Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 22 de marzo de 2015

Queremos ver a Jesús (Jn 12,21)


Jesús subió a Jerusalén para celebrar la Pascua. Fue su último viaje, antes de morir. El evangelista san Juan, después de narrar la entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos, dice que unos peregrinos griegos manifestaron a sus discípulos que querían «ver a Jesús».

La respuesta de Jesús es desconcertante: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). 

Todo el evangelio de san Juan se dirige hacia esa hora de la manifestación de Jesús, la hora de su glorificación, la hora de la salvación para todos los pueblos.

Ha llegado la hora de que los griegos puedan ver a Jesús. Pero no solo esos pocos que preguntan por él, sino todos los griegos (es decir, todos los no judíos). 

Jesús quiere ir al encuentro de todos los hombres y ahora puede hacerlo como grano de trigo muerto y resucitado. Su cuerpo, que está a punto de ser sacrificado en la cruz, es como el grano de trigo que muere para dar fruto abundante.

Con su muerte y resurrección, Jesús supera los límites de nuestra realidad corporal. Él ya no estará sometido al espacio y al tiempo. Como resucitado podrá hacerse presente a todos los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos.

Pero ese triunfo de Jesús, que le permitirá hacerse presente entre los judíos y entre los griegos, sin distinción de sexo, de raza o de cultura, pasa necesariamente por la cruz. Allí Jesús se entrega por todos. A partir de allí podrá hacerse presente a todos. 

Después de hablar de su propia entrega, Jesús dice a sus discípulos que tienen que hacer lo mismo, porque «el que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12,25). 

Esto significa que quien vive solo para sí, echa a perder su vida; pero quien sale de sí mismo y se entrega generosamente a los demás, encuentra la vida verdadera. 

Amar a los hermanos significa no encerrarse en uno mismo, salir al encuentro del otro, servir generosamente; es decir, participar de la cruz. Esto exige sacrificio, generosidad, entrega. Pero es el único camino hacia la resurrección, hacia la plenitud de la vida, tal como nos ha enseñado Jesús.

5 comentarios:

  1. Señor, dame un corazon generoso para poder amar,que yo no sea egoista y no busque solo mi bienestar, que yo Señor, esté atenta al bienestar de los demas.Amen.Fina.

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  2. Expresivo ese cuadro donde están todas las cruces, la de todos nosotros, la mía, que no hay ninguna que pese menos que la otra sino que todas tienen un peso considerable y que JESUS NUESTRO SEÑOR esta dispuesto a cargar con ellas para hacer nuestra Cruz Gloriosa... Tu Señor al ser elevado en la Cruz me atraes poderosamente hacia TI, a pesar de mis traiciones... Quiero servirte siempre y salir de mi, que es lo que mas me cuesta , no aplazaré esto mas y te seguiré hasta el calvario para besar tu Cruz y despojarme de todo lo que no viene de TI ,me quedaré con tu MADRE la que a mi me entregaste también y junto con ELLA experimentaré la Alegría de TU Resurrección.... M.Jose.

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  3. Este evangelio es para mi toda una revelación de como he de seguir a Cristo. Deseo que el Señor me ayude en este camino tortuoso y lleno de obstáculos Amén. Ana d.V.

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  4. ¡¡¡ AMÉN ...! ¡ AMÉN ...! ¡ AMÉN ...!!!!!!!!!!!!!!!

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  5. En este cuadro de la entrada con tantas cruces He pensado Cuantas cruces y no nos damos cuenta Jesus es el que siempre va delante dandonos animos y enseñarnos como cargar la cruz Y si le dejamos el nos ayuda y nos anima que cuando llegaremos al cielo ALLI NO HAY CRUCES Ana Maria

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