Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 17 de mayo de 2026

CON CRISTO HEMOS ENTRADO EN EL CIELO


La Ascensión del Señor no es un episodio aislado ni un simple adiós de Jesús a sus discípulos. Forma parte del único gran misterio pascual: pasión, muerte, resurrección y glorificación constituyen un mismo movimiento, un único camino de amor, que conduce desde la humillación hasta la vida eterna. Cuando Jesucristo muere, no desaparece en la nada; entra en la plenitud del Padre. Por eso podía decir: «Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre» (Jn 16,28).

El evangelio de san Lucas expresa esta unidad con una palabra muy significativa: «ascensión», es decir, elevación. Cuando Jesús emprende su último viaje a Jerusalén, el evangelista contempla ya, en una sola mirada, la cruz y la gloria: «Tomó la firme decisión de subir a Jerusalén» (Lc 9,51). La subida a la ciudad santa es, al mismo tiempo, subida hacia el Padre. El Calvario no será una derrota inesperada, sino el umbral de la glorificación.


Los primeros cristianos comprendieron profundamente esta verdad y la expresaron también mediante el arte. En antiguas representaciones de la Ascensión aparece Cristo avanzando con paso fatigoso por una montaña escarpada, llevando a veces la cruz en la mano o sobre el hombro, mientras desde el cielo emerge la mano del Padre que se inclina hacia él. Es una imagen conmovedora: el sufrimiento y la gloria no están separados. La cruz no interrumpe el camino hacia Dios; es precisamente el sendero por el que el Hijo entra en la plenitud de la vida.

Así entiende la Iglesia la Ascensión: no como un alejamiento de Cristo, sino como la entrada definitiva de la humanidad en el corazón mismo de Dios. Jesús no asciende solo. En él asciende nuestra naturaleza humana, herida por el pecado y aparentemente destinada al polvo y al fracaso. Cristo atraviesa la oscuridad de la muerte llevando consigo a la humanidad redimida para introducirla en la eternidad.

Los Padres de la Iglesia contemplaban este misterio con asombro: el Hijo eterno descendió hasta la fragilidad de nuestra condición para elevarnos con él a la comunión divina. El que vino del seno del Padre atravesó la noche del sufrimiento y abrió para nosotros el camino de la gloria.

Por eso, la Ascensión es también nuestra esperanza. En Cristo, la humanidad ha puesto ya el pie en la eternidad. Allí donde ha llegado la Cabeza, está llamado a llegar también el cuerpo. Nuestra vida no camina hacia el vacío, sino hacia las manos del Padre, que permanecen extendidas esperando a sus hijos.

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