Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 28 de julio de 2018

La alegría de creer (2)


Varias veces en mi vida he encontrado personas que dicen que han perdido la fe porque Dios no ha escuchado sus oraciones o a causa de algún escándalo o por cualquier otro motivo. Todos conocemos gente que vive como si Dios no existiera, que ha abandonado las prácticas religiosas y que afirma que no las echa de menos. Es algo a lo que no consigo acostumbrarme. Sé que muchos son sinceros cuando dicen esas cosas, pero también sé que mi existencia no tiene sentido sin Dios y repito con el salmista que «su gracia vale más que la vida» (Sal 63,4). No me basta con lo que ya conozco o poseo, porque tengo deseos de vida eterna y en plenitud, de vida sin fin.

Quizás sea cierto que todos llevamos un ateo escondido en los sótanos y escondrijos del corazón, ya que en cada hombre se repite la tentación de los primeros padres: pensamos que no necesitamos de Dios, que nos bastamos a nosotros mismos, que con nuestras obras y conocimientos podemos dar sentido a nuestra existencia sin depender de nadie. No estoy hablando de otros, sino de mí mismo.

Pienso que en la religión sucede como en la vida de cada persona: de niños confiamos ciegamente en nuestros padres; de adolescentes queremos afirmar nuestra personalidad y pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, porque somos más listos que los demás; de adultos aprendemos a reconocer nuestras limitaciones y aceptamos el consejo de quienes saben más que nosotros. Así pasamos de una religiosidad heredada (infancia) a una crisis de confianza en dogmas y estructuras que nos parecen anticuados (adolescencia) hasta que hacemos experiencia de nuestras limitaciones personales y del amor de Dios, que no nos abandona a pesar de ellas y que no es oprimente, sino liberador (madurez). Me parece que me encuentro en esa tercera etapa, aunque siempre con el peligro de regresar a la segunda.

Creo que la relación con Dios, su gracia, es lo más precioso que se puede poseer; lo único que dura «para siempre, siempre, siempre», como le gustaba repetir a santa Teresa de Jesús. Tanto ella como san Juan de la Cruz compusieron sendas estrofas para un estribillo que habla de la muerte de amor. Cito una de las de san Juan, ya que las de santa Teresa son más conocidas:

Vivo sin vivir en mí 
y de tal manera espero 
que muero porque no muero.

En mí yo no vivo ya 
y sin Dios vivir no puedo; 
pues sin él y sin mí quedo, 
este vivir, ¿qué será? 
Mil muertes se me hará
pues mi misma vida espero 
muriendo porque no muero.

Esto es lo que me pasa a mí. No lo vivo con la intensidad de los místicos, pero ansío la vida en plenitud que en algunos momentos he pregustado en la oración. Soy consciente de que sigo amarrado a mil cosas y de que no termino de emprender el vuelo, pero lo deseo, aunque a veces me engaño a mí mismo y busco apagar en otros lugares la sed que me quema las entrañas.

«En mí yo no vivo ya y sin Dios vivir no puedo», así que me encuentro en tensión permanente entre esta vida mía que poseo y no me sacia y esa vida de Dios que me sacia y no poseo, pero que a veces recibo (por gracia de Dios) y enseguida pierdo (por mi culpa). Lo que sé es que no puedo vivir sin él, aunque a veces no lo demuestre. Siempre que intento llenar mi corazón con otras cosas, me queda después un hastío interior que me hace sentir mal.

En este libro comparto lo que da sentido a mi existencia: la buena noticia de que Dios ha mandado al mundo a su Hijo Jesucristo para salvarme y que ha enviado a mi corazón el Espíritu Santo para que me convierta en hijo suyo; la certeza de que estas no son historias pasadas, porque Cristo está vivo y obra maravillas en cuantos se abren a su gracia; la esperanza de participar un día de su vida gloriosa. 

He intentado centrarme solo en lo esencial, sin alargarme en cuestiones secundarias. Después de algunos puntos introductorios sobre los orígenes de la fe cristiana y de la teología (la reflexión sobre la fe y sus contenidos), hablo del Credo, deteniéndome en cada una de sus afirmaciones.

Todos los apartados van acompañados con «puntos para la reflexión y oración», en los que recojo poesías, oraciones, citas del Catecismo  y preguntas para la reflexión personal. 

En apéndice presento una meditación sobre la fe en san Juan de la Cruz, al que san Juan Pablo II (que hizo su tesis doctoral precisamente sobre ese argumento) calificó como «maestro en la fe y testigo del Dios vivo, guía seguro en los senderos de la fe». También comento uno de sus poemas, precisamente el que él titula Cantar del alma que se goza de conocer a Dios por fe.

Tomado de mi libro "La alegría de creer. El Credo explicado con palabras sencillas", editorial Monte carmelo, Burgos 2017, ISBN: 978-84-8353-865-4. Páginas 11-14. Pueden ver la presentación de la editorial en este enlace.

3 comentarios:

  1. Sin creer,sin fe a quien iríamos? Sólo El tiene Palabras de Vida Eterna...Y Humildad es andar en Verdad como diría Santa Teresa.Personalmente éstapobre ama de casa aprecia su franqueza por que aunque Consagrado no se detiene y expresa su sentir en fe y todo para nuestro provecho,éso nos hace sentirle mas cercano.Gracias Padre...Maggie.

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  2. Gracias! Me ha encantado está forma de expresar "La alegría de creer" Yo también creo y siento esa enorme alegría. Bendiciones.

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  3. ¡P. Eduardo, ha puesto palabras a la experiencia que ahora vivo!
    Ahí estoy yo, en esa etapa en la que ves diariamente tus limitaciones y pobreza humana, que no acabo de aceptar y amar a los demás como son, como un regalo incomprensible. Pero que experimenta la presencia de Dios, en mi misma y en los demás, en las que una y otra vez, el Señor me descoloca y me invita al abandono en Él, acogiendo mi vida y la de los que me rodean aunque no la pueda comprender. Pero sé, por la fe, que Dios está ahí, sea cual sea la situación que nos toque vivir y que nos ama con infinita ternura. Ya no quiero más nada que servir al Señor, aunque soy muy torpe y creo que no acierto ni una.
    "Mi alma espera en el Señor..." (Nuria)

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