Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 31 de diciembre de 2023

El abrazo de los ancianos Simeón y Ana al Niño Jesús


Saludos desde Soria. A punto de terminar el año 2023, nos disponemos a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia, que este año coincide con nochevieja. Otros terminarán el año en brazos del alcohol y el desenfreno, nosotros lo terminaremos en brazos de Jesús, María y José. Esta es mi reflexión para este día. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

El evangelio que se lee este año en la fiesta de la Sagrada Familia (Lc 2,22-40) habla de la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén y del abrazo que le dan los ancianos Simeón y Ana.

He explicado en distintas ocasiones el sentido de esta fiesta y de este evangelio. Hoy solo quiero detenerme en dos ideas. 

EN PRIMER LUGAR, al llegar al templo, los brazos que toman a Jesús son los de dos ancianos, en principio ambos laicos (el texto no especifica nada sobre Simeón, pero sí dice que no estaba en el templo, sino que fue allí, movido por el Espíritu, para ver al Niño).

Como dijo un poeta, «sus ojos estaban apagados por el paso de los años, pero encendidos por el deseo». Simeón y Ana representan a la humanidad que abraza la divinidad, al Antiguo Testamento que acoge al Nuevo, a la carne que acepta al Espíritu, al mundo envejecido que recibe complacido la eterna juventud de Dios.

Seguramente, ese día había mucha gente en el templo de Jerusalén, pero solo esos dos ancianos tuvieron los ojos bien abiertos para descubrir la presencia de Jesús, María y José entre la multitud. O mejor, solo ellos descubrieron en aquellos humildes y pobres peregrinos la llegada de la gracia de Dios, de su salvación, de su gloria envuelta en pañales humildes.

El problema de la Iglesia y de la sociedad cristiana no es que seamos pocos y envejecidos. El verdadero problema solo se presenta cuando dejamos de soñar, cuando perdemos la ilusión, cuando dejamos de acoger la gracia de Dios en nuestras vidas, que siempre viene con pequeñez y humildad, pasando desapercibida para la mayoría.

Simeón «tomó en brazos al Niño y bendijo a Dios». Ana, por su parte, «hablaba a todos del Niño», dando testimonio de lo que había visto y oído.

No sabemos qué futuro nos espera pero, de momento, todos podemos acoger a Jesús en nuestras vidas, bendecir a Dios y dar testimonio de Jesucristo ante el mundo.

LA SEGUNDA IDEA que me viene a la mente al leer el evangelio de la presentación del Señor en el templo es que María y José recibieron con amor y agradecimiento este niño, conscientes de que era un regalo de Dios. Todos los niños lo son, pero Jesús todavía más, ya que no es el fruto del querer o del esfuerzo humano, sino totalmente gracia de Dios.

Por eso, no se lo quedan para sí, sino que lo ofrecen a Dios y a quienes quieran acogerlo, lo comparten generosamente con los demás.

Como escribió el poeta libanés cristiano Kahlil Gibran (1883-1931):

Vuestros hijos no son vuestros hijos.
Son hijos e hijas del anhelo de la Vida por sí misma.
Llegan a través vuestro, pero no de vosotros,
y aunque todavía están con vosotros no os pertenecen.

Podéis darles vuestro cariño, mas no vuestros pensamientos,
ya que tienen los suyos propios.

Podéis albergar su cuerpo, pero no su alma,
porque esta habita en la casa del mañana, 
que vosotros no podéis visitar ni siquiera en sueños.

Podéis esforzaros en ser como ellos, 
pero procurad no hacerlos como vosotros,
porque la vida no retrocede ni se demora en el ayer.

Sois los arcos desde los que vuestros hijos, 
como flechas vivientes, son lanzados hacia adelante.

El Arquero distingue la diana en la senda del infinito 
y él os flexiona con su poder 
para que sus flechas viajen veloces y lejos.

Disfrutad en la mano del Arquero que os dobla.
Pues lo mismo que él ama la flecha que vuela, 
ama el arco que se mantiene estable.

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