Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 22 de marzo de 2016

Predicación de Jesús y controversias en el templo


La Semana Santa de Jesús
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
14- Predicación y controversias en el templo

Después de su entrada solemne en Jerusalén y del gesto desafiante de la purificación del templo, Jesús siguió predicando cada día en sus instalaciones, suscitando el entusiasmo de algunos y el odio de los que habían decidido acabar con él.

Parábola de los labradores homicidas

La parábola de los labradores asesinos (Mc 12,1-12) manifiesta la conciencia que Jesús tenía de su misión y de su final violento. A la luz del Antiguo Testamento (especialmente de Isaías 5), sus oyentes entendían perfectamente la parábola: 

Israel es la viña, Dios es su dueño, las autoridades son los arrendatarios, los profetas son los siervos que Dios envió para recoger los frutos que le pertenecían, Jesús es el Hijo y heredero, rechazado y asesinado como el resto de los enviados anteriores. Por eso, el evangelista añade que «sus adversarios estaban deseando echarle mano, porque se dieron cuenta de que Jesús había dicho la parábola por ellos» (Mc 12,12).

La parábola de los viñadores supone el final de una manera de vivir el judaísmo; por eso Jesús afirma que la viña será arrebatada a sus administradores y entregada a otros (a los pequeños, a los pecadores, a los excluidos de la sociedad que, sin embargo, se abren al mensaje del evangelio). 

Se cumple así lo anunciado en el salmo 118: «La piedra que rechazaron los arquitectos se ha convertido en la piedra angular» de un nuevo edificio (sal 118, [117],22). Jesús lo cita aquí y san Pedro lo retoma para explicar la novedad que introdujo la Pascua de Cristo en nuestra relación con Dios (Hch 4,11; 1Pe 2,7).

Controversias 

Los sumos sacerdotes, los maestros de la Ley, los fariseos y los herodianos decidieron acabar con Jesús, que se atrevió a cuestionar la validez del sistema vigente y, por lo tanto, sus privilegios. En definitiva, se unieron los que detentaban los poderes económico, religioso y político, gentes distintas entre sí (y antagónicas en muchos aspectos) para eliminar al que les molestaba. 

Primero buscaron la manera de condenarlo según los requisitos de la ley, poniéndole a prueba una y otra vez, con cuestiones espinosas, esperando que cometiese algún error, para poder acusarlo y quitarlo de en medio por algún motivo concreto. 

Por eso le preguntan: «¿De dónde procede tu autoridad?» (Mc 11,27-33); «¿Hay que pagar tributos al César?» (Mc 12,13-17); «¿Cómo será la resurrección?» (Mc 12,18-27); etc. Todas las preguntas estaban envenenadas y cualquier respuesta podría ser utilizada contra Jesús. 

En la cuestión de los impuestos romanos, por ejemplo, si Jesús hubiera respondido que no había que pagarlos, le habrían denunciado al procurador, que lo habría condenado a muerte. Si hubiera respondido que sí hay que pagarlos, la gente del pueblo se habría encargado de apedrearlo. 

Pero Jesús demuestra una sabiduría superior. Al quedar confundidos con sus respuestas, que no pudieron usar en su contra, se decidieron por otra estrategia: «Buscaron el modo de prender a Jesús con engaño para darle muerte» (Mc 14,1).

Discurso escatológico

En este contexto polémico y de despedida se sitúa el discurso de Jesús sobre los tiempos finales (Mc 13; Mt 24-25; Lc 21), en el que también se anuncia la destrucción de Jerusalén y la persecución que sufrirán los creyentes. Estas reflexiones usan un lenguaje apocalíptico, muy presente en la literatura judía de la época, que hoy resulta difícil de interpretar. 

En último término, estos textos son una invitación a la conversión y a la vigilancia, por lo que es inútil buscar en ellos una información que no pretenden darnos. Lo que está claro es que de ellos no se pueden sacar cálculos sobre cuándo terminará el mundo: «En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce […], solo el Padre» (Mt 24,36). 

De esta manera quedan descartados los anuncios del fin del mundo que surgen principalmente en tiempos de crisis y a los que algunos grupos nos tienen acostumbrados.

Jesús mismo lo advierte con claridad: «Mirad, que nadie os engañe. Vendrán muchos en mi nombre, diciendo: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos» (Lc 21,8s; cf. Mc 13,5-6; Mt 23,4s). 

Lo importante es tomar conciencia de que las dificultades y las persecuciones no podrán destruir el proyecto de Dios. La enseñanza final de estos textos no es de temor, sino de esperanza: «Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28).

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