Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 9 de octubre de 2012

Comentario al Credo (1)

Creo en Dios. En primer lugar, la fe cristiana no consiste en saber de memoria unas verdades, sino en relacionarse personalmente con Dios. Los cristianos no creemos «en algo» sino «en Alguien». Dios no es una idea, sino una persona que viene a nuestro encuentro y que quiere establecer una relación de amistad con los hombres. De ahí la importancia de la oración, que es la manifestación más profunda de la fe, así como su alimento. Creer en Dios significa confiar en Él, escuchar su Palabra, aceptar sus enseñanzas, intentar vivir como Él nos pide.

El Papa Benedicto XVI, al inicio de su encíclica sobre el amor, afirma con rotundidad: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una Persona». Por lo tanto, la fe surge del encuentro personal con Dios, de la experiencia de su amor y de su perdón.

¿Qué podemos saber sobre Dios? Las religiones dicen cosas distintas sobre Él. Al fin y al cabo son palabras de los hombres, siempre imperfectas. Pero Dios, ¿ha hablado a los hombres? En ese caso no estaríamos hablando de las enseñanzas de los hombres sobre Dios sino de las enseñanzas de Dios para los hombres.

La Carta a los hebreos dice: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas» (Heb 1,1). Las manifestaciones de Dios y sus enseñanzas a lo largo de la historia de Israel se recogen en el Antiguo Testamento. El texto anterior continúa diciendo: «En esta etapa final nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1,2). La manifestación de Dios en Jesucristo y sus enseñanzas se recogen en el Nuevo Testamento. La unión de estas dos partes de la revelación de Dios (el Antiguo y el Nuevo Testamento) forma la Biblia o Sagrada Escritura, que es la Palabra de Dios dicha a los hombres con palabras humanas.

La Biblia dice que Dios ha tenido una paciencia infinita con los hombres, porque nos ama como un padre a sus hijos. Ya antiguamente se manifestó de formas muy variadas a aquellas personas de buena voluntad que buscaron sinceramente su rostro y, poco a poco, se fue revelando. Esto era una preparación para su manifestación definitiva. Finalmente, en Cristo se nos ha dado del todo. Los cristianos creemos que «cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer» (Gal 4,4). En su infinita misericordia, Dios nos ha hablado; y no por medio de mensajeros, sino por su Hijo, que se ha hecho uno de nosotros y ha usado nuestro lenguaje para que podamos entenderle. Ha entrado en nuestra historia y se ha dirigido a nosotros para explicarnos quién es Él, qué espera de los hombres y quiénes somos nosotros mismos. El cristianismo surge porque Dios ha hablado a los hombres. La fe es la respuesta de los hombres a Dios que se revela.

Si en Cristo es Dios mismo el que nos habla, no podemos quedarnos indiferentes ante su Palabra, porque Él espera una respuesta de nosotros. Ante nosotros se presentan la luz y las tinieblas, la vida y la muerte, la felicidad y la insatisfacción. Es necesario hacer opciones: «Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1Jn 5,12). Así de sencillo y de contundente: Jesús no es un personaje como los demás, una opción entre otras, sino la presencia de Dios-con-nosotros. Si lo acogemos, tenemos la Vida eterna y la Verdad de Dios, si lo rechazamos nos quedamos con nuestra pequeña vida mortal y con nuestras verdades a medias.

«La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que Él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que Él dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura» (Catecismo de la Iglesia Católica, 150).

Preguntas para la reflexión. El profeta Isaías dice «Te llamo por tu nombre» (Is 43,1). Que conoce «mi nombre» significa que conoce mi identidad, mis características personales, mi historia. ¿Soy consciente de que Dios me ha creado por amor y me ama con un amor personal?

La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela. San Pablo dice: «Sé de quién me he fiado» (2Tim 1,12). Dios está cerca de mí y se interesa por todas mis cosas ¿Confío plenamente en Dios? ¿Vivo la fe como una relación amorosa con Dios?

Desde el día de mi bautismo, Dios habita en mi corazón, ¿me relaciono con Él en la oración?

El ambiente social contemporáneo no nos ayuda a vivir la fe. ¿Me formo para conocer mejor los contenidos de mi fe? ¿Doy testimonio de mi fe cristiana en mi familia, ambiente de estudio o trabajo, etc.?

1 comentario:

  1. Ciertamente que el ambiente social no ayuda a confesar la fe, pero tenemos muchos hermanos y hermanas que nos "hacen espaldas" (con palabras de santa Teresa de Jesùs) y muchos medios para fortalecerla (como la lectura de este blog, entre otros). Paolo.

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