Estos días me encuentro en Costa Rica, una tierra de extraordinaria belleza, impartiendo un cursillo sobre «La música callada. El camino espiritual en la poesía de san Juan de la Cruz» en el convento de los carmelitas descalzos (Iglesia de Fátima, Los Yoses). Cuando termine, predicaré unos días de retiro en el monasterio de las carmelitas descalzas de Escazú, en el barrio Los Laureles, a las afueras de San José.
Aquí la mirada se pierde en las montañas que abrazan el valle. Todo parece hablar de Dios. Los cafetales se extienden como un manto verde sobre las colinas; las palmeras se mecen suavemente con el viento; los bosques tropicales rebosan vida; las flores llenan de color los caminos y las mariposas, con su vuelo ligero, recuerdan que la belleza es siempre un don gratuito. Al contemplar este paisaje, vienen espontáneamente a la memoria las palabras de san Juan de la Cruz, que veía en la creación una huella del paso de Dios: «Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y, yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de hermosura».
Precisamente sobre esa mirada contemplativa estamos reflexionando en estos días. El santo carmelita nos enseña que el mundo no es un obstáculo para encontrar a Dios, sino una invitación a buscarlo más allá de todas las cosas. La belleza de la naturaleza despierta el deseo de la Belleza infinita; la armonía de la creación remite a su Creador; la música del viento entre los árboles prepara el corazón para escuchar esa «música callada» y esa «soledad sonora» donde Dios habla sin palabras.
Mientras contemplo estos paisajes, recuerdo mi primer viaje a América, en 1992. Recién ordenado sacerdote, fui enviado durante unos meses a Oklahoma City para colaborar en una parroquia carmelitana. Desde entonces he regresado muchas veces a este continente inmenso y fascinante. He recorrido caminos diversos, he compartido la fe con personas de culturas distintas y he descubierto, una y otra vez, la inmensa riqueza humana y espiritual de estas tierras.
En cada lugar he encontrado rostros que ya forman parte de mi historia. He recibido mucho más de lo que he podido dar. Por eso, cuando llega el momento de partir, siempre queda en mí una mezcla de gratitud y nostalgia. Quizá sea porque, como enseña san Juan de la Cruz, el amor tiene una misteriosa capacidad de unir lo que la distancia separa. Los kilómetros no pueden borrar los afectos nacidos en el Señor.
Al contemplar esta tierra bendita, comprendo mejor por qué tantos la aman profundamente. Y mientras doy gracias a Dios por tantos encuentros y tantos dones recibidos, le pido que bendiga a todas las personas que he conocido aquí. Algo de mí quedará entre estas montañas, estos caminos y estos amigos. Y algo de ellos seguirá caminando conmigo, porque el amor verdadero nunca se pierde: permanece vivo en la memoria, en la oración y en el corazón.
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