Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 31 de agosto de 2025

El obelisco lateranense


El obelisco de granito rojo que se alza junto a la entrada lateral de la basílica de San Juan de Letrán en Roma no deja indiferente a nadie. Sus 32,18 metros de altura (45,70 m con la base incluida) lo convierten en el obelisco monolítico más alto del mundo. Aunque hay otros más altos, ninguno fue tallado en un solo bloque de piedra. Pesa 230 toneladas.

Sus cuatro caras están cubiertas de jeroglíficos que los artesanos egipcios grabaron durante nada menos que 35 años de trabajo, según atestiguan ellos mismos en una de las inscripciones.

Se trata también del obelisco más antiguo de Roma, tallado hace 3.500 años en tiempos del faraón Tutmosis III, para el templo del dios Amón en Tebas (la actual Lúxor). 

Tras siglos en Egipto, el emperador Constancio II, hijo de Constantino, decidió trasladarlo a Roma en el año 357. Para ello se construyó una embarcación especial, movida por 300 remeros, que lo llevó hasta el puerto de Ostia y después a la capital, donde fue erigido en el Circo Máximo. Allí fue testigo de las carreras y espectáculos de la Roma imperial, hasta que las invasiones bárbaras lo derribaron y quedó enterrado bajo los escombros.

Hubo que esperar al siglo XVI para que el papa Sixto V lo rescatara. En 1588, el ingeniero Domenico Fontana lo levantó de nuevo y lo colocó en su emplazamiento actual, a la entrada de la catedral de Roma, la “madre y cabeza de todas las iglesias”. El papa quiso que aquel monumento pagano, que había sido dedicado al sol, se consagrase ahora a Cristo, “sol que nace de lo alto”, levantando sobre él la cruz invicta como signo de victoria.

Las inscripciones de la base recuerdan su recorrido: desde su dedicación inicial al dios solar hasta su redescubrimiento, cuando fue hallado sepultado bajo siete metros de tierra, y su restauración “con muchos esfuerzos” para ser colocado donde lo vemos hoy. 

También evocan un acontecimiento cargado de simbolismo: la tradición afirma que en este lugar recibió el bautismo el emperador Constantino, el primer emperador cristiano, de manos del papa Silvestre I.

Inscripción sur: “SIXTUS V PONT. MAX. CRUCEM INVICTAM OBELISCO EGYPTIO IMPOSITAM VETUSTATE COLLAPSUM REPERTUM EX CIRCO MAXIMO TRANSLATUM LABORE MULTIPLICI HIC RESTITUIT ANNO MDLXXXVIII”

(Sixto V, sumo pontífice, colocó la cruz invicta sobre este obelisco egipcio, hallado derribado en el Circo Máximo y, con mucho esfuerzo, lo trasladó y restauró aquí en el año 1588).

Para el peregrino cristiano, este obelisco es más que un vestigio arqueológico. Es un testigo de la historia de la fe: lo que un día fue signo de adoración al sol y de poder imperial, hoy se ha transformado en signo de la victoria de Cristo y de la luz del evangelio. 

Su verticalidad nos invita a levantar la mirada hacia lo alto, recordándonos que la vida cristiana es también un camino de elevación, de búsqueda del cielo. Y su presencia ante la basílica de Letrán, donde se encuentra la cátedra del papa, nos habla de la unidad de la Iglesia edificada sobre Cristo, la roca firme que no pasa.

Quien se detiene un momento a contemplarlo no está simplemente mirando un bloque de granito de 3.500 años de antigüedad, sino una parábola en piedra: la historia del hombre que, con sus luces y sombras, es llamada siempre a la plenitud de Cristo, que asume y purifica todas las culturas, ofreciendo a todos la salvación, aunque respeta nuestra libertad y podemos acogerla o rechazarla.

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