Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 11 de junio de 2017

Dios mandó a su Hijo al mundo para salvarlo


Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, nuestro Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las lecturas de la misa de este año (ciclo "a") son las siguientes:

Del libro del Éxodo 34,4-9. Dios se revela a Moisés autodefiniéndose así: "Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad". 

Esta es la identidad de Dios, su verdad más profunda: Él es el compasivo y misericordioso.

Salmo del libro de Daniel 3,52-56. A ti gloria y alabanza por los siglos. 

Cuando comprendemos la verdad de Dios no podemos hacer otra cosa que darle gloria y alabanza, adorar su misterio de amor.

De la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 13,11-13. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros. 

Esta fórmula que a veces usamos en nuestras celebraciones proviene de la segunda lectura de la misa de hoy.

Del evangelio según san Juan 3,16-18. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

La idea fundamental de este evangelio es que Dios no mandó a su Hijo para juzgarnos, sino para salvarnos. Jesucristo es «el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16), que fue enviado por el Padre al mundo para que «todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4). De hecho, su nombre significa en hebreo «Dios salva» o «Salvador». Por eso dice san Pedro: «Bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que puedan salvarse» (Hch 4,12). 

Es importante que entendamos bien qué significa el juicio de Jesucristo. Él no necesita pronunciarse. Cada uno de nosotros, con sus elecciones, se juzga a sí mismo, tal como dice el evangelio de hoy: «El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él, ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios» (Jn 3,18). Y continúa: «El motivo de esta condenación está en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque hacían el mal» (Jn 3,19). 

Cristo es la luz del mundo, el salvador enviado por el Padre. Ante él hay que hacer una opción: o acogemos la luz, el perdón y la vida, o permanecemos en la oscuridad, la culpa y la muerte. La propia salvación o condenación dependen de nuestra actitud ante su persona. 

El juicio es, al mismo tiempo, salvación para los que acogen a Cristo y condenación para quienes lo rechazan. Por lo tanto, cada uno de nosotros se juzga a sí mismo, al decidir de qué parte quiere estar. San Juan dice que, cuando Jesús vino a los suyos, «los suyos no lo recibieron; pero, a cuantos lo recibieron, les dio poder para convertirse en hijos de Dios» (Jn 1,11-12). 

Este es el verdadero drama del ser humano: Cristo viene a darle vida eterna, a hacerle hijo de Dios, pero no le obliga, sino que respeta su libertad. Él debe decidir y, con sus opciones, condiciona su futuro.

Por desgracia, con nuestra elecciones equivocadas podemos echar a perder nuestra vida, aunque siempre podemos arrepentirnos y recibir el perdón de Dios, ya que él «no quiere que nadie se pierda, sino que todos accedan a la conversión» (2Pe 3,9). 

Jesucristo anuncia el amor de Dios, que «quiere que todos los hombres se salven» (1Tim 2,4), pero también insiste en la responsabilidad de nuestros actos. Por eso, al final, «los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio» (Jn 5,29).

«El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia. Cristo glorioso, al venir al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos, revelará la disposición secreta de los corazones y retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su rechazo de la gracia» (Catecismo, 681-682).

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