Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 27 de febrero de 2023

Lecturas del Éxodo en Cuaresma


La liturgia presenta el tiempo de Cuaresma como «un nuevo éxodo, a través del camino cuaresmal, para que, llegados a la montaña santa, con el corazón contrito y humillado, reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza».


Por eso, en varias ocasiones se leen pasos del libro del Éxodo en las misas. Durante las cuatro primeras semanas, en el oficio de lectura también se leen los textos bíblicos referidos a Moisés, que es el «siervo de Dios» (Dt 34,5), que guía al pueblo y le procura agua y alimentos (Éx 15-16), le consuela en los momentos difíciles (Éx 14,13-14), ora por él (Éx 17,11), le anuncia la palabra de Dios (Éx 19,3) e intercede por los pecadores (Éx 32,31-32). 

Pero, sobre todo, Moisés es el amigo de Dios (cf. Éx 33,11) que «trataba con el Señor cara a cara» (Dt 34,10). Esto es lo más importante de su historia. 

Porque Moisés hablaba con Dios como con un amigo, pudo hacer grandes obras y revelar la voluntad de Dios a Israel. 

El libro del Éxodo recuerda la misión de Moisés, pero -sobre todo- nos habla del poder y del amor de Dios, que «sacó a su pueblo [de Egipto] como a un rebaño, lo condujo por el desierto y lo llevó hasta la tierra sagrada» (Sal 78 [77],51ss). 

Durante todo el camino, Dios protegió del sol a los israelitas con una nube, iluminó sus noches con una columna de fuego, les dio agua, maná y codornices, los educó, estableció una alianza con ellos, los defendió de las serpientes y de los enemigos. Finalmente, los introdujo en la tierra prometida. 

Al mismo tiempo, el libro del Éxodo denuncia los pecados del pueblo. Por eso, la Biblia invita a no repetir sus errores: «Ojalá escuchéis hoy su voz. No endurezcáis vuestro corazón [...] como en el desierto, cuando me tentaron vuestros antepasados» (Sal 95 [94],7ss).

Dios estuvo a punto de destruir al pueblo en varias ocasiones, pero su amor es más fuerte que el pecado de los hombres, por lo que siempre les ofrece una nueva oportunidad. 

Por eso, el éxodo es un recordatorio perenne de que Dios perdona siempre y continúa dando vida, alimento, salud y victoria por el honor de su nombre; que perdona con generosidad y ofrece sus dones con magnanimidad. 

Las palabras que Moisés escuchó cuando Dios pasaba a su lado en el Sinaí se convirtieron en una profesión de fe para Israel: «Dios clemente y misericordioso, tardo para la ira y lleno de lealtad, que conserva su fidelidad por mil generaciones y perdona la iniquidad, la infidelidad y el pecado; pero no los deja impunes, sino que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y nietos hasta la tercera y cuarta generación» (Éx 34,6-7). 

El texto contrapone un castigo moderado (reducido a un máximo de cuatro generaciones) a la misericordia sin límites (simbolizada en las mil generaciones). 

La distancia que corre entre la cuarta y la milésima generación muestra cómo la misericordia supera en mucho a la justicia.

San Pablo vio en Moisés y en el éxodo una preparación de la revelación definitiva: «Nuestros antepasados estuvieron bajo la nube, atravesaron el mar, fueron bautizados como seguidores de Moisés [...] Todas estas cosas sucedieron en figura [typos] para nosotros [...] Eran como un ejemplo para nosotros y se han escrito para nuestra enseñanza» (1Cor 10,1-6).

Siguiendo su ejemplo, los Padres vieron en Moisés una figura de Cristo y pusieron los acontecimientos del éxodo en relación con la vida de los cristianos. Es lo que se llama «lectura tipológica» de la Biblia.

Así, los 40 años de peregrinación son imagen de la vida terrena, en la que no tenemos una morada permanente. 

La alianza sellada en el Sinaí sobre tablas de piedra, confirmada con la sangre de un cordero, anuncia la definitiva alianza, sellada sobre el Gólgota con el don del Espíritu y confirmada con la sangre del verdadero Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 

La nube que cubría al pueblo con su sombra y descendía sobre la tienda del encuentro es promesa del Espíritu (cf. Is 63,14) que descenderá sobre María, cubriéndola con su sombra, para establecer en ella la morada del Dios-con-nosotros. 

El paso del Mar Rojo es figura del bautismo. 

El maná es anuncio de la eucaristía. 

La victoria sobre los pueblos enemigos que hacían guerra a Israel es promesa de la victoria sobre el pecado y la muerte. 

La intercesión de Moisés a favor del pueblo pecador anuncia la oración de Cristo, sumo sacerdote de nuestra fe, que intercede día y noche por nosotros. 

Finalmente, la tierra prometida es imagen de la patria definitiva del cielo.

Antes de morir, Moisés prometió a Israel: «El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo» (Dt 18,15). 

Sin embargo, en la conclusión del libro del Deuteronomio se afirma: «Pero no surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara» (Dt 34,10). 

Así, las esperanzas mesiánicas se centraban en la llegada de un nuevo Moisés. 

Si lo más característico de su historia fue su trato íntimo con Dios, a pesar de que no podía ver su rostro (cf. Éx 33,20), lo más singular del mesías será su relación con Dios, al que podrá ver directamente el rostro, revelando su misterio con mayor claridad que Moisés y estableciendo una alianza superior a la del Sinaí (cf. Heb 9,11-24). 

De esta manera, la referencia a Moisés se convierte en clave de lectura del misterio de Jesucristo, que es el nuevo profeta. 

En él se hace realidad lo que en Moisés era una promesa: Jesús vive en presencia de Dios no solo como amigo, sino como Hijo. Por eso es el perfecto revelador del Padre.

Estas reflexiones sobre la relación entre Moisés y Cristo son esenciales para comprender la lectura litúrgica de la Escritura, porque revelan la unidad interna de toda la historia de la salvación.

Por eso, Benedicto XVI afirmó: «Desde los tiempos apostólicos y, después, en la Tradición viva, la Iglesia ha mostrado la unidad del plan divino en los dos Testamentos gracias a la tipología, que no tiene un carácter arbitrario sino que pertenece intrínsecamente a los acontecimientos narrados por el texto sagrado y, por tanto, afecta a toda la Escritura. La tipología “reconoce en las obras de Dios en la antigua alianza prefiguraciones de lo que Dios realizó en la plenitud de los tiempos en la persona de su Hijo encarnado”».

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