Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 16 de diciembre de 2016

La preparación de Navidad (últimos días de Adviento)


El 17 de diciembre la Iglesia latina comienza la segunda etapa del Adviento, dedicada a preparar más directamente las fiestas navideñas, lo que imprime un carácter especial a las lecturas y oraciones de la liturgia.

A partir de ese día, en las primeras lecturas de la misa se proclaman las promesas mesiánicas de los profetas, que encuentran su cumplimiento en las primeras páginas de los evangelios de san Mateo y san Lucas, que se leen a continuación. 

Allí se presentan las escenas inmediatamente anteriores al nacimiento del Señor: anuncios del nacimiento de Juan y de Jesús, visitación de María a Isabel, cánticos de Zacarías y de María, genealogía de Jesús. 

Las lecturas patrísticas del Oficio comentan estos evangelios: san León Magno, la genealogía de Cristo (el 17); san Bernardo, la anunciación (el 20); san Ambrosio, la visitación (el 21); san Beda el Venerable, el Magníficat (el 22) y san Agustín, el Benedictus (el 24).

Las oraciones hacen continuas referencias a la cercanía de Navidad y a las actitudes necesarias para celebrarla cristianamente: «Al acercarse las fiestas de la Navidad, te rogamos que tu Verbo, que se hizo carne en el seno de la Virgen María y habitó entre nosotros, nos haga sentir su amor y su misericordia» (oración colecta del 23 de diciembre). 

La oración colecta del día 24 por la mañana suplica directamente a Cristo (algo raro en este tipo de oraciones, normalmente dirigidas al Padre) que no retrase su venida, tan largamente deseada: «Apresúrate, Señor Jesús, no tardes ya, para que tu venida dé nuevas fuerzas y ánimo a quienes hemos puesto nuestra confianza en tu misericordia». 

La Iglesia, que ve en Cristo la fuente de su alegría y de su paz, expresa así sus sentimientos: «Es justo darte gracias, Padre, por Cristo, a quien los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza» (Prefacio II de Adviento). 

Incluso los himnos de la liturgia de las horas se cambian, proponiéndose unos más navideños que los usados durante la primera parte del Adviento. 

La preparación del "belén" o "pesebre" en los hogares cristianos, la novena al Niño Jesús, las Posadas y otras prácticas piadosas son también propias de estos días.

A medida que el Adviento avanza y la Iglesia intuye la cercanía de su Esposo, que viene como salvador, crecen las oraciones de los que esperan de él la redención como anticipo de la vida eterna. 

Esta pregustación ayuda a comprender que los sufrimientos presentes no son comparables con la gloria futura (cf. Rom 8,18). 

De esta manera, la esperanza mueve a los creyentes a trabajar por un mundo más justo, aunque cueste esfuerzo y sufrimientos. De todas formas, la experiencia de nuestra pobreza radical nos hace gemir, suplicando a Cristo que venga a nuestras vidas y a nuestro mundo. 

Porque queremos que se establezca la civilización del amor y sabemos que nuestros esfuerzos son insuficientes, el Adviento nos invita a orar con perseverancia. 

Esta oración insistente y perseverante, que suplica la venida de Cristo, ha encontrado una feliz formulación en las hermosas antífonas mayores, que acompañan el magníficat en vísperas y que son los elementos más característicos de los últimos días de Adviento. 

En la antigüedad, se cantaban con gran solemnidad en las catedrales y monasterios, reservando una antífona para cada una de las dignidades, que la entonaba solo. Después respondía el coro, repitiéndola.

En latín, comienzan por la exclamación admirativa «O» (en español, por «Oh»). De ahí viene que Nuestra Señora de la Esperanza o de la Expectación, cuya fiesta litúrgica se celebra el 18 de diciembre, sea llamada también Virgen de la O.

Boecio (siglo V) hace una breve referencia a las antífonas de Adviento, por lo que podrían remontarse a su época (al menos, en una primera redacción). 

Adquirieron la forma actual en el s. VII. Posteriormente se añadieron otras, llegando a 10 o 12, según las zonas. La liturgia romana contemporánea conserva las 7 primitivas. 

Son un magnífico compendio de cristología y, a la vez, un resumen de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del Antiguo Testamento como de la Iglesia del Nuevo. Condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. 

Todas comienzan expresando la sorpresa de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre, por lo que dice con asombro: «Oh». Esta aclamación inicial sirve para subrayar la fascinación de quien contempla algo inaudito y admirable.

Las antífonas continúan con una comprensión cada vez más profunda del misterio de Cristo, sirviéndose de títulos y expresiones de la Biblia. Jesús es aclamado como Sabiduría, Pastor, Sol, Rey, Emmanuel. 

Todos estos títulos son necesarios para comprender su identidad, aunque todos son insuficientes, ya que el misterio de Cristo nunca puede ser totalmente explicado con palabras. De ahí que la exclamación admirativa «Oh», con la que inicia cada una de las antífonas, sea tan importante. 

Después de aclamar a Cristo con títulos diversos, todas terminan con la súplica: «Ven» y una indicación de los efectos que se esperan de su venida: la liberación del pecado y de la muerte, la enseñanza de la verdad, la salvación eterna. 

Además de en vísperas, en nuestros días se proponen, algo resumidas, como versículo del aleluya antes del evangelio de la misa. 

Tal como las recoge el breviario, dicen así: 

Día 17: Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la salvación.

Día 18: Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a librarnos con el poder de tu brazo. 

Día 19: Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más. 

Día 20: Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte. 

Día 21: Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Día 22: Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra. 

Día 23: Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.

En el original latino, comienzan aclamando a Cristo con los siguientes títulos: «Sapientia» (sabiduría, Palabra de Dios dirigida a los hombres); «Adonai» (Señor poderoso); «Radix» (raíz, renuevo de Jesé); «Clavis» (llave de David, que abre y cierra); «Oriens» (oriente, sol, luz); «Rex» (rey de paz); «Emmanuel» (Dios-con-nosotros). 

Leídas en sentido inverso, las iniciales latinas de los títulos de Cristo forman el acróstico «ero cras», que significa «seré mañana», «vendré mañana». 

Estamos, finalmente, ante la respuesta del mesías a la súplica de sus fieles, que le dicen: «Ven pronto». 

Esta idea, escondida en las antífonas, se formula con claridad el día 24 por la mañana: «Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria». 

Por la tarde, la Iglesia afirma convencida: «Cuando salga el sol, veréis al Rey de reyes, que viene del Padre, como el esposo sale de su cámara nupcial». 

Los anuncios de los profetas, las esperanzas de la Iglesia, finalmente, van a tener cumplimiento.

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