Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 27 de mayo de 2012

Pentecostés: Origen y significado de la fiesta


Hoy es Pentecostés y me permito una entrada más larga de lo normal, en la que explico los orígenes y contenidos del día.

1. La fiesta judía. En Canaán, el periodo de la siega de los cereales comenzaba con la fiesta de los Ázimos y concluía con la de Pentecostés (cf. Ex 23,16; 34,22). Los israelitas transformaron las fiestas agrícolas y ganaderas en memoria de acontecimientos salvíficos. Por ejemplo, la fiesta de los Ázimos (Pesaj, Pascua) se convirtió en celebración de la salida de Egipto y la fiesta de las semanas (Shabuot, Pentecostés) en memoria de la Alianza del Sinaí y del don de la Ley. Los 50 días que transcurrían entre ambas se convirtieron en el recuerdo del camino transcurrido desde la salida de Egipto hasta la llegada al Sinaí, y se interpretaron como el periodo de purificación necesario para poder recibir la Ley de Dios.


De esta manera, para Israel Pentecostés supone la culminación del proceso de salvación iniciado en Pascua. Dios, que liberó a Israel de la esclavitud, le concedió los medios necesarios para poder vivir en libertad y en santidad: la Torá (palabra que nosotros traducimos por la Ley, pero que es todo el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia). La Ley es el gran regalo de Dios a Israel para que pueda vivir su vocación de pueblo de la Alianza. Hasta el presente, los judíos cuentan a partir de Pascua los 50 «días del Omer», con oraciones específicas para purificarse y disponerse a acoger la Torá. Es la «cuenta» o Sefirat ha'Omer. En las sinagogas, el día de Shabuot (que en griego se llama Pentecostés) se leen los 613 preceptos (Mitzvot) y el libro de Rut. Su historia es un perenne recordatorio de que todo israelita tiene que convertirse continuamente y aceptar la Torá como norma de vida.

2. La fiesta cristiana. Los primeros cristianos dieron a la Pascua un sentido nuevo, al referirla a la muerte y resurrección de Jesús, que tuvo lugar durante unas fiestas pascuales. Lo mismo sucedió con Pentecostés, que quedó marcado por la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos, dando origen a la Iglesia y a su misión evangelizadora. San Pablo llama a Cristo «nuestro cordero pascual» (1Cor 5,7), poniendo en relación su inmolación con la Pascua. También lo llama «primicia de entre los muertos» (1Cor 15,20.23), poniendo su resurrección en relación con la nuestra y con Pentecostés, en que se ofrecían a Dios las primicias de la cosecha. Así estas fiestas judías se fueron transformando en fiestas cristianas, con contenidos específicos. 

Hasta el presente, las tradiciones de Israel dicen que Dios ofreció su Torá a todos los pueblos y todos la rechazaron, excepto los israelitas. Por eso, en el Sinaí solo hizo alianza con ellos. Los Santos Padres vieron en el don del Espíritu la universalización de esa alianza, según la promesa de Joel: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne» (Jl 3,1). Ya san Pedro, citando esa profecía, dijo que con su cumplimiento en Pentecostés han llegado «los días últimos» (Hch 2,14ss). Los Santos Padre vieron en Pentecostés la realización de lo que anuncia san Pablo al hablar de «una alianza nueva, no basada en la letra de la Ley, sino en la fuerza del Espíritu, porque la letra mata, mientras que el Espíritu da vida» (2Cor 3,6). San Ireneo, por ejemplo, afirma que el Espíritu descendió en Pentecostés «con el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y para dar su plenitud a la nueva alianza; por esto, todos a una, los discípulos alababan a Dios en todas las lenguas, al reducir el Espíritu a la unidad los pueblos distantes y ofrecer al Padre las primicias de todas las naciones».

Si al principio Pentecostés era solo la conclusión del tiempo pascual y una oportunidad para bautizar a los que no habían podido participar en la Pascua, con el paso del tiempo fue adquiriendo gran importancia y se convirtió en la fiesta del don del Espíritu Santo, especialmente a partir de las polémicas sobre su identidad y de las clarificaciones de los Padres Capadocios, recogidas en el Concilio de Constantinopla (año 381). Se dio con Pentecostés el mismo proceso que con Navidad después del Concilio de Nicea. En Nicea se definió que Jesús es verdadero Hijo de Dios y verdadero hombre. En Constantinopla se definió que el Espíritu Santo también es Dios, con la misma dignidad que el Padre y el Hijo. Navidad pasó a ser la fiesta de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho carne, y Pentecostés la fiesta del Espíritu Santo, que el Hijo nos envía desde el seno del Padre. Estas fiestas y sus formularios se desarrollaron extraordinariamente, como cauce para afirmar la ortodoxia.

3. El don del Espíritu Santo. El Antiguo Testamento dice que el Espíritu de YHWH descendió en numerosas ocasiones sobre aquellos que tenían que actuar en nombre de Dios, para guiar o iluminar al pueblo. Los profetas anunciaron que el Espíritu Santo consagraría al Mesías y que en su tiempo se donaría a todos, para establecer una alianza nueva, llevando a plenitud la creación entera. Se cumpliría, así, el deseo de Moisés: «Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor» (Num 11,29).

«Al llegar la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4), María concibió por obra del Espíritu Santo (cf. Lc 1,35). Más tarde, el Bautista testimonió que el Espíritu descendió sobre Jesús «y se quedó sobre Él» (Jn 1,32). El mismo Espíritu que consagró a Jesús, «lo llevó al desierto» (Mt 4,1) y después lo devolvió a Galilea (cf. Lc 4,14). Desde ese momento, habló con autoridad, actuó con poder y expulsó a los demonios «con el dedo de Dios» (Lc 11,20), que es el Espíritu (cf. Mt 12,28). Jesús era tan consciente de que el Espíritu de Dios actuaba en Él, que habló de una blasfemia que no se puede perdonar, en referencia a los que afirmaban que era Belcebú (el príncipe de los demonios) quien realizaba sus obras y no el Espíritu (cf. Mc 3,28-30). Él, que poseía el Espíritu en plenitud, lo prometió a sus fieles: «Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré» (Jn 16,7). Su promesa empezó a cumplirse con su muerte y llegó a plenitud en Pentecostés.

Durante la fiesta de las tiendas; Jesús dijo: «Quien tenga sed, que venga a mí, y beba el que crea en mí. Como dice la Escritura: de su seno brotarán torrentes de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él. Aún no había Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,37-39). Esto era una profecía, en la línea de la realizada por Zacarías: «Derramaré un Espíritu de gracia y de oración y mirarán hacia aquél a quien traspasaron [...]. Aquel día habrá una fuente abierta para lavar el pecado» (Zac 12,10-13,1). Efectivamente, Jesús en el momento de su muerte, «inclinando la cabeza, entregó el Espíritu» (Jn 19,30). Y poco después «un soldado le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua […], para que se cumpliera la Escritura: Mirarán al que atravesaron» (Jn 19,34-37). Así, Juan indica que la fuente del Espíritu, anunciada por el profeta, es el corazón abierto de Cristo. Esto nos hace comprender que el envío del Espíritu forma parte del misterio pascual y es su cumplimiento pleno. Jesús, que estaba lleno del Espíritu, derrama el Espíritu sobre los creyentes en el momento de morir. Es como un frasco lleno de perfume que, cuando se rompe, derrama su buen olor a su alrededor. Como las fuentes que surgen de las profundidades de la tierra, formando los manantiales, el Espíritu Santo, que es la interioridad de Dios, brota del corazón de Jesús a través de su costado atravesado (cf. Ez 12,10). Por su relación con Él, es llamado «Espíritu de Cristo» (Rom 8,9), «Espíritu de Jesucristo» (Flp 1,19), «Espíritu del Señor» (2Cor 3,17), «Espíritu del Hijo» (Gal 4,6).

Esto se hace especialmente visible en Pentecostés, cuando Cristo derrama el Espíritu sobre los creyentes: «Exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo, lo ha derramado sobre nosotros, tal como estáis viendo» (Hch 2,33). Precisamente en la fiesta en que se celebraba el don de la Ley en el Sinaí, se cumple lo anunciado por los profetas: «pactaré con ellos una alianza nueva [...], pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré» (Jer 31,31-34). Así como Cristo es el nuevo templo, el Espíritu es la Ley del amor, no escrita en tablas de piedra, sino en los corazones y no solo destinada a Israel, sino a todos los pueblos. Es importante recordar que en el Sinaí, cuando dio a Moisés las tablas de la Ley, Dios se manifestó en el viento y en el fuego (cf. Ex 19,18). Lo mismo sucedió el día de Pentecostés: Un viento impetuoso llenó la casa y lenguas de fuego descendieron sobre los apóstoles (cf. Hch 2,2-3). En el Sinaí Dios hizo alianza con Israel. En Pentecostés Dios la hizo con todos los pueblos. Por eso los apóstoles hablaban todos los idiomas y todas las personas podían entenderlos.

4. El nacimiento de la Iglesia. Dicen los Hechos de los Apóstoles que el Espíritu Santo descendió sobre la comunidad reunida con María en una oración concorde. Aquí ya podemos ver las posteriores notas características de la Iglesia: una (oraban unidos, con una sola alma y un solo corazón), santa (reciben el Espíritu de santidad), católica (es decir, universal, ya que hablan todos los idiomas y se dirigen a todos los pueblos) y apostólica (ya que el Espíritu desciende sobre los apóstoles, a los que consagra como enviados de Cristo), pero también mariana (oraban unidos a María), misionera (ese mismo día empiezan la predicación a todos los pueblos) y «romana», como concreción de la catolicidad, en el sentido de que los Hechos de los Apóstoles nos cuentan la historia de esta Iglesia que nace en Jerusalén, que se extiende por el mundo entero, y que manifiesta su plenitud cuando san Pablo llega a Roma (ahí terminan los Hechos). Así, Pentecostés anticipa toda la historia de la Iglesia.

También es importante recordar que, cuando nace la Iglesia, la primera comunidad estaba constituida por «unos ciento veinte hermanos» (Hch 1,15). Esto supone la plenitud de las doce tribus de Israel (12 x 10 = 120). Dios, que llamó a Abrahán para que su bendición alcanzara, a través de él, «a todos los pueblos de la tierra» (Gn 12,3), e hizo alianza con Israel para congregar, por medio suyo, «a todos los pueblos y naciones» (Is 66,18), ha realizado su proyecto eterno de salvación en Pentecostés, con el nacimiento de la Iglesia que es desde el principio «católica», universal. Habla todas las lenguas porque el Evangelio está destinado a todos los pueblos, según el deseo de Cristo resucitado (cf. Mt 28,19).

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