Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 9 de diciembre de 2012

Domingo II de Adviento: el juicio del Señor


Movido por su amor, Dios envió al mundo a su propio Hijo, para librarnos del pecado (cf. 1Jn 4,10) y convertirnos en hijos suyos (cf. Gál 4,4ss). Ante este don, la respuesta lógica debería ser la acogida agradecida y la obediencia de la fe. Pero no siempre es así. En el pasado, algunas personas rechazaron a Cristo, y en nuestros días, el fenómeno ha adquirido dimensiones extraordinarias. En el contexto del Adviento, resuenan con fuerza las palabras del Señor: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18,8).

No debemos olvidar que cada venida de Cristo a nuestras vidas va acompañada de un juicio. Lo recuerdan los primeros domingos de Adviento y también los últimos del Tiempo Ordinario. De hecho, el año litúrgico concluye con la solemnidad de Cristo Rey, que ha de venir "para juzgar a vivos y muertos". El Adviento comienza con la contemplación del mismo misterio. El final y el principio del año litúrgico coinciden en su invitación a vivir seriamente la vocación cristiana, ya que las referencias al juicio final son, antes que nada, un estímulo para la vida presente. 

Tenemos que entender qué significa el juicio de Jesucristo. Él no necesita pronunciarse; cada uno de nosotros, con sus elecciones, se juzga a sí mismo, tal como dice el evangelista san Juan: «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él. El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. El motivo de esta condenación está en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque hacían el mal» (Jn 3,17-19). 

Cristo es la luz del mundo, el salvador enviado por el Padre. Ante él hay que hacer una opción: o acogemos la luz, el perdón y la vida, o permanecemos en la oscuridad, la culpa y la muerte. La propia salvación o condenación dependen de nuestra actitud ante su persona. 

El juicio es, al mismo tiempo, salvación para los que reciben a Cristo y condenación para quienes lo rechazan. Por lo tanto, cada uno de nosotros se juzga a sí mismo, al decidir de qué parte quiere estar. 

San Juan dice que, cuando Jesús vino a los suyos, «los suyos no lo recibieron; pero, a cuantos lo recibieron, les dio poder para convertirse en hijos de Dios» (Jn 1,11-12). Este es el verdadero drama del ser humano: Cristo viene a darle vida eterna, a hacerle hijo de Dios, pero no le obliga, sino que respeta su libertad. Él debe decidir y, con sus opciones, condiciona su futuro. 

En cada celebración de la Iglesia (es decir, en cada Adventus Domini) se cumplen las palabras de Jesús: «Ahora es el juicio de este mundo, ahora es arrojado fuera el príncipe de este mundo» (Jn 12,31). «Ahora» tengo que tomar decisiones, porque «ahora» se me convoca a juicio. Los que acogen la presencia salvadora de Jesús son salvados, los que la rechazan, permanecen en sus pecados. Esto me obliga a hacer una opción clara.

El cristianismo no es un movimiento más, que intenta dar una respuesta al deseo de trascendencia que arde en lo más profundo del hombre. No es una propuesta entre otras (aunque fuera considerada la más profunda y original). Si Dios mismo ha salido a nuestro encuentro y nos ha traído la salvación Jesucristo, no podemos permanecer indiferentes ante su venida. Debemos tomar decisiones, que tienen consecuencias. 


Por eso, los evangelios del primer domingo de Adviento (en sus tres ciclos) invitan a estar vigilantes para acoger al Señor que viene; y los del segundo (también en sus tres ciclos) transmiten el mensaje de Juan Bautista, que llama a la conversión, porque el Señor que viene es el juez del universo.

En el evangelio del domingo pasado, Jesús advertía que, cuando venga, «los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se les viene encima» (Lc 21,26). Se refería a los que no han abandonado las obras de las tinieblas mientras han tenido oportunidad, a los que no han preparado su corazón para acogerle. 


A continuación, añadía, dirigiéndose a sus discípulos: «Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28). Por eso, el juicio no inspira temor en los creyentes, sino confianza. 

La historia entera adquiere luz a partir del destino final, del cumplimiento último, hacia el que nos encaminamos y que ya podemos pregustar.

Todo ser humano necesita de esperanzas que le mantengan en el camino. Las dos primeras semanas de Adviento anuncian la gran esperanza, la salvación definitiva que puede dar un sentido a nuestras caídas y sufrimientos, a nuestro presente, aunque a veces sea fatigoso. Algo que no podemos alcanzar por nosotros mismos, pero que Dios nos ha prometido en Cristo. Este es el motivo por el que los cristianos queremos acelerar el día final, el triunfo definitivo de Cristo, que supone nuestra liberación del pecado, del sufrimiento y de la muerte; e insistimos: «Ven, Señor».

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