Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 5 de marzo de 2017

Las tentaciones de Cristo en el desierto


El domingo I de Cuaresma se lee el evangelio del retiro de Cristo en el desierto en todas las tradiciones litúrgicas. De alguna manera, esto indica que la Cuaresma es una experiencia de desierto que se prolonga durante cuarenta días.

El desierto es, ante todo, un lugar inhóspito y peligroso para el hombre, en el que habitan las fieras (Is 13,21). Se pensaba también que el desierto era la morada de los demonios (Is 34,14). La escasez de agua imposibilita la vida humana y hace de los desiertos espacios que recuerdan la muerte. Por eso se lo califica de «sitio horrible» (Núm 20,5. Literalmente dice «lugar maldito»).

No podemos olvidar las connotaciones que el desierto ha adquirido en nuestra cultura como imagen del sufrimiento físico y moral. Jesús ha descendido a esas realidades para rescatarnos, y quiere que nosotros lo hagamos también.

Al mismo tiempo, para Israel es un lugar rico de evocaciones: Abrahán y los patriarcas fueron pastores trashumantes por el desierto. Moisés se preparó en el desierto para su misión y regresó para realizarla. Allí se manifestó el poder y la misericordia de Dios, así como la tentación y el pecado del pueblo. Por eso, Oseas lo presenta como un espacio donde surge el amor: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón» (Os 2,16). De esta manera, el desierto adquirió connotaciones positivas y se terminó convirtiendo en el espacio que sitúa al hombre ante las preguntas últimas, ya que le permite alejarse de las ocupaciones cotidianas para encontrarse con Dios. 

El mismo Espíritu que consagra a Jesús en su bautismo lo empuja al desierto «para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1). Esto quiere decir que estamos ante un acontecimiento que tiene que ver con su misión; es decir, con nuestra salvación. La tentación se refiere precisamente a su disposición para asumirla. Satanás le propone utilizar su poder en provecho propio y seguir el camino del triunfo, todo lo contrario de lo que Dios espera de su siervo. Es la misma tentación que se presentó en otros momentos de su vida (cf. Lc 4,13), principalmente en la cruz (cf. Mt 27,40-43). Jesús superó las tentaciones sometiéndose a los planes de Dios: «Aprendió sufriendo a obedecer» (Heb 5,7-8). 

Cuando Jesús dice que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4), está afirmando la absoluta prioridad de la voluntad de Dios sobre sus propias necesidades o proyectos. Él se abandonó en las manos del Padre, a pesar de que el siervo sufriente parecía condenado al fracaso. Así «nos dejó un ejemplo, para que sigamos sus huellas» (1Pe 2,21). 

El Catecismo expone el significado de las tentaciones y de sus consecuencias para nosotros: «El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente […]. Satanás le tienta tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios […]. La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. Es por eso por lo que Cristo venció al tentador a favor nuestro» (nn. 536-540).

Cristo venció sometiéndose al Padre. Y su victoria es ya nuestra victoria. Por eso, la liturgia confiesa que Jesús fue tentado «por nosotros», en favor nuestro. 

San Pablo lo explica con el paralelismo entre el primer y el definitivo Adán: si la culpa del primero afectó a todos sus descendientes, ¡cuánto más la victoria del segundo! (cf. Rom 5,17). 

Adán, por su desobediencia, fue expulsado del Paraíso al desierto. Jesucristo, con su obediencia, nos abre el camino del desierto al Paraíso. Al respecto, san Agustín, recuerda que todos estamos llamados a participar de la victoria de nuestra cabeza: «En Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación […]; de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria. Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo».

Toda la Iglesia se dispone a «subir a Jerusalén» con Cristo. Sabe que la meta de su camino es la Pascua, en la que nacerán a la vida eterna sus nuevos hijos, por medio del bautismo. Los ya bautizados deberían haber vencido a las tentaciones, como Cristo, pero no siempre ha sido así. Por eso, la Iglesia ora diciendo: «Misericordia, Señor, hemos pecado». 

Para renovar en sus hijos la gracia del bautismo, está dispuesta a retirarse al desierto y a practicar una ascesis generosa, como preparación para pasar de la celebración litúrgica de esta Pascua a la participación en «la Pascua que no acaba», la del cielo .

Donde hay catecúmenos que se preparan para recibir el bautismo, hoy tiene lugar la inscripción del nombre de los elegidos, que comienzan el «tiempo de la purificación y de la iluminación». Este evangelio les recuerda que tienen que enfrentarse a pruebas y tentaciones, que Satanás quiere apartarles de su camino. 

Mirando a Cristo, saben que pueden vencer con las mismas armas que él usó: la Sagrada Escritura, la confianza en Dios y la obediencia humilde a su voluntad, seguros de que nuestro Padre del cielo nunca abandona a los que se fían de él. 

El ritual de la iniciación cristiana de adultos propone la presentación de los candidatos a la comunidad, un interrogatorio y su admisión, con estas palabras: «Habéis sido elegidos para que seáis iniciados en los sagrados misterios durante la próxima Vigilia pascual». Se añaden unas oraciones y esta despedida: «Habéis entrado con nosotros en el camino cuaresmal. Cristo será vuestro camino, vuestra verdad y vuestra vida, especialmente en los próximos escrutinios». Cuando estos han salido, los ya bautizados continúan con la liturgia eucarística. Durante la semana se pueden tener otros encuentros, a la manera de las primitivas «catequesis bautismales» de los Padres.

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