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lunes, 11 de mayo de 2026

ASCENSIÓN DEL SEÑOR. Historia de la fiesta y significado


Cuando yo era niño, se decía: «Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión». El próximo jueves se cumplen 40 días desde el domingo de resurrección, por lo que es la fecha tradicional de la fiesta de la Ascensión.

En España y en otros países, la Ascensión y el Corpus ya no se celebran en jueves porque, al no ser civilmente festivos, la Iglesia los ha trasladado a los siguientes domingos.

Aunque hayan sido trasladadas, esas fiestas conservan su importancia, por lo que vamos a reflexionar sobre la Ascensión, para poder celebrarla con intensidad, independientemente que sea el próximo jueves o el próximo domingo.

HISTORIA DE LA FIESTA. Esta celebración tiene un desarrollo progresivo en la vida de la Iglesia. Ya a comienzos del siglo IV, el concilio de Elvira (año 300) reprueba ciertas prácticas penitenciales cuarenta días después de la Pascua, lo que indica que algunas comunidades prolongaban hasta entonces el tiempo pascual. Las "Constituciones apostólicas" y autores como san Juan Crisóstomo, testimonian la existencia de una celebración de la Ascensión en ese momento. Sin embargo, la peregrina Egeria describe que en Jerusalén, hacia el año 395, Ascensión y Pentecostés aún formaban una única solemnidad celebrada a los cincuenta días de la Pascua. 

Poco después, san Agustín afirma que la Ascensión se celebraba en toda la Iglesia, lo que muestra su rápida universalización como fiesta independiente. Los antiguos sacramentarios ya contienen formularios propios, signo de su consolidación litúrgica. 

En la Edad Media, la celebración se enriqueció con elementos simbólicos: una procesión evocaba el camino de Cristo hacia el monte de los Olivos, y el apagado del cirio pascual al final del evangelio expresaba visiblemente su partida. Este rito permaneció en el misal de san Pío V hasta la reforma litúrgica contemporánea.

LA ELEVACIÓN DE CRISTO. El relato de los Hechos de los apóstoles sitúa la Ascensión tras cuarenta días de apariciones del Resucitado, culminando en la escena en la que Jesús es elevado y ocultado por una nube. Este lenguaje no describe un desplazamiento físico, sino una realidad teológica profunda: Cristo entra plenamente en el ámbito de Dios, superando definitivamente la condición de muerte y corrupción. 

La “elevación” expresa, en continuidad con el Antiguo Testamento, la entronización real del Hijo del hombre, su participación en la soberanía divina. Es, por tanto, un acontecimiento de glorificación.

La "nube", signo bíblico de la presencia de Dios, vincula este momento con las grandes teofanías de la historia de la salvación: el Sinaí, la tienda del encuentro, la Transfiguración. 

Así, la Ascensión manifiesta la divinidad de Cristo, que regresa al Padre tras cumplir su misión. Pero este retorno no implica ausencia: lejos de alejarse, Cristo permanece en la historia humana y en la vida de la Iglesia. Su presencia se hace accesible en la Palabra y en los sacramentos, de modo que los creyentes pueden seguir encontrándose con él de manera real y eficaz.

LA ELEVACIÓN DE LA HUMANIDAD. La Ascensión no solo revela quién es Cristo, sino también quién es el hombre y cuál es su destino. En Jesús glorificado, que asciende con la humanidad asumida y redimida, se manifiesta la dignidad última de la condición humana. La carne humana, transfigurada, es introducida en la misma vida de Dios. De este modo, el ser humano encuentra en Cristo su lugar definitivo: ha sido llevado a la intimidad divina.

Esto implica que la Ascensión no es una separación, sino una inclusión: Cristo no se aleja del mundo, sino que abre para la humanidad el acceso a Dios. La esperanza cristiana se fundamenta en este hecho: donde ha llegado Cristo, están llamados a llegar también sus miembros. San Pablo invita a contemplar la grandeza de esta vocación, que supera toda expectativa humana.

En este sentido, la Ascensión se presenta como la revelación plena del ser humano. Más allá de la experiencia del pecado y la fragilidad, en Cristo glorificado se descubre el proyecto original de Dios: la participación en su gloria. La liturgia lo expresa con audacia al afirmar que la Ascensión es ya nuestra victoria y que nuestra naturaleza ha sido elevada hasta compartir la vida divina. Así, el misterio de la Ascensión ilumina el origen, el sentido y el destino último de la existencia humana.

Resumen de las páginas dedicadas a este argumento en mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI". Editorial Monte Carmelo, Burgos 2012.

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