Este breve y antiguo canto de la liturgia ambrosiana nos introduce en el corazón mismo del misterio de la Navidad con una sobriedad que impresiona. La letra es mínima, pero concentra una gran densidad teológica y espiritual.
El “Alleluia” inicial no es un simple adorno festivo: es el grito pascual de la Iglesia que, incluso en Navidad, confiesa que el Niño nacido en Belén es ya el Señor victorioso de la historia.
La frase central ("Hodie in Bethlehem puer natus est") subraya el “hoy” litúrgico. No se trata de un recuerdo lejano, sino de un acontecimiento que se hace presente en la celebración: hoy nace Cristo para nosotros. La liturgia ambrosiana, heredera de la Iglesia antigua, vive intensamente este "hodie", tan característico de la oración cristiana primitiva.
Resulta especialmente llamativo el título final: “Sanctus et terribilis”, “Santo y Terrible”. Lejos de una sensibilidad sentimental, este canto confiesa la paradoja del misterio cristiano: el Niño frágil del pesebre es el Santo de Dios, y su santidad es “terrible” en el sentido bíblico, es decir, asombrosa, sobrecogedora, majestuosa, capaz de suscitar temor reverente. Aquí resuena el lenguaje del Antiguo Testamento aplicado al recién nacido: el Dios trascendente se ha hecho pequeño.
La forma musical, repetitiva y casi hipnótica, nos remite a la oración cantada de la antigüedad tardorromana y nos acerca a la experiencia de las Iglesias orientales, donde el canto no explica, sino que envuelve, conduce al silencio y dispone el corazón para la adoración. Este himno nos enseña que la Navidad no se agota en la ternura, sino que nos introduce en el misterio santo y luminoso de Dios hecho carne.
La letra dice:
"Alleluia. Hodie in Bethlehem puer natus est. Est nomen eius Sanctus et terribilem".
Que significa:
"Aleluya. Hoy en Belén un niño nos ha nacido. Su nombre es Santo y Terrible".
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