Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 7 de diciembre de 2016

La Inmaculada Concepción de la Virgen María


Mañana, si Dios quiere, celebraremos la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, que tan arraigada está en nuestra patria.

Los años pasados comenté diversos aspectos de esta celebración, recogiendo cantos, textos poéticos, informaciones históricas y litúrgicas, etc. En esta entrada propongo un texto de Bernanos y enlazo a otras anteriores. Hoy les hago un resumen de las cosas que hemos explicado otras veces.

La fiesta comenzó a celebrarse en el s. VII en los monasterios de Palestina. Lentamente se extendió por Oriente, de donde pasó a Italia (se encuentra registrada en el calendario marmóreo de Nápoles, esculpido entre el 840 y el 850) y, a partir del s. XI, a Inglaterra y a los otros países de Occidente. 

Su contenido nunca ha suscitado polémicas en Oriente, donde se celebra la concepción de María y los dones con los que Dios la embelleció ya en el seno de su madre, en vistas a su misión. 

En Occidente, por el contrario, al insistir en la concepción «inmaculada», a lo largo de la Edad Media surgió un debate teológico con posturas enfrentadas. 

La escuela dominicana afirmaba que María fue concebida con el pecado original, porque si no fuera así se invalidaría el dogma de la universal redención de Cristo. Sus seguidores aceptaban que María habría sido liberada del pecado dentro del seno de su madre, antes de nacer, pero habría sido concebida herida por el pecado original, como todos. 

Por el contrario, la escuela franciscana defendía que María fue preservada de todo pecado desde el mismo momento de su concepción, con un privilegio singular, en vista de la redención de Cristo y como un anticipo de la misma. 

Después de numerosas disputas, en 1477 Sixto IV autorizó la fiesta para toda la Iglesia latina, con misa y Oficio propios, dejando libertad a cada sacerdote para celebrarla o no. 

Al hablar de la universalidad del pecado original, el Concilio de Trento especificó que «no fue intención de este Santo Sínodo incluir en el decreto lo concerniente al pecado original de la Santísima e Inmaculada Virgen María Madre de Dios». San Pío V prohibió toda discusión pública al respecto. Varios pontífices posteriores ratificaron esta norma. 

El país que más insistió a lo largo del tiempo para que se instituyera una fiesta anual obligatoria para toda la Iglesia en honor de la Inmaculada y para lograr una declaración dogmática fue España. 

A lo largo de los siglos muchas instituciones la eligieron como patrona y construyeron templos y capillas en su honor. Las universidades, ayuntamientos, gremios, Órdenes religiosas, etc. exigieron a todos sus miembros el voto de defender la doctrina de la Inmaculada Concepción, incluso con su sangre. 

En 1616 se constituyó la Real Junta de prelados y teólogos, con el fin de conseguir una intervención definitiva de Roma. 

En 1664, el papa concedió a España el derecho de celebrar de precepto el Oficio y misa de la Inmaculada (también en Filipinas e Hispanoamérica, que entonces eran consideradas parte de España). En 1665 se amplió el permiso para las posesiones españolas de Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Flandes y Borgoña. 

Fuera del ámbito español hubo que esperar hasta 1708, en que Clemente XI la hizo obligatoria para todo el rito romano. 

En 1760 Clemente XIII confirmó el patrocinio de la Inmaculada sobre todos los dominios de España. 

Finalmente, el Beato Pío IX, en 1854 procedió a la definición del dogma, acompañándola de un largo estudio bíblico e histórico: «Definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano» (Ineffabilis Deus, 18).

La fiesta de la Inmaculada nos recuerda que María fue preparada por Dios desde el primer momento de su existencia para realizar una misión concreta: ser la Madre de su Hijo encarnado. 

No se trata de celebrar la concepción virginal de Jesús en el seno de María (fiesta del 18 de diciembre –Nuestra Señora de la Esperanza– o del 25 de marzo –la Anunciación–), sino de la concepción misma de María en el vientre de su madre, Santa Ana. 

Esta fiesta también ilumina el lugar de María en la historia de la salvación y su peculiar relación con la Iglesia. Dentro de su proyecto de salvación, Dios elige a algunas personas para que realicen misiones concretas y las capacita con los dones necesarios. Después, cada persona tendrá que responder libremente a la llamada de Dios. 

María tenía una misión única e irrepetible: ser la Madre del Hijo de Dios hecho hombre. Por eso fue preparada también de una manera singular: Dios la llenó de su gracia, tal como reveló el ángel Gabriel al saludarla (Lc 1,28). Preparada por Dios para una misión, colaboró de manera libre y fiel, convirtiéndose en modelo de los creyentes, que se fían de Dios y se ponen a su servicio.

Según el papa Francisco, «El mensaje de la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María se puede resumir con estas palabras: todo es don gratuito de Dios, todo es gracia, todo es don de su amor por nosotros. […]  Ante el amor, ante la misericordia, ante la gracia divina derramada en nuestro corazón, la consecuencia que se impone es una sola: la gratuidad. Ninguno de nosotros puede comprar la salvación. La salvación es un don gratuito del Señor, un don gratuito de Dios que viene a nosotros y vive en nosotros. Como hemos recibido gratuitamente, así gratuitamente estamos llamados a dar; a imitación de María, que, inmediatamente después de acoger el anuncio del ángel, fue a compartir el don de la fecundidad con la pariente Isabel» (Ángelus, 08-12-2014).

La imagen de la Inmaculada es muy común en el arte (tanto en pintura como en escultura, pero también en bordados, esmaltes y otras representaciones artísticas). En los museos y catedrales se conservan importantes representaciones de la Inmaculada de Juan de Juni, el Greco, Velázquez, Zurbarán, Rubens… Pero el modelo más conocido es el que generalizó Murillo, que con el tiempo se convirtió en el más popular para identificar a la Virgen María. Las imágenes de Lourdes, Fátima o Medzugorie, por ejemplo, son simples variaciones del mismo.

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