Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 23 de octubre de 2012

Comentario al Credo (4)

Hace algunos días tuvimos ocasión de hablar del año de la fe y anuncié un comentario al Credo, del que ya publiqué las entradas relativas al primer artículo: Creo en Dios, Dios Padre, Dios todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Después del paréntesis realizado con motivo de la fiesta de santa Teresa de Jesús, regresamos a los contenidos de nuestra fe. Hoy y los próximos cuatro días desarrollaré la segunda parte del Credo, que hace referencia a Jesucristo. Más tarde retomaremos la tercera parte, que habla del Espíritu Santo, la Iglesia y la vida eterna. Hoy en concreto hablaremos de la afirmación: Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor.

Jesucristo es «el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16), que fue enviado por el Padre al mundo para que «todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4). De hecho, su nombre significa en hebreo «Dios salva» o «Salvador». Por eso dice san Pedro: «Bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que puedan salvarse» (Hch 4,12). Él es «verdadero Dios y verdadero hombre» y podemos conocerle a partir de lo que cuentan sobre Él los «evangelios» (palabra griega que significa «buena noticia»). Pero Jesús no es un personaje del pasado, del que solo podemos saber a partir de lo que recogen los libros. Él sigue vivo y podemos conocerle especialmente cuando nos relacionamos con Él en la oración y cuando vivimos como Él nos enseñó. 

Cuando hablamos de «Jesucristo» tenemos que recordar que este nombre es el fruto de resumir la confesión de fe cristiana, que dice: «Jesús es el Cristo». La palabra griega «Cristo» es la traducción de la palabra hebrea «Mesías», que en español significa «Ungido» o «Consagrado». Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron que Dios enviaría a su «Mesías» para salvar a los hombres y establecer con ellos una alianza definitiva y eterna. Jesús ha sido «enviado» por Dios con una misión específica: «Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

Cuando llamamos «Señor» a Jesús estamos confesando que Él es Dios. En el Antiguo Testamento, cada vez que aparece el nombre de Dios (Yavé), los judíos no lo pronuncian por respeto, sino que dicen «Señor» (Adonai). Santo Tomás exclamó ante Jesús resucitado: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28) y Jesús dijo: «Vosotros me llamáis “Maestro” y “Señor” y decís bien, porque lo soy» (Jn 13,13). Si lo confesamos como nuestro «Señor» significa que nos fiamos de Él y tenemos que obedecerle, viviendo como Él nos enseñó.

«Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús porque Él es de "condición divina" y porque el Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria» (Catecismo de la Iglesia Católica, 449).

1 comentario:

  1. Las entradas dedicadas a Dios Padre creador me parecieron muy interesantes. Espero que las que va a dedicar al Hijo de Dios encarnado sean tan interesantes como esta de hoy, que tanto me ha aclarado sobre el sentido de la palabra Mesías-Cristo. Gracias y ánimo. Elías.

    ResponderEliminar