Primera lectura (Hch 2,1-11). Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Respuesta al salmo responsorial (103). Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Segunda lectura (1Cor 12,3b-7. 12-13). Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.
Evangelio (Jn 20,19-23). Jesús exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
La solemnidad de Pentecostés no celebra simplemente un acontecimiento pasado ni una experiencia religiosa intensa de los primeros discípulos. Celebra el cumplimiento de la pascua de Cristo. El Espíritu Santo no aparece en la Iglesia como una fuerza añadida desde fuera, sino como el don que brota del misterio pascual del Señor muerto y resucitado. Por eso el evangelio de san Juan sitúa el don del Espíritu en la tarde misma de la resurrección: «Jesús exhaló su aliento sobre ellos». El gesto remite al Génesis, cuando Dios insufló aliento de vida en el hombre de barro. El resucitado realiza ahora una nueva creación. La humanidad herida por el pecado recibe nuevamente el aliento de Dios.
El evangelio une inseparablemente tres dones: la paz, el Espíritu y el perdón de los pecados. «Paz a vosotros». No es un saludo convencional. Es la reconciliación mesiánica anunciada por los profetas. El Espíritu no desciende para producir exaltación espiritual, sino para recrear la comunión rota entre Dios y los hombres, y entre los mismos hombres. Por eso, el primer fruto del Espíritu es la Iglesia como espacio de reconciliación. Allí donde el pecado dividía y dispersaba, el Espíritu reúne y vivifica.
El relato de los Hechos de los apóstoles prolonga esta misma revelación en clave universal. Las lenguas de fuego evocan la teofanía del Sinaí, pero ahora la ley ya no es escrita sobre piedra, sino en el corazón humano. Babel había dispersado las lenguas; Pentecostés no suprime las diferencias, sino que las atraviesa con una unidad más profunda. Cada uno escucha «en su propia lengua» las maravillas de Dios. La Iglesia nace así como comunión que no destruye la diversidad, porque el Espíritu no uniforma: crea unidad viva.
San Pablo lleva esta verdad hasta sus consecuencias más hondas: «Todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo». El Espíritu no es simplemente objeto de devoción; es el principio mismo de la existencia cristiana. Ser cristiano significa ser incorporado a Cristo, participar de su relación filial con el Padre y de su entrega por el mundo. Toda auténtica vida espiritual nace de esta inserción sacramental y eclesial en el cuerpo de Cristo.
San Juan de la Cruz afirmaba que el Espíritu realiza en el hombre una transformación semejante al fuego que penetra la leña hasta volverla llama. Pentecostés revela precisamente esto: la vida cristiana no consiste ante todo en un esfuerzo moral, sino en dejar que el Espíritu configure en nosotros la vida misma de Cristo.
Pidamos al Señor que su Espíritu renueve nuestra pobreza interior, cure nuestras divisiones y nos introduzca cada vez más profundamente en el misterio de su comunión divina.
Ven, Espíritu Santo. Haznos renacer del costado abierto de Cristo, reúne lo disperso, sana lo herido y conduce a tu Iglesia hacia la plenitud de la verdad y del amor. Amén.

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