El domingo próximo celebraremos la fiesta de Pentecostés. En esta entrada explico los orígenes y contenidos del día.
La fiesta de Pentecostés sigue siendo hoy una realidad viva para la Iglesia. Como recordaba Benedicto XVI, el Espíritu Santo continúa guiando a los creyentes hacia la verdad plena y sosteniendo la misión evangelizadora de la Iglesia. La celebración cristiana hunde sus raíces en la tradición judía y alcanza en Cristo y en la Iglesia su cumplimiento definitivo.
LA FIESTA JUDÍA. En Israel, Pentecostés (Shavuot) era originalmente una fiesta agrícola que marcaba el final de la cosecha de cereales iniciada en Pascua. Más tarde adquirió un significado histórico y religioso: conmemoraba la alianza del Sinaí y el don de la Ley. Los cincuenta días entre Pascua y Pentecostés eran entendidos como un tiempo de purificación para acoger la Torá. Así, la liberación de Egipto encontraba su plenitud en el don de la Ley, que permitía al pueblo vivir en verdadera libertad y santidad.
LA FIESTA CRISTIANA. Los primeros cristianos reinterpretaron esta fiesta a la luz de la muerte y resurrección de Cristo. Así como la Pascua se convirtió en memorial de la redención realizada por Jesús, Pentecostés pasó a celebrar el don del Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia. San Pablo presenta a Cristo como “cordero pascual” y “primicia de entre los muertos”, relacionando su resurrección con las primicias ofrecidas en Pentecostés.
Los Padres de la Iglesia vieron en el Espíritu Santo la universalización de la alianza: lo que en el Sinaí había sido ofrecido a Israel se abre ahora a todos los pueblos. Se cumple así la profecía de Joel: Dios derrama su Espíritu “sobre toda carne”. La nueva alianza ya no está escrita en tablas de piedra, sino en el corazón de los creyentes.
Con el tiempo, Pentecostés dejó de ser solo el final del tiempo pascual y adquirió entidad propia como fiesta del Espíritu Santo, especialmente tras las reflexiones teológicas de los Padres Capadocios y el Concilio de Constantinopla.
EL DON DEL ESPÍRITU SANTO. El Antiguo Testamento presenta al Espíritu de Dios actuando en jueces, reyes y profetas. Los profetas anunciaron que el mesías estaría lleno del Espíritu y que, en los tiempos definitivos, este sería derramado sobre todos.
En el Nuevo Testamento, el Espíritu está íntimamente unido a Cristo: Jesús es concebido por obra del Espíritu, actúa movido por él y, tras su glorificación, lo comunica a los discípulos. El evangelio de san Juan presenta el costado abierto de Cristo como la fuente de donde brotan el agua y el Espíritu. Pentecostés aparece así como la culminación del misterio pascual.
En contraste con la Ley del Sinaí, el Espíritu se convierte en la nueva Ley interior, la ley del amor escrita en los corazones y destinada a toda la humanidad.
EL NACIMIENTO DE LA IGLESIA. Pentecostés es presentado como el nacimiento visible de la Iglesia. Reunidos con María en oración, los discípulos reciben el Espíritu Santo y son enviados a anunciar el Evangelio a todas las naciones. La Iglesia nace ya universal, hablando todas las lenguas y destinada a todos los pueblos.
En Pentecostés está anticipada toda la historia de la Iglesia: impulsada por el Espíritu, pasa de Jerusalén a Roma y se extiende hasta los confines de la tierra y del tiempo. Así, el antiguo pueblo de la alianza se abre definitivamente a la humanidad entera.
Resumen de las páginas 308-315 de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI". Burgos 2012.

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