Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 2 de marzo de 2026

INTENCIÓN DE ORACIÓN DEL PAPA. Marzo 2026


Marzo. Por el desarme y la paz.

Oremos para que las Naciones procedan a un desarme efectivo, particularmente el desarme nuclear, y los líderes mundiales elijan el camino del diálogo y de la diplomacia en vez de la violencia.

Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

La intención de oración del papa para el mes de marzo nos sitúa ante una de las heridas más profundas de la humanidad: la violencia que desemboca en el enfrentamiento entre grupos humanos y el clamor silencioso de los pueblos que anhelan la paz. Orar por el desarme (y de modo particular por el desarme nuclear) es entrar en una súplica que no es abstracta ni lejana, sino encarnada en la historia contemporánea, en los cuerpos heridos y en las ciudades arrasadas en distintos lugares del mundo.

La Sagrada Escritura habla de un mundo confiado a la custodia del ser humano, no a su devastación. Dios pone en manos del hombre y de la mujer un jardín para cultivarlo y guardarlo (cf. Gén 2,15), no un campo de batalla. La guerra aparece como fruto del pecado que rompe la fraternidad: Caín se levanta contra Abel y la tierra bebe la sangre del hermano (cf. Gén 4). Desde entonces, la Biblia conoce bien la espiral de la violencia, pero no se resigna a ella. En medio del estruendo de las armas, la Palabra de Dios alza una promesa: «De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» (Is 2,4).

Orar por el desarme es tomar partido por esta visión profética. Es confesar que la acumulación de armas (y especialmente de armas nucleares) no garantiza la seguridad, sino que siembra un miedo permanente y una amenaza desproporcionada sobre los más débiles. El poder de destruir no es signo de grandeza, sino de extravío. El salmista lo proclama con sobria lucidez: «Unos confían en sus carros, otros en su caballería; nosotros invocamos el nombre del Señor, Dios nuestro» (Sal 20,8). La paz verdadera no nace de la imposición por la fuerza, sino de trabajar por la justicia y de la confianza en el Señor.

Jesús es nuestro mejor ejemplo: él no entró en Jerusalén montado en un carro de guerra tirado por caballos, sino en un pollino humilde (cf. Zac 9,9). El príncipe de la paz no vence eliminando al enemigo, sino entregando su vida por todos. Cuando uno de los suyos empuña la espada, él le ordena guardarla, recordando que quien usa la violencia, por la violencia perece (cf. Mt 26,52). En la cruz, Cristo desactiva el mecanismo del odio y revela que el amor es más fuerte que la muerte. Su resurrección es la confirmación de que la paz no es ingenuidad, sino la fuerza nueva que Dios introduce en la historia.

La intención del papa nos invita a pedir que los líderes de las naciones elijan el camino del diálogo y de la diplomacia. La Biblia valora profundamente la palabra que construye puentes: «Una respuesta amable calma la cólera» (Prov 15,1). El diálogo no es debilidad; es sabiduría. Requiere paciencia, escucha, renuncia a imponer la propia voluntad por la fuerza. En un mundo polarizado, donde las palabras se vuelven armas y la desconfianza levanta muros, orar por el diálogo es pedir corazones capaces de sentarse a la mesa incluso con el adversario, reconociendo en él una humanidad común.

El desarme nuclear toca un límite moral decisivo. Nunca antes la humanidad había tenido en sus manos un poder tan grande para destruir la creación y a sí misma. Orar por el desarme es también un acto de humildad: reconocer que no somos dioses, que la vida no nos pertenece, que la tierra es herencia para las generaciones futuras. «El Señor ama la justicia y el derecho» (Sal 33,5); no puede haber justicia allí donde la amenaza de aniquilación pende como una espada sobre los pueblos.

Pero la paz no es solo tarea de los poderosos. La Sagrada Escritura recuerda que la guerra nace en el corazón humano: «¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros? ¿No nacen de vuestras pasiones?» (Sant 4,1). Orar por la paz implica dejarnos desarmar interiormente: renunciar a la violencia del lenguaje, al desprecio, a la indiferencia. Bienaventurados los que trabajan por la paz, dice Jesús, porque serán llamados hijos de Dios (cf. Mt 5,9). Trabajar por la paz es sembrar reconciliación en la vida concreta, elegir el perdón, romper la cadena del rencor.

La Iglesia está llamada a ser signo y artesana de paz. No desde el poder, sino desde el testimonio. Cuando acompaña a las víctimas, cuando tiende puentes, cuando recuerda la dignidad inviolable de cada persona, se convierte en espacio de desarme real. La eucaristía, su sacramento principal, es escuela de paz: en ella aprendemos a recibir la vida como don y a ofrecernos por los demás.

Que esta intención de oración se haga clamor confiado: Señor, desarma nuestros corazones y desarma a las naciones. Apaga el fuego del miedo, rompe la lógica de la violencia, inspira a los líderes caminos de diálogo y valentía. Haz de nosotros instrumentos de tu paz, para que la tierra, liberada de la amenaza de la destrucción, pueda cantar como casa común, donde la misericordia y la fidelidad se encuentren, la justicia y la paz se besen (cf. Sal 85,11). Amén.

2 comentarios:

  1. Amén 🙏 Oremos por La Paz, la Vida Y el Amor 🙏🕊️🕊️🕊️🕊️🕊️

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  2. Gracias, P. Eduardo. Nos unimos en oración por las intenciones de Paz del Papá.

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