Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 29 de marzo de 2014

El ciego de nacimiento


El primer domingo de Cuaresma hemos hablado de las tentaciones de Cristo, el segundo de su transfiguración, el tercero de la samaritana y hoy del ciego de nacimiento. El domingo pasado la samaritana nos recordaba que todos estamos sedientos de felicidad, aunque a veces la buscamos en lugares equivocados. Hoy el ciego de nacimiento nos dice que somos incapaces de encontrarla si Cristo no nos ilumina. El ciego es imagen del hombre que desea ver, pero alcanzarlo no está en sus manos.

Los discípulos preguntan a Jesús si la enfermedad del ciego estaba causada por algún pecado personal o por los pecados de sus padres. Sus contemporáneos pensaban que Dios premiaba a los buenos con salud y riqueza y castigaba a los malos con pobreza y enfermedades, por lo que dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres. Pero Jesús rechaza ese prejuicio.

Jesús al curar al ciego da una enseñanza importante: «Yo soy la luz del mundo». San Juan la profundiza cuando afirma: «En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió» (Jn 1,1ss). El mismo evangelista explica el motivo del rechazo: «Prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz» (Jn 3,19-21). Por eso, la curación de la ceguera es el signo de que Cristo quiere abrir nuestra mirada interior, para limpiarnos del pecado y darnos la fe.

Como sucedió con la samaritana, en el ciego se produce un progresivo descubrimiento de la identidad de Jesús: lo llama sucesivamente «ese hombre», «un profeta», «un enviado de Dios», para terminar postrándose ante Él, aunque esto le conlleve persecuciones y ser expulsado de la sinagoga. 

En los fariseos, por el contrario, se da un endurecimiento también creciente, por lo que Jesús los llama ciegos, ya que se niegan a comprender; es decir, no quieren ver. 

Nos encontramos con un fuerte contraste: por un lado, el ciego se abre progresivamente a la luz del sol y a la luz de la fe; por otro, los que pueden ver se cierran a la luz de Cristo y entran en una oscuridad cada vez mayor. 

Mezclando tierra y saliva, Jesús hace barro. Este gesto recuerda la creación del hombre (cf. Gen 2,7). Como Adán fue formado con barro de la tierra y sobre él Dios sopló su Espíritu, para convertirlo en ser vivo, Jesús aplicó el barro a los ojos del ciego, para darle la vida de la fe. 

A continuación, le dijo: «Ve a la piscina de Siloé – que significa "enviado" – y lávate». El nombre de la piscina es importante. Por eso el evangelista lo traduce del hebreo, para que todos sus lectores lo puedan entender: «Siloé, que significa el Enviado». Se trata de algo más que de una simple aclaración filológica, ya que el “Enviado” es Jesús. El mismo que, una vez resucitado, enviará a sus apóstoles para que continúen su obra: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21). 

3 comentarios:

  1. Pido al Señor, que en todo momento me de su luz, que yo pueda ver y saber cual es su voluntad, y que me de la fuerza para poderla realizar. Fina.

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  2. Pido al Señor que me quite la venda de mis ojos que me impide verle, que los toque con el barro de sus manos, necesito verte Señor. I

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  3. Pido poder reconocerte, Señor, en los dones que te escondes y proclamar las bendiciones que nos regalas diariamente.

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