Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 1 de diciembre de 2016

Historia del Adviento


Ya he dedicado unas 60 entradas del blog a hablar del Adviento los años pasados. Por fuerza me repetiré en algunas de las cosas que diga este año. De todas formas, vamos a seguir profundizando en la historia y la espiritualidad de este tiempo litúrgico para que nuestras celebraciones sean más vivas y conscientes.

Como hemos visto, el término Adviento tuvo primero un uso teológico, que se fue enriqueciendo con el tiempo. Solo en un segundo momento, adquirió un significado específicamente litúrgico. Detengámonos brevemente en su historia para comprender mejor sus contenidos. 

Al principio la Pascua era la única fiesta anual cristiana. Su celebración estaba marcada por una fuerte dimensión escatológica, ya que se esperaba el retorno glorioso del Señor durante una fiesta de Pascua, antes de que pasase la generación de sus contemporáneos. 

La esperanza de la parusía se acrecentaba en la liturgia. Por eso querían acelerarla con su oración, como testimonia la plegaria aramea, de proveniencia apostólica, «Maranatha», que encontramos en 1Cor 16,22, en Ap 22,20 y en la Didajé y tiene dos posibles significados: «Ven, Señor», si se lee «Marana Tha» y «el Señor viene» o «ha venido» si se lee «Maran Atha».

A partir del siglo IV se fue extendiendo la celebración de la Navidad con un significado cada vez más rico. 

San Agustín, hacia el año 400, afirmaba que no es un misterio («sacramentum») en el mismo sentido que la Pascua, sino un simple recuerdo («memoria») del nacimiento de Jesús, como las memorias de los Santos. Por lo tanto, no necesitaría de un tiempo previo de preparación o de uno posterior de profundización. 

Sin embargo, 50 años más tarde, san León Magno afirmó que sí lo es. El único «mysterium salutis» se hace presente cada vez que se celebra un aspecto del mismo, por lo que Navidad es ya el inicio de nuestra redención, que culminará en Pascua. 

Estas consideraciones posibilitaron su enorme desarrollo teológico y litúrgico hasta formarse un nuevo ciclo celebrativo, distinto del de Pascua, aunque dependiente de él. 

En Pascua se celebra el misterio redentor de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En Navidad se celebra la encarnación del Hijo de Dios, realizada en vistas de su Pascua, ya que «por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo […] y se hizo hombre», como dice el Credo.

A medida que Navidad-Epifanía fue adquiriendo más importancia, se fue configurando un periodo de preparación. 

Las noticias más antiguas que se conservan provienen de las Galias e Hispania. Parece que se trataba de una preparación ascética a la Epifanía, en la que los catecúmenos recibían el bautismo. Pronto se les unió toda la comunidad. La duración variaba en cada lugar. 

Con el tiempo, se generalizó la práctica de cuarenta días. Como comenzaba el día de san Martín de Tours (11 de noviembre), la llamaron Cuaresma de san Martín o Cuaresma de invierno.

Cuando el Adviento fue asumido por la liturgia romana, en el siglo VI, ya había adquirido un paralelismo con la Cuaresma, tanto en su duración como en sus contenidos. 

De hecho, los antiguos sacramentarios romanos contienen oraciones para seis domingos (que se conservan en las liturgias Ambrosiana y Mozárabe). También el Rótulo de Rávena (s. V) recoge cuarenta oraciones. La fuerte dimensión escatológica de la Cuaresma y de la Pascua impregnó también el Adviento, llegando a ser su dimensión más significativa. 

Junto a la tensión escatológica, el Adviento heredó de la Cuaresma el carácter penitencial, entendido como purificación de las propias faltas, en orden a estar preparados para el juicio final. Por eso, se practicaba un prolongado ayuno. 

Igualmente, se generalizó el uso del color negro en los ornamentos sacerdotales (más tarde se pasó al morado), los diáconos no vestían dalmáticas, sino planetas (una especie de casulla, más pequeña por delante y plegada por detrás) y se eliminaron los cantos del Gloria, el Te Deum y el Ite missa est, así como el sonido de los instrumentos musicales. También se prohibió la celebración de las bodas solemnes. Después del rezo del Oficio Divino, estaban prescritas algunas oraciones de rodillas. 

En algunos lugares, para asemejarlo todavía más con la Cuaresma, en los últimos días de Adviento se cubrían con velos las imágenes y altares, igual que en el tiempo de Pasión. 

Durante siglos, el himno más usado en las misas y en el Oficio fue el «Rorate coeli desuper, et nubes pluant iustum» (Is 45,8), con las estrofas penitenciales que piden perdón por los pecados.

Aunque se suavizaron, estas ideas pervivieron hasta tiempos muy recientes. Al inicio del movimiento litúrgico, aún se explicaba así: «El Adviento es un tiempo dedicado principalmente a los ejercicios de la vía purgativa […] Apresúrense los pecadores a romper los lazos que los cautivan, las costumbres que los dominan; mortifiquen su carne, comenzando el duro trabajo de sujeción al espíritu [...] De esta manera, cuando venga el Señor, tendrán derecho a esperar que no pase de largo por su puerta».

Parece ser que fue san Gregorio Magno quien redujo la duración del Adviento en Roma. Durante mucho tiempo convivieron las dos fórmulas, aunque a finales del s. XII se impuso definitivamente el uso breve. 

Las cuatro semanas evocaban la espera mesiánica del Antiguo Testamento, porque se interpretaban como el recuerdo de los cuatro mil años pasados entre la expulsión de Adán del Paraíso y el nacimiento de Cristo, según los cómputos de la época. 

Para contrarrestar el espíritu penitencial, la liturgia reintrodujo el Aleluya los domingos en las antífonas del Oficio, lo que se ha conservado hasta el presente, extendido a los otros días de la semana. 

También se generalizó la representación del árbol de Jesé, que consiste en un tronco que brota de su pecho, en el que se colocan los antepasados de Cristo. La abundancia de ejemplares, que se conservan en templos y museos, indica la enorme popularidad que alcanzó. Durante el Adviento, se hacía uso de estas biblias de los pobres para explicar al pueblo los pecados y las esperanzas de Israel. 

Los predicadores subrayaron cada vez más el recuerdo de la historia previa al nacimiento de Cristo, haciendo de la dimensión escatológica (tan importante al principio) algo secundario. 

Esa ha sido la característica predominante durante siglos, como podemos ver en los libros de liturgia con más de cincuenta años de antigüedad: «El Adviento nos vuelve a poner cada año en el estado de la humanidad antes de la venida de Jesucristo; las cuatro semanas de días que lo componen corresponden a las cuatro semanas de mil años que han compuesto el grande Adviento del mundo que suspiraba por el Libertador».

La liturgia anual de la Iglesia fue evolucionando y transformándose. Con el tiempo, sirvió para evocar toda la historia de la salvación. Adviento se consagró a los acontecimientos del Antiguo Testamento, Navidad a los misterios de la infancia del Señor, el tiempo después de Epifanía a su vida pública, Cuaresma a su pasión y muerte, Pascua a su resurrección, y el tiempo después de Pentecostés a la vida de la Iglesia.

Como fruto de una larga y compleja evolución, el año litúrgico llegó a celebrar, al mismo tiempo, las distintas etapas de la historia de la humanidad, desde sus orígenes hasta su conclusión, y la biografía de Jesucristo. La encarnación y el nacimiento se contemplaban como el momento central, ya que hacia él caminaba todo lo anterior y de él ha recibido luz todo lo posterior. 

Las numerosas celebraciones en honor de los Santos, las octavas de muchas fiestas y la multiplicación de devociones populares para suplir unas liturgias cada vez menos comprendidas por el pueblo, desdibujaron profundamente la unidad del año litúrgico. De hecho, los diversos libros publicados con el título Año cristiano, desde el siglo XVIII hasta bien entrado el siglo XX, eran meras recopilaciones de vidas de santos, donde las referencias a los tiempos litúrgicos casi desaparecían.

En la liturgia bizantina se produjo un proceso similar al romano. Incluso no conociendo una institución exactamente equivalente al Adviento, desde el 1 de septiembre se comienzan las memorias de personajes del Antiguo Testamento; el día de san Andrés (30 de noviembre) y el de san Nicolás (6 de diciembre), se cantan himnos que anuncian la próxima celebración de la Navidad; dos semanas antes se celebra el «Propátoron» o domingo de los antepasados en la carne de Cristo, desde Adán hasta José; el domingo anterior a la Navidad se conmemoran todos los personajes de Israel que complacieron al Señor y esperaron en su venida, especialmente los profetas que lo anunciaron; del 20 al 24 de diciembre se celebra la «Proeortia» (prefestivos) de Navidad, que culmina el 24 con la «Paramonia» (día de intensa espera). Por su parte, el rito sirio celebra entre cinco y seis domingos de «Subboro» (anunciaciones) antes de Navidad.

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