Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 8 de diciembre de 2012

La Inmaculada Concepción de la Virgen María

La fiesta de hoy pone nuestra mirada en María, preparada por Dios desde el primer momento de su existencia para realizar una misión concreta: ser la Madre de su Hijo encarnado. No se trata de celebrar la concepción virginal de Jesús en el seno de María (fiesta del 18 de diciembre –Nuestra Señora de la Esperanza– o del 25 de marzo –la Anunciación–), sino de la concepción misma de María en el vientre de su madre, Santa Ana. (En el cuadro se puede contemplar una de las hermosas versiones que Murillo realizó de la Inmaculada). 

Esta fiesta también ilumina el lugar de María en la historia de la salvación y su peculiar relación con la Iglesia. Dentro de su proyecto de salvación, Dios elige a algunas personas para que realicen misiones concretas y las capacita con los dones necesarios. Después, cada persona tendrá que responder libremente a la llamada de Dios. María tenía una misión única e irrepetible: ser la Madre del Hijo de Dios hecho hombre. Por eso fue preparada también de una manera singular: Dios la llenó de su gracia, tal como reveló el ángel Gabriel al saludarla (Lc 1,28). Preparada por Dios para una misión, colaboró de manera libre y fiel, convirtiéndose en modelo de los creyentes, que se fían de Dios y se ponen a su servicio.

La imagen de la Inmaculada es muy común en el arte (tanto en pintura como en escultura, pero también en bordados, esmaltes y otras representaciones artísticas). En los museos y catedrales se conservan importantes representaciones de la Inmaculada de Juan de Juni, el Greco, Velázquez, Zurbarán, Rubens… Pero el modelo más conocido es el que generalizó Murillo, que con el tiempo se convirtió en el más popular para identificar a la Virgen María. Las imágenes de Lourdes, Fátima o Medzugorie, por ejemplo, son simples variaciones del mismo.

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