Ya he recordado en otras ocasiones que el día de la Madre, en su origen, se celebraba el 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada (como todavía sucede en Panamá). Con el paso del tiempo, la celebración se ha ido desplazando: en España se fija en el primer domingo de mayo; en México, el día 10; en Italia, el segundo domingo de mayo; en Francia, el último domingo de ese mismo mes, etc. Cambian las fechas, pero permanece intacto el reconocimiento agradecido a quienes nos han dado la vida y nos han enseñado a amar.
En este día, la oración brota de manera espontánea: pedimos al Señor que bendiga a todas las madres que aún caminan con nosotros, que acoja en su Reino a las que ya partieron, y que ensanche en todos nosotros un corazón capaz de ternura, cuidado y entrega; en definitiva, unas entrañas verdaderamente “maternales”.
Para acompañar esta jornada, propongo un breve y delicado poema de Gabriela Mistral, titulado “Caricias”:
Madre, madre, tú me besas,
pero yo te beso más,
y el enjambre de mis besos
no te deja ni mirar...
Si la abeja se entra al lirio,
no se siente su aletear.
Cuando escondes a tu hijito
ni se le oye respirar...
Yo te miro, yo te miro
sin cansarme de mirar,
y qué lindo niño veo
a tus ojos asomar...
El estanque copia todo
lo que tú mirando estás;
pero tú en las niñas tienes
a tu hijo y nada más.
Los ojitos que me diste
me los tengo de gastar
en seguirte por los valles,
por el cielo y por el mar...
El poema respira una ternura transparente, casi infantil, que es profundamente reveladora. Gabriela Mistral capta la reciprocidad del amor entre madre e hijo: un intercambio de caricias en el que no hay medida, donde el dar y el recibir se confunden. Las imágenes (la abeja en el lirio, el niño escondido, el reflejo del estanque) sugieren un amor silencioso, íntimo.
Hay un detalle particularmente hermoso: la mirada. El hijo “se gasta” los ojos en seguir a la madre, mientras que en los ojos de ella el hijo “asoma” continuamente. Es una forma poética de decir que la madre lleva al hijo dentro de sí, en la mirada y en el corazón; y que el hijo, a su vez, aprende a mirar el mundo desde ese amor recibido.
En su aparente sencillez, el poema nos recuerda que el amor materno es escuela de contemplación, de gratuidad y de fidelidad: una huella que, bien vivida, nos acompaña “por los valles, por el cielo y por el mar”.

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