Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 21 de diciembre de 2024

La concepción virginal de Jesús


Los evangelios afirman que María era virgen en el momento de su concepción y que esta se realizó sin concurso de varón. Por eso, el Credo confiesa que Jesús «fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de santa María Virgen». 

Esta verdad no es un dato secundario, sino que se sitúa en el corazón de nuestra fe, ya que el nacimiento virginal manifiesta la identidad de Jesús, tal como recuerda el Catecismo: «Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que verdaderamente es el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra». Por eso reflexionaron sobre el tema los evangelistas, los Padres de la Iglesia y los primeros concilios ecuménicos. 

Para los Santos Padres es el signo de la filiación divina y de la preexistencia de Jesús, para la teología posterior es, también, la manifestación de la absoluta gratuidad de Dios al salvar al hombre.

La gratuidad de la gracia

Jesucristo no es fruto de la evolución o del esfuerzo de los hombres, sino don de Dios que, llevando la historia a su plenitud, envió a su propio Hijo al seno de una mujer (cf. Gal 4,4). El Salvador viene de lo alto: «Jesús es el ser verdaderamente nuevo, que no surge del seno de la humanidad, sino que nace del Espíritu de Dios». 

Karl Barth dedicó muchas páginas a este argumento, para subrayar la absoluta gratuidad de la obra de Dios. En ellas, insiste que no estamos ante una opinión teológica, sino un elemento fundamental de la fe cristiana, que revela que la gracia es un don inmerecido: «Concebido y nacido en el mundo en el que todos hemos sido concebidos y hemos nacido, pero concebido y nacido de una manera totalmente distinta a la nuestra. No ha sido concebido por un hombre, no tiene padre […] El hombre aquí no puede tener parte de ninguna manera». 

Joseph Ratzinger también subrayó que este dogma resalta la proveniencia divina de la salvación: «El nacimiento virginal […] es en primer y último lugar auténtica teología de la gracia».

Desde el principio, la Iglesia ha encontrado objeciones a esta verdad. A pesar de todo, no puede dudar de algo que no es fruto de la imaginación de los hombres, sino que Dios mismo ha revelado y que ayuda a comprender la identidad de Jesús: «La fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y paganos; no ha tenido su origen en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido de este misterio no es accesible más que a la fe». 

Benedicto XVI afirmó que la maternidad virginal también ayuda a comprender el misterio de María: «[La maternidad y virginidad] se integran y se califican mutuamente. María es madre, pero madre virgen; María es virgen, pero virgen madre. Si se descuida uno u otro aspecto, no se comprende plenamente el misterio de María». Además enseñó que el nacimiento virginal de Cristo salvaguarda tanto la naturaleza divina como la humana de Jesús:

«San Pablo afirma: “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gal 4,4). Orígenes comenta: “Mira bien que no dice: nacido a través de una mujer; sino: nacido de una mujer” (Comentario carta a los Gálatas: PG 14,1298). Esta aguda observación del gran exegeta y escritor eclesiástico es importante porque, si el Hijo de Dios hubiera nacido solamente a través de una mujer, en realidad no habría asumido nuestra humanidad, y esto es precisamente lo que hizo al tomar carne de María. […Jesús] es de Dios y de María».

La maternidad virginal de María no disminuye en nada su colaboración. Al contrario, la hace más preciosa. En su cultura, si una mujer quedaba embarazada fuera del matrimonio, venía a ser lapidada una vez que el niño era destetado (costumbre que sigue vigente en algunos países musulmanes). María sabía que se exponía a la muerte, pero amó más la voluntad de Dios que su propia vida. Cuando se reconoció esclava del Señor no usó un término retórico. Se confesó en total dependencia de Dios, dispuesta a obedecerle en todo, porque sabía que Dios quiere para ella lo mejor, aunque no lo entienda.

Plasmación litúrgica

La liturgia presenta a María como la tierra fértil, en la que se cumple lo anunciado por el profeta: «Destilad, cielos, como rocío de lo alto; derramad, nubes, la victoria; ábrase la tierra y produzca al Salvador» (Is 45,8). 

San Proclo de Constantinopla († 446 ca.) tiene un precioso sermón sobre la Natividad del Señor, en el que aplica este texto a Cristo, que nace de la Virgen María, tierra virgen y fértil. 

Como la tierra no puede germinar si no recibe la semilla y la lluvia, la humanidad tampoco puede producir por sí misma al mesías. El Espíritu, que desciende sobre María, es como la lluvia: la capacita para que pueda generar en su vientre la semilla divina, que es el Hijo de Dios. 

Por su parte, la tradición bizantina ha desarrollado, con el mismo significado, la imagen de la piedra que se desprende de una montaña «sin intervención de hombre» y que destruye la idolatría, estableciendo el reino de Dios (cf. Dn 2,31-45).

Tal como definió el concilio de Éfeso, María es la Madre de Jesús y Jesús es el Hijo eterno de Dios, luego María es la Madre de Dios. En su vientre, el Creador se ha hecho criatura y el que es infinito se ha hecho limitado. 

Benedicto XVI recordó que a este misterio «hacen referencia muchos himnos y numerosas oraciones de la tradición cristiana, como por ejemplo una antífona mariana del tiempo navideño, el "Alma Redemptoris Mater", con la que oramos así: “Tú, ante el asombro de toda la creación, engendraste a tu Creador, Madre siempre virgen”».

Tomado de mi libro "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012, pp. 123-126.

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