Este precioso icono ofrece una auténtica catequesis visual del misterio de la Ascensión. No se trata solo de una escena narrativa, sino de una síntesis teológica, donde cada elemento conduce a la contemplación del misterio pascual en su plenitud.
En la parte superior aparecen LAS MANOS ABIERTAS DEL PADRE, que acogen a Cristo y, al mismo tiempo, lo entregan al mundo. Este gesto doble de acoger y donar revela la dinámica íntima de la vida divina: el Hijo vuelve al Padre sin dejar de darse a los hombres.
Entre ambos, EL ESPÍRITU SANTO se manifiesta como paloma y como fuego envolvente, expresión visible del amor que une al Padre y al Hijo. Ese mismo fuego desciende y se posa sobre los creyentes, indicando que la Ascensión no es ausencia, sino nueva forma de presencia en el Espíritu.
En el centro, JESUCRISTO, revestido de oro (el color de la luz, de la gloria y de lo divino) aparece dentro de un círculo, símbolo de eternidad y perfección. Sin embargo, su manto desborda ese círculo y cae hacia la tierra: un detalle profundamente significativo. El Señor glorificado no se desentiende de la historia, sino que permanece misteriosamente presente en ella. La Ascensión no lo aleja, sino que inaugura una cercanía distinta, más profunda.
En su mano izquierda sostiene un rollo, evocación del libro de la vida y del juicio. Pero es la mano derecha, elevada en gesto de bendición, la que domina la escena. Así se nos recuerda que el juicio de Cristo no es condena, sino misericordia; no es amenaza, sino promesa de salvación para los redimidos.
Del círculo de su gloria brotan llamas que alcanzan a LA IGLESIA NACIENTE: es el don del Espíritu Santo, que brota del Cristo pascual. Abajo, los seguidores de Jesús, hombres y mujeres, reunidos en torno a LA VIRGEN MARÍA, miran a Cristo. María, en el centro, dirige su mirada hacia nosotros, que somos hoy los discípulos y discípulas del Señor.
María aparece, así, como figura y modelo de la Iglesia: orante, acogedora, intercesora. Su mirada nos incluye en la escena, recordándonos que también nosotros formamos parte de esta comunidad nacida de la Pascua.
Hoy no vemos a Cristo según la carne, pero su presencia no ha desaparecido. Vive en su Iglesia, en la comunión de los creyentes, en el fuego del Espíritu. De ahí brota el desafío cristiano: hacer visible a Cristo en medio del mundo con nuestra vida. Que esta imagen no sea solo contemplada, sino también vivida. Amén.

Que el reto de dar a conocer a Jesús por Fe y por amor se realice.
ResponderEliminar