Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Tiempo cósmico, tiempo humano, tiempo sagrado


Desde antiguo, los seres humanos observaron que los ciclos naturales dependían de los astros. Del estudio de sus movimientos, surgieron los instrumentos que permitieron la medición del tiempo (calendarios y relojes). De esta manera, nuestros antepasados transformaron el tiempo cósmico (el sucederse de las horas, los días y las estaciones) en tiempo humano, al distinguir unos días de otros, ya que algunas actividades (como la siembra, la recolección o la tala de ciertos árboles) no se podían realizar en cualquier momento si se quería tener éxito.

El libro del Génesis presenta la creación de los astros el día cuarto, «para señalar los días» (Gn 1,14); es decir, para humanizar el tiempo. Otros textos bíblicos insisten en el mismo argumento: «Tú hiciste la luna para marcar los tiempos» (Sal 104 [103],19).

Los griegos llamaron «Cronos» al imparable sucederse del tiempo cósmico y «Kairós» al tiempo oportuno para realizar una actividad concreta.

En la mitología griega, «Cronos» fue el más importante de los «titanes», que fueron los hijos de «Gea» (la tierra) y «Urano», (el cielo). «Cronos» derrotó a su padre y gobernó sobre el universo durante la llamada «edad dorada». Su madre le dijo que un hijo suyo le destronaría, como él había destronado a su padre. Por eso, a medida que iban naciendo, se los comía. En cierto momento, se salvó Zeus, que efectivamente terminó derrotándolo y reinando sobre los dioses.

«Cronos» es la imagen del tiempo que corre implacable y va acabando con nosotros, como un monstruo que nos devora.

Los romanos llamaron «Saturno» a «Cronos». Por eso, la pintura de arriba se titula «Saturno devorando a un hijo» y fue pintada por Goya hacia 1820. Representa lo que hemos dicho más arriba.

Pero hay otra manera de nombrar el tiempo. Si «Cronos» es el tiempo cósmico que avanza sin cesar y nos devora, «Kairós» es el tiempo oportuno para realizar algo.

La Sagrada Escritura considera que la sabiduría consiste en distinguir cuándo es el tiempo adecuado para cada actividad: «Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo: tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de arrancar y tiempo de plantar» (Ecl 3,1ss). 

En todos los pueblos hay fiestas ligadas a los ciclos de la naturaleza (para acoger la luna nueva, al final de la cosecha, etc.) o a ciertos acontecimientos (los aniversarios de la entronización del rey o de una victoria militar, etc.)

Israel también tenía algunas fiestas ligadas al ciclo de la naturaleza como celebraciones en honor del Dios creador: fiesta de la cosecha de primavera (en Pascua), el final de la recolección del grano (en Pentecostés), la vendimia y la recolección de otoño (la fiesta de las tiendas o de los tabernáculos).

Pero, con el pasar del tiempo, las transformó, convirtiéndolas en un recuerdo agradecido de las intervenciones históricas de Dios a favor de su pueblo. 

Así, la fiesta de las primicias en primavera («Pesaj» o Pascua) pasó a ser el recuerdo anual de la liberación de la esclavitud en Egipto.

La fiesta de la siega de los cereales al inicio del verano («Shabuot» o Pentecostés) sirvió para conmemorar la alianza del Sinaí y el don de la Ley

Y la fiesta de la cosecha de los últimos frutos y de la vendimia al llegar el otoño («Sucot» o las Tiendas) se usó para evocar los cuarenta años de estancia en el desierto, camino de la Tierra Prometida.

Cada conmemoración se convirtió en una ocasión para profundizar en el significado de las obras de Dios y para renovar la Alianza. Las fiestas se interpretaban como «memoriales»: recuerdo de acontecimientos pasados, que se actualizan y alimentan la esperanza en nuevas intervenciones de Dios.

Los cristianos heredamos de Israel la idea de que un «memorial» es al mismo tiempo «recuerdo» (de acontecimientos pasados), «presencia» (misteriosa actualización de lo celebrado) y «profecía» (promesa y pregustación de una futura realización plena).

Cuando celebramos los sacramentos estamos recordando acontecimientos realmente sucedidos (el nacimiento de Jesús, la Última cena, su muerte y resurrección, etc.), que se hacen presentes para nosotros y nos permiten pregustar lo que será la vida eterna.

Desde que el Hijo de Dios se hizo hombre y entró en nuestra historia, todo el tiempo es un «Kairós», un tiempo de gracia en el que la salvación de Dios se hace presente para nosotros.

Me he puesto muy filosófico, pero lo único que pretendía es recordar que el tiempo no es un monstruo que acaba con nosotros, sino una oportunidad de gracia y salvación. Es verdad que cada año somos un poco más ancianos y que perdemos capacidades, pero también es verdad que el Señor Jesús quiere ofrecernos su salvación aquí y ahora, independientemente de las circunstancias concretas que nos toquen vivir en cada momento. o precisamente en ellas y a través de ellas.

Hace dos años les propuse un pregón de nochevieja y el año pasado una poesía que nos invitaba a estar despiertos, a acoger al Señor en el momento presente, en todo momento.

Un himno de la liturgia de las horas reza así: «Señor de los minutos, / intensa compañía. / Gracias por los instantes / que lo eterno nos hilan». Deseo a todos mis lectores que el nuevo año sea un tiempo de gracia que nos abra a la eternidad.

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