Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 2 de mayo de 2026

PRONTO DEJARÉ SORIA PORQUE HE SIDO DESTINADO A BARCELONA


ESTE AÑO CUMPLIRÉ SESENTA DE VIDA Y CUARENTA DE CONSAGRACIÓN RELIGIOSA EN EL CARMELO. Son cifras que invitan a mirar hacia atrás para hacer evaluación de lo vivido.

Comencé el postulantado a los dieciocho años; ya en el noviciado, cumplí diecinueve, y emití los votos el día de mi vigésimo cumpleaños, en 1986. Por entonces, estaba lleno de energía y entusiasmo, con un deseo sincero de entregarme, una disponibilidad sin reservas ante lo que la vida religiosa pudiera traer, sin cálculos ni proyectos definidos, salvo uno, el único necesario: seguir a Cristo con todas mis fuerzas. Es verdad que muchas veces actuaba con imprudencia, pero nunca con mala voluntad.

Mi formación transcurrió en centros internacionales de la Orden, donde conviví con hermanos de culturas y procedencias muy distintas. Aquella diversidad ensanchó mi mirada y enriqueció mi vida interior. En el encuentro con otros aprendí que el camino hacia Dios también pasa por la acogida de lo diferente.

A los veinticinco años hice la profesión solemne y recibí el orden sacerdotal. Desde entonces, mi vida ha sido un continuo salir de lo ya conocido para ponerme en camino: lugares distintos, comunidades diversas, tareas siempre nuevas. He procurado vivir cada envío con entrega y con alegría. Y puedo decir con verdad que he sido feliz en todos mis destinos. No han faltado las dificultades ni las contradicciones, pero el balance es claramente positivo.

En mi interior resuenan las palabras de la carta a Diogneto: «los cristianos habitan sus patrias, pero como forasteros… Toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es tierra extraña». Por eso sigo dispuesto a ir donde el Señor quiera enviarme: no porque un lugar sea mejor que otro, sino porque sé que en todos me aguarda su misericordia.

En cada destino he encontrado una patria concreta y unos hermanos con quienes compartir la fe y la vida. Sin embargo, nunca ha dejado de dolerme cada despedida. Hay un desgarro silencioso en dejar atrás una casa, una misión, unos rostros. Vivir de paso no impide amar profundamente; quizá, al contrario, lo intensifica.

HE PASADO CASI CINCO AÑOS EN SORIA, Y AHORA ME DISPONGO A VIAJAR A MI NUEVO DESTINO EN BARCELONA. Parto con gratitud por todo lo recibido y con esperanza confiada ante lo que vendrá. (Aún estaré un tiempo yendo y viniendo, porque tengo varias revisiones médicas y otros compromisos).

Me voy abierto a lo que pueda llegar, aunque consciente de que hay un hilo que atraviesa toda mi historia: la enfermedad. Desde joven, me ha acompañado la fragilidad física. Nunca he gozado de buena salud, y con los años las limitaciones se han hecho más evidentes. Mis fuerzas disminuyen y cada esfuerzo me deja huella. Hace tiempo se me reconoció un 52% de discapacidad; recientemente ha sido revisado al 58%.

Esto también forma parte de mi vocación. Estoy llamado a ofrecerlo todo, también mi fragilidad. Hago mías las palabras de santa Teresita: «no me arrepiento de haberme entregado al amor» y «amo mi pequeñez y mi pobreza». Porque mi esperanza no está en mis logros, sino en la misericordia de Dios.

Con el paso de los años, mi vocación se ha ido despojando de apoyos secundarios. No se sostiene en el entusiasmo de los comienzos ni en unas fuerzas que me han abandonado. Permanece algo más sencillo: la certeza de haber sido llamado a «vivir en obsequio de Jesucristo».

El tiempo ha ido dejando atrás proyectos, expectativas y seguridades personales. Solo me queda el deseo de vivir mi vocación con sencillez, sin grandes pretensiones, poniendo «lo poquito que hay en mí» en manos del Señor, dándole gracias por todas las personas que ha puesto en mi camino, de las que he recibido mucho más de lo que yo he podido ofrecerles.

Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

No hay comentarios:

Publicar un comentario