El tercer domingo de Cuaresma, en el ciclo a, se proclama el evangelio de la samaritana (Jn 4,5-42), uno de los textos tradicionalmente vinculados a los escrutinios prebautismales de la Iglesia antigua. Junto con los relatos del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro (que leeremos los domingos siguientes), forma un auténtico itinerario bautismal centrado en tres grandes símbolos: agua, luz y vida. Como recordó Benedicto XVI, estos signos expresan el misterio del bautismo, en el que el hombre recibe el don de Dios, que sacia su sed más profunda.
El relato presenta a Jesús, cansado del camino, sentado junto al pozo de Jacob. Allí comienza un diálogo sorprendente con una mujer samaritana. Jesús rompe barreras culturales y religiosas al pedirle de beber. Sin embargo, su sed no es material: tiene sed de la fe de aquella mujer, de su salvación.
A través de la conversación, él va iluminando su historia personal, ayudándola a reconocer su insatisfacción y su pecado. La mujer, que ha buscado la felicidad sin encontrarla, descubre en Jesús al mesías y finalmente al salvador del mundo. El proceso es progresivo: de verlo como un hombre sediento pasa a reconocerlo como maestro, profeta, mesías y salvador.
El símbolo del pozo remite a toda la historia de Israel, marcada por la búsqueda del agua en el desierto y por una sed más profunda, cantada en los salmos: «Mi alma tiene sed de Dios». Frente al agua que no apaga definitivamente el deseo humano, Jesús ofrece un agua distinta, que brota hasta la vida eterna.
El evangelio de Juan desarrolla este simbolismo desde el diálogo con la samaritana hasta el grito de Cristo en la cruz: «Tengo sed». Esa sed revela el misterio de un Dios, que desea colmar la sed del hombre. El agua viva prometida es el Espíritu Santo, don del bautismo, prefigurado también en el agua que brota del costado abierto de Cristo.
La figura de la samaritana se convierte, así, en imagen del hombre contemporáneo: alguien que busca la felicidad en proyectos sucesivos que no logran colmar el corazón. Sus idas repetidas al pozo simbolizan una vida resignada a satisfacciones pasajeras. Cuando Jesús irrumpe, desvela el vacío interior y ofrece una plenitud nueva. Algunos lo rechazan; otros, como ella, reconocen su sed y suplican: «Señor, dame de tu agua». Entonces brota en ellos un manantial de vida nueva. El pecado no tiene la última palabra: Cristo ofrece perdón, paz y renovación interior.
La Iglesia se reconoce en esta mujer. Confiesa humildemente sus pecados y suplica misericordia. También ella, a veces, ha buscado la felicidad en «aljibes agrietados», pero al escuchar la voz del Señor renueva su deseo de conversión y vuelve a las prácticas cuaresmales con renovado ardor.
En el plano litúrgico, este domingo está marcado por el primer escrutinio de los catecúmenos adultos. Tras la homilía, se ora por ellos y se celebra un exorcismo que alude explícitamente a la samaritana y al agua viva. La Iglesia pide que reconozcan su debilidad y sean liberados de sus flaquezas, para que Cristo apague su sed y les conceda la paz. Durante la semana se les entrega el "Símbolo de la fe" (el Credo), que deberán profesar solemnemente antes del bautismo. Así, la liturgia une palabra, rito y símbolo para conducirlos (y con ellos a toda la comunidad) hacia la fuente que es Cristo, único capaz de saciar la sed del corazón humano.
Resumen de las páginas 227-232 de mi libro: Eduardo sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.

La Iglesia y la humanidad nos reflejamos en esta parábola que sigue siendo espejo. Desde hace miles de años, habemos buscadores de la verdad junto con el amor. Después del agua sanadora de Jesús todo cambia, nuevos brotes de entusiasmo llegan y la esperanza de verle cara a cara un día hacen brillar una nueva luz.
ResponderEliminarGracias Dios ! 🌿