirá los carros de guerra de Efraín y los caballos de Jerusalén. Quebrará el arco de guerra y proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar, desde el Éufrates hasta los confines de la tierra» (Zac 9,9-10). 

La Iglesia, con la mirada puesta en la mañana de Pascua, aclama a Cristo como su rey, triunfador del pecado y de la muerte, aunque es consciente de que su entrada en Jerusalén es, al mismo tiempo, el inicio de su sufrimiento. De esta manera, la liturgia pone en relación la Cuaresma y la Pascua al unir las alegres aclamaciones en honor de Cristo rey y la proclamación de su pasión: 

«Ya desde el principio de la Cuaresma nos venimos preparando con obras de penitencia y caridad. Hoy, cercana ya la Noche santa de Pascua, nos disponemos a inaugurar, en comunión con toda la Iglesia, la celebración anual de los misterios de la pasión y resurrección de Jesucristo, misterios que empezaron con la solemne entrada del Señor en Jerusalén. Por ello, recordando con fe y devoción la entrada triunfal de Jesucristo en la ciudad santa, le acompañaremos con nuestros cantos para que, participando ahora de su cruz, merezcamos un día tener parte en su resurrección» .

Al cantar «Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor», debemos recordar las oraciones de Adviento, en las que se suplica la «venida» del Señor, y las de Navidad que la celebran como ya acaecida. 

La liturgia de este día, que une las promesas, el cumplimiento histórico y la esperanza de plenitud, la pasión y el triunfo, la Cuaresma y la Pascua, enseña que no hay ningún día del año que sea independiente de los otros. Todas las fiestas están unidas entre sí y todas celebran a Cristo que vino, que viene y que vendrá; que asume nuestra pobreza para darnos su riqueza; que se entrega a la muerte para darnos vida. Aunque en todas las eucaristías se anuncia la muerte del Señor y se proclama su resurrección hasta que él vuelva (Cf. 1Cor 11,26), en la celebración del Domingo de Ramos se manifiesta especialmente la profunda unidad del misterio de Cristo. 

En este día, en 1985 se organizó en Roma la I Jornada Mundial de la Juventud. Ante el éxito del encuentro, se decidió realizarla cada año, alternando jornadas en las diócesis (coincidiendo siempre con el Domingo de Ramos) y encuentros internacionales en grandes ciudades (eligiendo otras fechas).

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